Félix estaba
cansado, muy cansado, la noche había sido larga, pero fructífera.
Por fin tenía la localización del almacén donde se guardaba toda
la mercancía ilegal de la que el Presidente era cómplice. Solo
había un problema, no sabía como acercarse allí sin ser
descubierto. Además no podía dar un paso en falso, el Presidente
era demasiado inteligente y si sospechaba algo todo se iría a la
mierda. Así que ahí estaba Félix, tirado en el sofá de su casa,
dando vueltas a su cabeza pensando de que modo podría acercarse ahí,
liberar a Raimundo y derrocar a un presidente corrupto hasta las
arterias.
De pronto sonó el
timbre de la puerta. Félix se levantó y abrió. Ahí estaba la hija
de Ana. Sin decir ni una palabra se abrazó a Félix y comenzó a
llorar. Ambos habían perdido a la persona que más querían. Pero la
vida sigue, y tenían que sacar fuerzas de donde no las había y
seguir adelante.
- Pasa. ¿Como
estás? - dijo Félix
- Jodida -
- ¿A que has
venido? -
- A mi madre le
hubiese gustado que te quedases con esto – dijo mientras abría la
mano y mostraba un colgante de oro.
- ¿Tú crees? -
- Claro. Perteneció
a mi tatarabuela, luego a mi bisabuela, a mi abuela... -
- Vale, vale, me ha
quedado claro. Lo guardaré, pero creo que es algo muy personal que
ha pasado de generación en generación, te correspondería tenerlo a
ti -
- Ahora ya no
importa a quien le corresponda tenerlo, lo que importa es que mi
madre ya no va a volver. De verdad, quedate con ello, era muy
importante para mi madre, y sinceramente, mi madre estaba enamorada
de ti -
La hija de Ana se
levantó, se dirigió hacia la puerta y justo antes de salir se giró
- Por favor, nunca
la olvides -
- No lo haré –
respondió Félix
La puerta sonó y
un enorme silencio invadió la habitación.