En
pocos minutos aquel enorme campo de heno se había llenado de
policías con monos que cubrían todo su cuerpo, coches con sirena,
policías uniformados y nuestra querida Ana, que seguía mirando el
cadáver sin saber muy bien que hacer con él. Ana era consciente de
que este caso iba a ser el que le iba a llevar al cumbre de su
carrera, y mientras miraba el cadáver y soñaba con una vida de
éxito de repente una voz que provenía de su espalda le hizo
despertar.
- Inspectora ¿como ha fallecido la victima? ¿cree usted que hay un asesino en serie suelto por este pueblo? -
Ana,
al escuchar estas preguntas giró su cabeza y se encontró con una
periodista y un cámara de televisión apuntando a su cara. Era justo
lo que no necesitaba, preguntas cuando aún no tenía ni idea de que
hacer con la victima.
- ¡Fuera de aquí! ¡Largo! - gritaba nerviosa Ana
Periodista
y cámara se marcharon, aunque Ana sabía que esto solo era el
principio. Así que ordenó acordonar la zona y comenzó a mirar
fijamente al cadáver. De lo primero que se percató fue de la
abundante sangre coagulada que brotaba de debajo de la barbilla, así
que poniéndose unos guantes levantó la cabeza y enseguida vio una
enorme herida que cruzaba de lado a lado su cuello. Otra cosa que le
llamó enormemente la atención fue la vestimenta de la victima,
camisón y corona de flores en su frente. Ana empezaba a pensar que
el caso era interesante, y a medida que iba descubriendo más pistas,
más interesante le parecía.
¿Quién
mataría a una pobre chica y la acabaría crucificando en una pequeña
cruz de madera? ¿Que intención tenía? Mientras Ana no paraba de
observar vio algo brillante en el suelo. Era una pequeña caja de
metal, de esas en las que se envasan los caramelo o los chicles.
Estaba oxidada, corroída, pero no dejaba de ser una pista. Ana, con
la pequeña caja en mano, se lo acercó a uno de los policías que
allí se encontraba y este al ver lo que Ana traía en la mano, no
tuvo duda alguna, era una caja de cebo para pesca. Quizás el asesino
era un pescador al que se le había caído la caja de cebos, pero
recordemos que en Rondom todos, o casi todos, eran pescadores. Así
que Ana, sin mucho animo volvió a encontrarse frente a frente con
esa pobre chica crucificada, y de repente vio en una de sus manos
asomar un trozo de papel arrugado. Ana, abrió el puño delicadamente
y extrajo la nota. En ella podía leerse “Solum infideles non
libero serpentium”
- “Solo los infieles no están libres de las serpientes” - dijo en voz baja Ana -”Vaya, parece que el viejo Rod ha salido del mar para darse un paseo” - continuó diciendo.
Pronto
llegó el juez para ordenar el levantamiento del cadáver, y un coche
de la funeraria, pronto en esa fiesta del campo de heno estarían
todos menos la anfitriona.
Aquel
día fue estresante, había que empezar a trabajar duro sin perder
tiempo, pero a decir verdad, Ana tampoco tenía pistas suficientes a
las que agarrarse, tan solo una vieja caja de metal y una trozo de
papel con una frase en latín. La cosa tornaba difícil, y Roberto,
el superior de Ana, ya se había dado cuenta de que esta estaba en un
agujero sin salida, por eso cerró la puerta de su despacho, cogió
firmemente el teléfono y llamó a sus superiores en la central.
Roberto sabía lo que hacía, y en la central leyeron el pensamiento
de Roberto, así que la decisión estaba tomada, Ana necesitaba
ayuda, y no una ayuda cualquiera, sino alguien que ya hubiese
resuelto un caso similar anteriormente. El problema es que esa
persona era un policía alcohólico que había sido retirado de un
caso recientemente por decirle a los familiares de una victima que
“Los gusanos se están dando un festín con las entrañas de su
hijo”. Obviamente aquello no podía acabar bien, y acabaron a
puñetazos familiares y policía. Así que para Ana la cosa no
pintaba bien, pero Roberto sabía que pese a todos los problemas que
podría causarle este nuevo compañero, en realidad era el único que
podía encontrar pistas donde no las había.
Esa
noche Ana fue al bar del Hotel
Rio,
y se emborrachó hasta quedarse dormida con la cabeza apoyada en la
barra. Bueno, lo positivo del asunto es que en ese lugar había camas
por doquier, estaban todas libres, todas menos dos, bueno en realidad
una, porque la joven periodista había decidido hacer una visita a la
habitación de su compañero cámara con algún absurdo pretexto, y
en el preciso instante en el que Ana apoyaba la cabeza sobre la barra
del bar, unos metros más arriba estaba la periodista desnuda
moviendo la pelvis sobre un pobre chico que aún no podía creerse lo
que le estaba sucediendo, aquel había sido su golpe de suerte, y en
la primera noche.
Rafael,
padre de Ana, no tardó en coger como pudo a su hija y subirla a una
habitación, la número 102. Casualidades de la vida, en la
habitación de al lado estaba la fiesta sexual, pero a Ana le dio
igual, solo atinaba a vomitar sobre la alfombra y la cama de la
habitación. Mañana sería otro día
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