lunes, 9 de abril de 2018

Capitulo 1: El olor a heno

Rondom era un pueblo con olor a brisa de mar, donde el silencio es tan penetrante que llega a resultar molesto, donde las horas parecen segundos, y los segundos parecen horas. Allí nada es como en el resto del mundo.

Enclavado entre acantilados, donde el viento con el roce de las rocas hace que parezca que alguien está tocando la gaita, si, el viejo Rod, el gaitero que un día se llevo el mar. De pequeño todo el mundo había escuchado la vieja y temida historia del viejo Rod, que un día estaba tocando la gaita, y las serpientes emergieron del mar para atraparlo con sus largas colas y sumergirlo para siempre. Desde entonces Rod toca sin parar clamando por su libertad. Lo cierto, es que no dejaba de ser una historia para enfundar miedo a los más pequeños del pueblo y así de esta manera no se acercarían al borde del peligroso acantilado. ¿Quien iba a creerse la historia del viejo Rod?

En Rondom hay poco que hacer. Su población se dedica principalmente a la pesca. Salen a faenar por la mañana y a eso de las seis de la tarde ya están de vuelta. El resto del tiempo lo pasan en la Vieja cantina de las musarañas, lugar viejo y sucio con olor a pescado rancio, donde todos los pescadores van a beber el vino que hace Tomás, el dueño de ese asqueroso tugurio. Después, cuando el sol se acuesta en su cama del horizonte, la gente del Rondom suele ir a emborracharse a La estrella, un viejo prostíbulo que en los años ochenta tuvo su aquél pero que ahora agonizaba entre prostitutas sin dientes y jóvenes streapers drogadictas o embarazadas. Sinceramente, te aseguro que no te gustaría meter tu miembro en semejantes agujeros, pero ya lo dije antes, en Rondom nada es como en el resto del mundo, y allí se conforman con poco, hasta en cuestiones de sexo.

Era verano, para ser más exactos el mes de Agosto, de esos Agostos que no paran de sonar las chicharras y el calor es tan pegajoso y asfixiante que crees estar en el juicio final. Normalmente los veranos en Rondom son siempre así, largos, silenciosos y asfixiantes. Aquella noche no había sido muy diferente a las anteriores, ni a las anteriores de las anteriores. Calurosa, oscura y siempre con el ruido de las olas chocando contra las rocas. Pero la mañana siguiente si iba a ser diferente, el tronador silencio del pueblo se iba a ver fragmentado por la respiración agitada del gordo Nem.

Nem, que no dejaba de ser un diminutivo del ridículo nombre de Nemesio, era un gordo y sucio de unos cuarenta años cuyos padres habían fallecido dejándole en la más absoluta pobreza. Pobre Nem, ahí se encontraba, corriendo, sudando y como si hubiese visto un muerto a través de los dorados campos de heno que cubren los campos próximos al acantilado. Nem tenía dos problemas, o quizás tres, el primero es que como siguiese corriendo de esa manera debido a su sobrepeso iba a provocarle un infarto, el segundo es que realmente acababa de descubrir lo que creía que era un cadáver, y el tercero y quizás el más importante, que sabiendo como era Nem nadie le iba a creer. Nadie excepto Carmen, la mujer de Tomás, que por alguna extraña razón, quizás por su cara pálida, ese día si decidió creer sus palabras, y cuando ambos llegaron al campo de heno se encontraron frente a frente con lo que era un enorme problema. En una cruz clavada en el suelo, había una chica de unos veinte años muerta, con los brazos clavados como si fuese Jesucristo y con las rodillas flexionadas, apoyadas en el suelo. Carmen acabó corriendo, pálida y sudorosa, como anteriormente lo había hecho Nem, el cual esta vez volvía a repetir la escena, pero por detrás de Carmen, su peso no le permitía correr más rápido.

Carmen llegó a la vieja cantina, y chillando ordenó a Tomás que llamase a la policía. Este, sin entender muy bien el motivo de tanto alboroto, cogiendo el teléfono con el pulso inestable, como si de un terremoto se tratase, solo acertó a marcar los números sin pensar realmente si los estaba marcando correctamente. Luego colgó y emprendieron el camino hacía el campo de heno, otra vez allí. Detrás de ellos toda una legión de pescadores paletos que estaban desayunando en la cantina antes de salir a faenar y que decidieron que ese día el mar estaba demasiado picado. Casualidad.

La policía no tardó en llegar, no tenía por qué tardar demasiado, la comisaría estaba a tan solo 5 minutos en coche. Al frente la inspectora Ana, que bajó del coche tranquilamente como si no terminase de creer que allí había ocurrido un crimen.

Ana era una mujer de unos cuarenta y cinco años, divorciada, con un pasado duro, y desconfiada. Quizás el que fue su marido había hecho que fuese tan desconfiada, las infidelidades te cambian por completo. Quizás había sido su tío, el cual había abusado de ella cuando Ana tan solo tenía diez años. Quizás había sido su primer novio quien la había hecho así, cuando intentó separarla de sus padres y amigos por culpa de los celos. Quizás fue otra circunstancia, pero sinceramente da lo mismo.

Bajita, rubia, siempre riendo pero con una risa que no resultaba convincente, pasaba los ratos libres que su hija y su trabajo le permitían en el bar del Hotel Rio, el cual pertenecía a su padre. Este hotel era el único que había en el pueblo.

Ahí estaba Ana, frente al cadáver desconocido, sin saber muy bien por donde empezar, en Rondom nunca había ocurrido nada, y por supuesto un crimen tampoco.

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