domingo, 30 de septiembre de 2018

Capitulo 19: Todo camino acaba por terminarse


La comisaria era un autentico manicomio, todos corrían, gritaban, el nerviosismo reinaba. Todo había llegado a su fin, por fin la persona que había asesinado a Míriam Rosales iba a quedar al descubierto.

Roberto llamaba constantemente por teléfono a sus superiores, intentaba organizar el que sería el operativo, aun sin saber a donde iban a dirigirse y a quien iban a detener. Sabía que este era el caso más importante que habían tenido en un pueblo donde nunca ocurre nada. Todo tenía que estar listo para cuando llegase el momento.

Félix estaba justo a un grupo de agentes encerrado en una habitación oscura visionando en un ordenador las imágenes que les habían cedido captadas por la cámara del ornitologo. Eran muchas horas de visionado y tenían que ir con cuidado, no se les podía escapar ningún detalle.

Ana estaba con Silvia repasando todo los datos que tenían, intentando hacer un esquema que les llevase hasta la persona que mató a Míriam.

- Podría ser Nem, estaba enamorado de ella. Quizás por celos, al ver que estaba con Tomás, mató a Míriam en un ataque de locura – dijo Ana
- ¿Tú crees? - dijo Silvia
- Bueno, recuerda que por sus celos se lo contó todo a Carmen, la mujer de Tomás – dijo Ana
- También podría ser Tomás. Él había decido romper la relación y como al tiempo Míriam volvió, sabía que le iba a causar problemas y decidió quitarse el problema de golpe. Ademas Tomás en su cantina siempre está rodeado de pescadores, y junto al cadáver apareció una caja de cebos de pesca – dijo Silvia
- Quizás fuese Carmen. Recuerda que junto al cadáver apareció una piedra con el sello grabado de los Reprobi, y ella pertenece a esa organización. Ademas tenía motivos para asesinar a Míriam, había sido amante de su marido, y había vuelto por lo cual amenazaba de nuevo a su matrimonio – dijo Ana
- Podría ser Maria, siempre había ocultado que era su madre, y mientras ella estuvo escondida en la granja de Samuel podía estar tranquila, pero en el momento en el que ella decidió bajar al pueblo sabía que su secreto corría el riesgo de saberse – dijo Silvia
- Por otro lado, también podría ser Samuel. Él no quería que ella bajase al pueblo, pensaba que solo traería problemas, quizás asesinó a Míriam porque se enfadó ante la rebeldía de su hija. Ademas recuerda que se suicidó, quizás se sentía culpable de haber matado a su propia hija – dijo Ana
- Quizás fue el Padre Ángel, recuerda que a escondidas se acostó con ella, y si eso se descubría sería el fin para él, como finalmente ha ocurrido. Tenía motivos suficientes para matar a Míriam. Ademas recuerda que junto al cadáver apareció una nota escrita en latín que decía Solo los infieles no están libres de las serpientes. Los curas suelen hablar latín a la perfección, y además la nota habla de infieles, de castigo, muy propio de un sermón – dijo Silvia

Félix y el resto de agentes que con él se encontraba estaban visionando el vídeo cuando de pronto vieron en las imágenes como en mitad de la oscuridad del camino que bordea el campo de heno aparecía un coche oscuro. El coche se paró. De él bajó una figura humana, sin poder distinguir si era un hombre o una mujer. Llevaba agarrada del pelo a la fuerza a otra figura humana, seguramente era Míriam. Esta se retorcía, como si quisiese escapar, pero no podía. Empezaron a adentrarse en el campo de heno. De pronto la persona que arrastraba a la fuerza a Míriam giró la cabeza quedando su mirada de frente a la cámara.

- ¡Páralo ahí! - dijo Félix entusiasmado
- De acuerdo - le respondió uno de sus agentes
- ¿Puedes clarear la imagen para poder ver el rostro? - preguntó Félix
- Si, por supuesto – respondió el agente

De pronto, al aclarar la imagen por fin Félix supo quien había matado a Míriam.

- ¡Ahí está! ¡Ya no te escapas! - exclamó Félix


domingo, 23 de septiembre de 2018

Capitulo 18: Lo que los pájaros saben y callan


Ana había pasado una noche dura cuidando la borrachera de su hija. Estaba destrozada, por fortuna, ese día ni Félix ni ella trabajaban.

Félix había aprovechado para ir hacer unas compras al pequeño supermercado del pueblo. Por el camino se había encontrado con Silvia, que le había contado lo de la noche anterior.

Por otro lado Ana ya se había arreglado y había pensado pasar el día libre que tenía en ir a visitar a unos familiares a la ciudad.

Silvia por su parte, aunque también tenía el día libre, había decidido repasar las anotaciones que tenía sobre el caso de Míriam Rosales. Sabía que ya quedaba poco, el asesino antes o después daría un paso en falso, cometería un error, quizás el error más tonto que una persona puede cometer, y ese sería su condena. Mientras tanto solo quedaba esperar y seguir trabajando en el caso.

Félix había comprado tres botellas de whisky, dos botellas de vino, un buen chuletón de ternera y un paquete de chicles. Sabía que esa noche iba a ser una noche larga.

- Vaya, parece ser que esta noche tiene una fiesta – dijo la cajera del supermercado
- Así es – respondió Félix
- ¿Y va a ir mucha gente a la fiesta? -
- Solo hay un invitado. Yo mismo -

La cajera se quedó muda, No supo que responder. Mientras Félix salía del establecimiento con su cargamento.

Pasó el tiempo y Ana ya había llegado a la ciudad. Había quedado con un primo suyo quien le había llevado a un bar un tanto extraño. El bar era un lugar oscuro, que se caía a pedazos, con el suelo deformado. De sus paredes colgaban carteles antiguos, parecía que te habías transportado a otro momento pasado del tiempo. De fondo sonaba levemente música jazz.

Silvia estaba en casa, leyendo todo lo anotado, tomando más apuntes. A ratos tomaba pequeños sorbos de café que tenía en una vieja taza de cerámica desconchada con algún que otro dibujo absurdo.

Félix mientras tanto había decidido aprovechar lo que quedaba de día e ir a correr al campo. Un poco de ejercicio no le vendría mal. Fue corriendo por un viejo camino polvoroso que terminaba en el campo de heno donde apareció muerta Míriam Rosales.
Félix estaba llegando allí cuando a lo lejos vio una furgoneta parada y un hombre subido a un poste de madera. Se acercó hasta él.

- Buenos días. ¿Es usted electricista? - preguntó Félix
- No, que va, soy ornitologo – respondió el hombre
- ¿Y si es usted ornitologo que hace subido ahí? -
- Estoy quitando la cámara. La temporada ha terminado -
- ¿La cámara? - preguntó Félix
- Si la cámara. Durante el verano viene a esta zona un pájaro difícil de estudiar. Solo viene en esta época del año, luego se marcha hacía el sur. Los del grupo de ornitología ponemos cámaras para grabarlos y así luego poder estudiarlos con calma -
- ¿Y cuanto tiempo lleva puesta esa cámara ahí? - preguntó Félix
- Desde la primavera – respondió el hombre
- ¿Sería posible ver la grabación?. Soy policía y aquí se cometió un crimen -
- Si claro, pero se lo llevaré yo mismo a la comisaría, no vaya a ser que usted me esté mintiendo y no sea policía -

Félix sabía que había dado con la clave, con suerte la cámara habría grabado el momento del asesinato, y obviamente también a la persona que lo había cometido.


domingo, 16 de septiembre de 2018

Capitulo 17: Padre nuestro que estás en los cielos


El padre Ángel estaba dando misa, su sermón de hoy criticaba al pecado carnal, condenaba a los infieles que caían en el pecado del sexo y ordenaba a sus fieles que no cayesen en las manos del diablo. La iglesia estaba llena de mujeres y hombres que escuchaban a ese líder espiritual. De pronto las puertas del templo se abrieron de golpe, por ellas entró Félix muy enfadado y gritando y detrás Ana, Roberto y diez agentes más. A cada grito que daba Félix mientras recorría el pasillo central dirigiéndose al Padre Ángel, las masas que allí se concentraban no paraban de decir un oh continuamente.

- Es usted un hijo de puta – gritaba Félix
- Estamos en mitad de una misa – respondía el Padre Ángel
- Me importa una mierda. Diga aquí delante de todos cuales son sus pecados -
- No es el momento -
-A usted se le llena la boca condenando la lujuria, pero usted pasa las noches en La estrella -

La gente que allí se encontraba miraban con asombro. El Padre Ángel sudaba y no sabía por donde salir de toda esa situación. Félix subió a altar, miró fijamente a todas las personas que allí se encontraban sentadas en sus bancos y empezó a gritar.

- El Padre Ángel no solo es que les critica a ustedes por sus pecados carnales y luego él comete esos mismos pecados en el prostíbulo, sino que además cometió esos pecados con la chica fallecida. Dígalo Padre, dígales que es lo que hizo -

El Padre Ángel no sabía que decir. Su mano temblaba, no era capaz de decir nada. Félix sacó unas esposas se las puso en las muñecas. Volvió a mirar a todos los que allí se encontraban y dijo

- Se acabó la misa. Vayan todos a casa, forniquen como animales y no hagan caso de los que les digan para reprimirlos. Recuerden que aquellos que les critican por ello, son los que hacen lo mismo a escondidas. El sexo no es pecado, es placer -

Félix, Ana, Roberto, el Padre Ángel y el resto de los agentes se marcharon, dejando a toda esa gente sentados y asombrados. Posiblemente eso había sido lo más interesante que habían visto a lo largo de sus vidas en ese pueblo de mierda.

Félix estaba cansado, cansado del olor a podrido que se respiraba en Rondom. Allí nadie decía la verdad. Todos aparentaban ser los mejores vecinos, gente modélica, pero en realidad todos guardaban un secreto. Félix detestaba ese lugar, había llegado a odiarlo tanto, que cuando todo esto terminase no quería volver a pisar ese lugar nunca más.

Pasó el día y cayó la noche. Ana estaba tomando una cerveza con Silvia en el bar del hotel de su padre. El bar era lo primero que te encontrabas al entrar al hotel, tras el bar, una puerta que daba a la recepción con unas escaleras de madera que subían a las habitaciones.

El bar era de madera. A la derecha estaba la barra, de frente una vieja gramola con los éxitos más casposos de hacía diez o quince años. A la izquierda, mesas y sillas de madera, algún que otro banco tapizado, una diana para jugar a los dardos colgada en la pared, un billar y paredes recubiertas de cuadros con fotografías antiguas en blanco y negro de la vida en Rondom hacía más de cien años.

Ana le explicaba a Silvia todo lo que había visto en el bar de gays, como había vivido esos dos días en aquella isla, y que quizás cuando todo eso terminase se iría allí a vivir. De pronto la puerta del bar se abrió. Entraron un par de chicos y una chica que llevaban cogida de los hombros a la hija de Ana. Estaba borracha. Ana se levantó de inmediato. Su hija que empezaba a salir con su edad aún no había conocido cuales eran los limites del alcohol.

domingo, 9 de septiembre de 2018

Capitulo 16: La estrella


El sol empezaba a asomar su testa por el horizonte desdibujado. Había perdido su fuerza, el verano ya estaba tocando a su fin, y empezaba a soplar una ligera brisa que según pasaban los minutos cada vez era más fuerte. Ana ya había vuelto a casa, la escapada había sido su salvación, pero ahora tenía que regresar a su rutina diaria. Félix mientras tanto estaba paseando por el puerto, pensando y sin entender que le había ocurrido a Ana para haberse pedido un par de días libres en el trabajo y haber desaparecido.

Pasaron un par de horas y ambos estaban ya en la oficina, ninguno hablaba sobre lo ocurrido, Ana no le decía a Félix que lo había visto en la ratonera y este no le preguntaba a Ana que había ocurrido ni donde había estado. El ambiente estaba cargado, era cortante, frío. De pronto Silvia se acercó.

- Lo tengo – Dijo Silvia
- ¿Que tienes? - preguntó Ana
- La dirección de tu tio Antonio – respondió Félix
- Vive en una pequeña casa camino de la iglesia – dijo Silvia
- Vamos a por ese hijo de puta – dijo Ana

Los coches llegaron a gran velocidad a la casa de Antonio. Félix y Ana se bajaron de uno, del otro bajó Silvia. Tocaron al timbre de la casa de Antonio. Este abrió la puerta, y sin apenas poder decir nada se vio con unas esposas puestas en las muñecas y siendo metido en uno de los coches. Antonio sabía por que habían venido a por él, no hacía falta que preguntase. Sabía que este era su fin.

Al mismo tiempo Roberto junto con varios agentes habían llegado a La estrella. Habían echado a todas las prostitutas, habían precintado el prostíbulo y habían detenido también a su dueño.

Por fin Félix empezaba a tener la sensación de estar cerca de resolver el asesinato. Ana también empezaba a sentir lo mismo. Después de tanto tiempo sin apenas pistas por fin se estaban acercando a la verdad. Quizás sin saberlo aún, tenían en su coche o en el de Roberto al asesino, todo era cuestión de tiempo, de ir uniendo las piezas poco a poco y con cuidado, quizás así todo empezaría a tener sentido.

Los interrogatorios no dieron sus frutos, al menos el que le hicieron a Antonio. Antonio era un viejo asqueroso, misógino, borracho y pedófilo. Pero lejos de todo eso no había más.

- Míriam estaba llorando ¿Verdad? - preguntó Félix
- Si, esa zorra no paraba de lloriquear, no se dejaba dar por culo – respondió Antonio
- Y aún así lo hiciste a la fuerza, aunque ella no quisiese, como hacías conmigo cuando yo era una niña – dijo Ana
- ¡Joder! Había pagado por ella. Si no se iba a dejar que me hubiesen devuelto el dinero, pero ese cabrón se negó – Dijo Antonio
- Cuando terminaste ¿que hiciste? - preguntó Félix
- Me marché, no quería volver a ver a esa puta en los que me queda de vida – dijo Antonio

Sin embargo el dueño del prostíbulo si podía aportar algo nuevo, y Roberto, que estaba interrogándolo, no pensaba dejar escapar esta oportunidad.

- ¿Quien estuvo esa noche con Míriam Rosales? - preguntó Roberto
- Muchos clientes, diría que cerca de siete u ocho – respondió el dueño del prostíbulo
- ¿Pero quienes eran? -
- Pescadores borrachos, hartos de su mujer, que buscaban lo que su mujer no les daba en casa -
- ¿Todos eran pescadores? -
- Todos no, también había un cura -
- El padre Ángel – dijo asombrado Roberto mientras el interrogado sonreía


domingo, 2 de septiembre de 2018

Capitulo 15: Sola


La brisa chocaba suavemente contra la cara de Ana. Ella miraba desde cubierta como se movían las olas del mar. Ana necesitaba un respiro, hacía mucho tiempo que no se tomaba unas vacaciones, y últimamente le habían ocurrido demasiadas cosas que escapaban a su control. Lo de Félix había sido la gota que colmó el vaso. Ana había llamado a Roberto y le habría pedido un par de días libres, los necesitaba. Roberto no se opuso. Ana, había cogido un barco y se dirigía a una isla con verdes praderas y sin apenas casas. Allí llegó y pronto se trasladó a un albergue. Dicho albergue era de piedra en su exterior y de madera en su interior. De sus paredes colgaban a modo decorativo redes de pesca y sogas. Lo más bonito del albergue era una pequeña sala acristalada con grandes ventanales de madera desde los cuales se podía ver los acantilados y el mar. Era el lugar perfecto, solitario, relajante y hermoso. Allí Ana podría despejar sus ideas.

Ana terminó su taza de té, y decidió dar un paseo por las verdes praderas al borde de los acantilados. Empezó a andar, y cada paso que daba se quedaba más maravillada de los hermosas paisajes. De pronto se encontró con un anciano que debía de vivir por allí cerca.

- Buenos días – dijo Ana
- Buenos días. ¿Esta buscando a las orcas? Dese prisa, están ahí al fondo – dijo el anciano señalando el mar.
- ¿Hay orcas aquí? -
- Claro que las hay, pero no siempre se dejan ver. Dese prisa o no las verá -

Ana echó a correr por el camino hasta llegar al borde del acantilado, bajo sus pies había un par de orcas nadando en el mar. Aquello era maravillo, pleno contacto con la naturaleza. Por primera vez en muchos años Ana se sentía plenamente feliz, había encontrado un sentido a toda su vida.

Llegó la noche, y Ana estaba sola en el albergue, mirando a través de los grandes ventanales del mirador, pero no veía nada, todo estaba oscuro, allí no había contaminación lumínica porque en esa isla apenas vivía nadie. De fondo el silencio tan solo roto por el sonido de las olas del mar rompiendo contra las rocas, olas que por la densa oscuridad eran imposibles de ver. Ana se sentía llena, orgullosa, pletórica. Esa isla era su lugar, su sitio, quizás debería vivir allí una temporada, pero pronto recordó que su trabajo se lo impedía, que el asesino de Míriam Rosales seguía suelto. ¿Quien sería? Ana se fue a la cama, mañana será otro día.


Temporada 2 Capitulo 18: Nunca me olvides

Félix estaba cansado, muy cansado, la noche había sido larga, pero fructífera. Por fin tenía la localización del almacén donde se guardaba...