Rondom
era un pueblo con olor a brisa de mar, donde el silencio es tan
penetrante que llega a resultar molesto, donde las horas parecen
segundos, y los segundos parecen horas. Allí nada es como en el
resto del mundo.
Enclavado
entre acantilados, donde el viento con el roce de las rocas hace que
parezca que alguien está tocando la gaita, si, el viejo Rod, el
gaitero que un día se llevo el mar. De pequeño todo el mundo había
escuchado la vieja y temida historia del viejo Rod, que un día
estaba tocando la gaita, y las serpientes emergieron del mar para
atraparlo con sus largas colas y sumergirlo para siempre. Desde
entonces Rod toca sin parar clamando por su libertad. Lo cierto, es
que no dejaba de ser una historia para enfundar miedo a los más
pequeños del pueblo y así de esta manera no se acercarían al borde
del peligroso acantilado. ¿Quien iba a creerse la historia del viejo
Rod?
En
Rondom hay poco que hacer. Su población se dedica principalmente a
la pesca. Salen a faenar por la mañana y a eso de las seis de la
tarde ya están de vuelta. El resto del tiempo lo pasan en la Vieja
cantina de las musarañas, lugar
viejo y sucio con olor a pescado rancio, donde todos los pescadores
van a beber el vino que hace Tomás, el dueño de ese asqueroso
tugurio. Después, cuando el sol se acuesta en su cama del horizonte,
la gente del Rondom suele ir a emborracharse a La
estrella, un
viejo prostíbulo que en los años ochenta tuvo su aquél pero que
ahora agonizaba entre prostitutas sin dientes y jóvenes streapers
drogadictas o embarazadas. Sinceramente, te aseguro que no te
gustaría meter tu miembro en semejantes agujeros, pero ya lo dije
antes, en Rondom nada es como en el resto del mundo, y allí se
conforman con poco, hasta en cuestiones de sexo.
Era verano, para ser más exactos el mes de Agosto, de
esos Agostos que no paran de sonar las chicharras y el calor es tan
pegajoso y asfixiante que crees estar en el juicio final. Normalmente
los veranos en Rondom son siempre así, largos, silenciosos y
asfixiantes. Aquella noche no había sido muy diferente a las
anteriores, ni a las anteriores de las anteriores. Calurosa, oscura y
siempre con el ruido de las olas chocando contra las rocas.
Pero la mañana siguiente si iba a ser diferente, el tronador
silencio del pueblo se iba a ver fragmentado por la respiración
agitada del gordo Nem.
Nem, que no dejaba de ser un diminutivo del ridículo
nombre de Nemesio, era un gordo y sucio de unos cuarenta años cuyos
padres habían fallecido dejándole en la más absoluta pobreza.
Pobre Nem, ahí se encontraba, corriendo, sudando y como si hubiese
visto un muerto a través de los dorados campos de heno que cubren
los campos próximos al acantilado. Nem tenía dos problemas, o
quizás tres, el primero es que como siguiese corriendo de esa manera
debido a su sobrepeso iba a provocarle un infarto, el segundo es que
realmente acababa de descubrir lo que creía que era un cadáver, y
el tercero y quizás el más importante, que sabiendo como era Nem
nadie le iba a creer. Nadie excepto Carmen, la mujer de Tomás, que
por alguna extraña razón, quizás por su cara pálida, ese día si
decidió creer sus palabras, y cuando ambos llegaron al campo de heno
se encontraron frente a frente con lo que era un enorme problema. En
una cruz clavada en el suelo, había una chica de unos veinte años
muerta, con los brazos clavados como si fuese Jesucristo y con las
rodillas flexionadas, apoyadas en el suelo. Carmen acabó
corriendo, pálida y sudorosa, como anteriormente lo había hecho
Nem, el cual esta vez volvía a repetir la escena, pero por detrás
de Carmen, su peso no le permitía correr más rápido.
Carmen llegó a la vieja cantina, y chillando ordenó a
Tomás que llamase a la policía. Este, sin entender muy bien el
motivo de tanto alboroto, cogiendo el teléfono con el pulso
inestable, como si de un terremoto se tratase, solo acertó a marcar
los números sin pensar realmente si los estaba marcando
correctamente. Luego colgó y emprendieron el camino hacía el campo
de heno, otra vez allí. Detrás de ellos toda una legión de
pescadores paletos que estaban desayunando en la cantina antes de
salir a faenar y que decidieron que ese día el mar estaba demasiado
picado. Casualidad.
La policía no tardó en llegar, no tenía por qué
tardar demasiado, la comisaría estaba a tan solo 5 minutos en coche.
Al frente la inspectora Ana, que bajó del coche tranquilamente como
si no terminase de creer que allí había ocurrido un crimen.
Ana era una mujer de unos cuarenta y cinco años,
divorciada, con un pasado duro, y desconfiada. Quizás el que fue su
marido había hecho que fuese tan desconfiada, las infidelidades te
cambian por completo. Quizás había sido su tío, el cual había
abusado de ella cuando Ana tan solo tenía diez años. Quizás había
sido su primer novio quien la había hecho así, cuando intentó
separarla de sus padres y amigos por culpa de los celos. Quizás fue
otra circunstancia, pero sinceramente da lo mismo.
Bajita,
rubia, siempre riendo pero con una risa que no resultaba convincente,
pasaba los ratos libres que su hija y su trabajo le permitían en el
bar del Hotel
Rio,
el cual pertenecía a su padre. Este hotel era el único que había
en el pueblo.
Ahí estaba Ana, frente al cadáver desconocido, sin
saber muy bien por donde empezar, en Rondom nunca había ocurrido
nada, y por supuesto un crimen tampoco.
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