domingo, 29 de abril de 2018

Capitulo 4: Nem


Cuando piensas que las cosas no se pueden complicar más, acaban siendo aún más complicadas. Y así fue, las cosas se complicaron y mucho. En mitad del forcejeo el corazón de Nem empezó a latir más rápido de lo normal, en cuestión de segundos se colapsó. Nem estaba sufriendo un infarto, y veía como su vida se le apagaba poco a poco con un intenso dolor en el centro del pecho. Félix se quedó paralizado, y Ana supo reaccionar al instante, cogió su teléfono móvil y llamó a una ambulancia, la cual no tardó mucho. Pobre Nem, un gordo patán tumbado en una camilla con su camiseta de Marlboro empapada en sudor y tan solo escuchando unas sirenas y de vez en cuando el ruido que hace el desfibrilador.

Mientras, en la puerta de la casa, Ana seguía impactada por lo ocurrido, mientras que Félix tranquilamente daba un trago de su petaca y miraba fijamente la puerta de la casa de Nem.

  • Creo que deberíamos entrar en la casa – dijo Félix
  • ¿Como puedes pensar en eso? - preguntó Ana
  • Nadie nos va a ver, ademas ese inútil tenía una fotografía de la victima – dijo Félix
  • No pienso hacerlo – dijo Ana
  • Pues ya lo hemos hecho – dijo Félix pegando una patada a la puerta abriendola

Ana siguió a Félix al interior de la casa, aunque no estaba muy de acuerdo con lo que Félix acaba de hacer. Una vez dentro observaron una casa sucia, oscura, desordenada, con platos sucios encima de la mesa, con el baño con moho por las paredes, y con una pared llena de fotografías de la victima. Estaba claro que Nem escondía algo, algo que que no había querido contar.

Félix y Ana salieron deprisa de la casa, sabían a quién acudir, a la persona que había criado a Nem desde que este perdió a sus padres, su vecina Maria. Golpearon la puerta de su casa con los nudillos de la mano, y Maria no tardó en abrir.

  • ¿Que ocurre? - preguntó Maria
  • ¿Que sabe usted de la chica que apareció muerta? - preguntó Félix
  • No sé quién es. Supongo que no sería de por aquí – respondió Maria
  • Si sabe o recuerda algo, no dude en ponerse en contacto con nosotros – dijo Ana
  • No se preocupe, tenga por seguro que lo haré, pero desgraciadamente no se nada de esa chica – dijo Maria


En el hospital Nem estaba entubado y rodeado de cables, pero al menos seguía vivo. Había tenido suerte, o quizás no tanta, porque seguir vivo implicaba que la policía esperaba a su recuperación para hacer más de una pregunta incomoda. Nem sabía demasiado, y parecía que el infarto le había hecho ganar algo de tiempo ante lo que parecía inevitable. Pero Nem no era consciente de ello, se encontraba sumergido en un coma inducido, sin sentir ni padecer.

Mientras Félix y Ana seguían intentando armar el puzzle con las pocas piezas que tenían, era como buscar un grano de arena concreto en mitad de una playa. ¿Por qué Nem tenía todas esas fotografías en su casa? ¿Conocía a la victima? ¿Fué él el asesino?. Estas preguntas y más no hacían más que dar vueltas en las cabezas de ambos.

Nem, nació en Rondom. Hijo de padres inmigrantes provenientes de Albania, pronto se interesó por la entomología. Cualquier bicho que encontraba lo encerraba en un pequeño tarro de cristal y lo dejaba allí hasta que moría, y así de esa manera luego podía estudiar su morfología y sus características con detenimiento. Aunque parezca increíble, Nem de pequeño era delgado, muy delgado. Pero cuando tenía ocho años, una noche de regreso de una boda, el coche en el que viajaban sus padres y él se salió de la carretera y dio varias vueltas de campana. Ambos padres murieron en el acto, Nem tuvo mejor suerte y salió despedido cayendo sobre un nido de matorrales que amortiguaron el golpe. Al ser sus padres inmigrantes no había nadie que se pudiese hacer cargo de Nem. Se había quedado huerfano y solo, con tan solo ocho años. Afortunadamente, su vecina Maria, quizás por pena, se hizo cargo de él. Eso no evitó que Nem sufriera de una depresión constante y que solo se encontrase feliz comiendo. A partir de entonces Nem pasó a ser de un delgaducho a un gordo.

Sobre Maria poco se puede decir. Vivió su juventud en Estados Unidos, su padre había marchado allí en busca de una vida mejor. Maria allí se enamoró de un chico de ojos claros y pelo oscuro, y decidieron casarse, pero un mes antes de celebrarse la boda a él lo mandaron a luchar a la Batalla de Normandía. Nunca regresó, al menos con vida. Desde entonces Maria le prometió amor eterno, nunca más estuvo con algún otro varón, y decidió volver a su país natal para pasar el resto de su vida. Y de esta manera acabó en Rondom.

Félix ya en comisaria intentaba unir en una pizarra blanca las pocas pruebas que tenían. Un pequeño papel con una frase en latín, una vieja caja de metal para cebos de pesca, y un jodido loco con un montón de fotografías de la victima colgadas en la pared de su casa. Pero nada encajaba. Félix se quedó mirando a la caja de metal y decidió que si esa caja era de cebos de pesca obviamente tendría que hablar con los pescadores, y los pescadores solo podían encontrarse en tres lugares, en el puerto, en La vieja cantina de las musarañas, o en el prostíbulo asqueroso, La estrella. Creo que sería más fácil empezar por la cantina, allí van a desayunar cada mañana todos los pescadores. Así que en un descuido, se montó el solo en su coche, sin avisar a Ana, y se marchó a la cantina. Allí estaba solo Tomás. Félix se acercó a la barra y pidió un vino. Mientras Tomás se lo servía Félix sacó la fotografía que le había quitado de la mano a Nem, y le preguntó si conocía a la chica de la fotografía. Tomás se quedó pensando y dijo que no, que jamás la había visto antes. Félix se bebió el vino de un trago y pidió otro,

    • ¿Como es Nem? - preguntó Félix
    • Un pobre desgraciado que siempre está metiéndose en problemas -
    • ¿A que se dedica? - seguía preguntando Félix
    • A nada decente. A veces roba en los campos, otras veces roba flores de las tumbas del cementerio y luego las vende y otras veces engaña a alguien para que le preste dinero. Nada decente -
Por esos momentos el alcohol empezaba a subir a la cabeza de Félix, que volvía a pedir otro vino, y luego otro vino más, y luego otro más. Y obviamente a Félix se le empezaba a ir la lengua.

    • No me extraña que hayan matado a alguien en este pueblo. Con la mierda de vino que sirves yo también desearía estar muerto – dijo Félix
    • Creo que debería marcharse – respondió Tomás
    • Yo creo que tú mataste a esa chica para poder exprimir su sangre y así venderla como si fuese vino – seguía insistiendo Félix
    • Por favor, márchese, no me haga que se lo diga de otra manera menos educada – seguía insistiendo Tomás
    • Te la ponía dura ¿eh? Te hubiese gustado follartela, incluso cuando ya estaba muerta ¿verdad? -

Ahí la paciencia de Tomás se agotó y de un salto por encima de la barra acertó a pegar un puñetazo al ojo de Tomás que no solo lo dejó morado sino que a él lo dejó inconsciente.


domingo, 22 de abril de 2018

Capitulo 3: El secreto


El olor a café recién hecho, a tostadas, a bollería recién horneada es quizás el mejor despertador que puede existir, excepto si cuando despiertas estás nadando en un mar de vómitos y apenas recuerdas que ocurrió la noche anterior. Ana lo sabía, y en el mismo instante en el que el aroma a café penetró por sus fosas nasales, solo acertó con una arcada seca y sonora a volver a vomitar sobre la alfombra. El hecho de que vomitase en la habitación del hotel no le ocasionaba mayor problema, el hotel era de su padre, realmente el problema era que estaba vomitada de pies a cabeza, y no tenía ropa para cambiarse. Así que sin dudarlo bajó a la recepción del hotel, saludó sin mirar a la recepcionista y se marchó. La cara de la recepcionista y de las personas con las que se cruzaba por los pasillos y recepción eran dignas de un programa televisivo de cámara oculta. Excepto la del pequeño niño gordito que se encontraba con sus padres allí, que del asco que sintió acabó también vomitando.

Pasaron unas horas, y Ana ya duchada y cambiada de ropa decidió volver al escenario del crimen. Allí observaba en busca de alguna pista que se le hubiese podido escapar, pero nada parecía fuera de lo normal. De repente a lo lejos y levantando una nube de polvo apareció un viejo coche negro, parando al borde del camino a la altura de Ana. Del coche se bajó un hombre alto y delgado y sin afeitar. Vestía una americana manchada y una camisa blanca arrugada y por fuera del pantalón. Se paró fijamente a mirar desde la lejanía a Ana.

  • Novata – murmuró

Ana no dejaba de mirar al suelo, sabía que algo se le escapaba. El hombre, al advertir que Ana no le había visto o le estaba ignorando, decidió llamar su atención.

  • Me han dicho que estaría aquí – dijo gritando
  • No sería muy difícil de averiguar. ¿A que debo esta grata visita? - Respondió gritando también Ana
  • Bueno, creo que vamos a tener que aguantarnos los pedos. Soy su nuevo compañero. ¿Un trago? - Dijo gritando mientras enseñaba una petaca que acaba de sacarse del bolsillo de su americana
  • No gracias, creo que ya he tenido suficiente por lo que queda de siglo -

Ana se acercó hasta ese hombre, que no paraba de beber de su petaca, y dió cordialmente la mano a modo de saludo.

  • Soy Ana -
  • Yo Félix. ¿Ha interrogado al hombre que encontró el cadáver? -
  • ¿Para qué? Es un chico de fiar -
  • Y un sospechoso también -
Ana frunció el ceño, empezaba a no gustarle que aquel hombre al cual no conocía se metiese en sus asuntos.

  • ¿Siempre es así? - preguntó Ana
  • Dependiendo de lo sobrio que esté. Hoy ha tenido suerte conmigo -
  • Oh gracias -

Inmediatamente ambos subieron a sus respectivos coches y fueron en dirección de la casa de Nem. A mitad de camino Ana pinchó una sus ruedas, así que paró el motor y se puso a cambiarla. A menos de un metro estaba de pie Félix, observando y sin parar de beber de su petaca.

  • No vas a poder cambiarla – Dijo Félix
  • Perdona, no es la primera vez que cambio una rueda -
  • Claro, claro. No lo dudo -
Félix tenía razón, en cuando Ana elevó el coche, no podía aflojar los tornillos de la rueda ya que esta giraba.

  • Te lo advertí – Dijo Félix – Tendrías que haber aflojado los tornillos con la rueda apoyada en suelo -
Ana ya no podía más, pero decidió ignorarlo. Volvió a bajar el coche y apoyando la rueda en el suelo ya pudo aflojar los tornillos. Mientras Félix esperaba en el interior de su coche comiendo un bollo.

Ana pensaba que Félix era un maldito egocéntrico. Félix pensaba que Ana era una inútil. Pero lo cierto es que daba lo mismo lo que opinase el uno del otro, al final iban a tener que trabajar justos.

Terminada de cambiar la rueda, ambos en sus respectivos coches continuaron el camino hacia la casa de Nem. Una vez llegaron, empezaron a tocar el timbre, pero nadie abría la puerta. De repente de la casa contigua salió una mujer anciana.

  • No os molestéis, no está en casa. De hecho nunca está en casa- dijo la mujer anciana
  • ¿Quién es usted? - preguntó Félix
  • Es Maria, la vecina de Nem – respondió Ana
  • La vecina y su segunda madre, porque si no fuese por mi ese muchacho estaría ya muerto – dijo Maria
  • ¿Y donde suele estar Nem? - preguntó Félix a Maria
  • Dejalo, no molestes más a Maria – dijo Ana
  • En el cementerio, siempre está en el cementerio – respondió Maria
Ambos montaron en el coche y apenas sin despedirse de Maria fueron directos al cementerio. Cuando llegaron allí se encontraron a Nem frente a una de las tumbas, con la mirada perdida. Al ver que tanto Ana como Félix se acercaban a él, salió corriendo. De nada sirvió que Ana y Félix corriesen detrás de él, Nem se conocía todos y cada uno de los rincones secretos del cementerio, así que en cuestión de segundos había desaparecido. Ana no le daba mucha importancia, pero Félix le daba demasiada. ¿Por que Nem había corrido al ver acercarse a la policía? ¿Que es lo que escondía? ¿Sabía algo que no debía saber?. Era obvio que Félix empezaba a darse cuenta que algo estaba ocurriendo y que por la inexperiencia de Ana se estaba escapando.

Pasaron las horas y decidieron hacer guardia frente a la casa de Nem, Félix sabía que antes o después regresaría, y al caer la noche eso fue lo que ocurrió, Nem regresó para dormir en su casa. Justo en ese momento Félix salió corriendo de su casa y se abalanzó sobre él dejándolo inmóvil en el suelo. En ese instante Félix vió que Nem escondía algo en el interior de su mano. Félix forzó la mano hasta que la abrió, y descubrió una fotografía de la chica que había aparecido muerta.


domingo, 15 de abril de 2018

Capitulo 2: Solum infideles non libero serpentium


En pocos minutos aquel enorme campo de heno se había llenado de policías con monos que cubrían todo su cuerpo, coches con sirena, policías uniformados y nuestra querida Ana, que seguía mirando el cadáver sin saber muy bien que hacer con él. Ana era consciente de que este caso iba a ser el que le iba a llevar al cumbre de su carrera, y mientras miraba el cadáver y soñaba con una vida de éxito de repente una voz que provenía de su espalda le hizo despertar.

  • Inspectora ¿como ha fallecido la victima? ¿cree usted que hay un asesino en serie suelto por este pueblo? -

Ana, al escuchar estas preguntas giró su cabeza y se encontró con una periodista y un cámara de televisión apuntando a su cara. Era justo lo que no necesitaba, preguntas cuando aún no tenía ni idea de que hacer con la victima.

  • ¡Fuera de aquí! ¡Largo! - gritaba nerviosa Ana

Periodista y cámara se marcharon, aunque Ana sabía que esto solo era el principio. Así que ordenó acordonar la zona y comenzó a mirar fijamente al cadáver. De lo primero que se percató fue de la abundante sangre coagulada que brotaba de debajo de la barbilla, así que poniéndose unos guantes levantó la cabeza y enseguida vio una enorme herida que cruzaba de lado a lado su cuello. Otra cosa que le llamó enormemente la atención fue la vestimenta de la victima, camisón y corona de flores en su frente. Ana empezaba a pensar que el caso era interesante, y a medida que iba descubriendo más pistas, más interesante le parecía.

¿Quién mataría a una pobre chica y la acabaría crucificando en una pequeña cruz de madera? ¿Que intención tenía? Mientras Ana no paraba de observar vio algo brillante en el suelo. Era una pequeña caja de metal, de esas en las que se envasan los caramelo o los chicles. Estaba oxidada, corroída, pero no dejaba de ser una pista. Ana, con la pequeña caja en mano, se lo acercó a uno de los policías que allí se encontraba y este al ver lo que Ana traía en la mano, no tuvo duda alguna, era una caja de cebo para pesca. Quizás el asesino era un pescador al que se le había caído la caja de cebos, pero recordemos que en Rondom todos, o casi todos, eran pescadores. Así que Ana, sin mucho animo volvió a encontrarse frente a frente con esa pobre chica crucificada, y de repente vio en una de sus manos asomar un trozo de papel arrugado. Ana, abrió el puño delicadamente y extrajo la nota. En ella podía leerse “Solum infideles non libero serpentium

  • Solo los infieles no están libres de las serpientes” - dijo en voz baja Ana -”Vaya, parece que el viejo Rod ha salido del mar para darse un paseo” - continuó diciendo.

Pronto llegó el juez para ordenar el levantamiento del cadáver, y un coche de la funeraria, pronto en esa fiesta del campo de heno estarían todos menos la anfitriona.

Aquel día fue estresante, había que empezar a trabajar duro sin perder tiempo, pero a decir verdad, Ana tampoco tenía pistas suficientes a las que agarrarse, tan solo una vieja caja de metal y una trozo de papel con una frase en latín. La cosa tornaba difícil, y Roberto, el superior de Ana, ya se había dado cuenta de que esta estaba en un agujero sin salida, por eso cerró la puerta de su despacho, cogió firmemente el teléfono y llamó a sus superiores en la central. Roberto sabía lo que hacía, y en la central leyeron el pensamiento de Roberto, así que la decisión estaba tomada, Ana necesitaba ayuda, y no una ayuda cualquiera, sino alguien que ya hubiese resuelto un caso similar anteriormente. El problema es que esa persona era un policía alcohólico que había sido retirado de un caso recientemente por decirle a los familiares de una victima que “Los gusanos se están dando un festín con las entrañas de su hijo”. Obviamente aquello no podía acabar bien, y acabaron a puñetazos familiares y policía. Así que para Ana la cosa no pintaba bien, pero Roberto sabía que pese a todos los problemas que podría causarle este nuevo compañero, en realidad era el único que podía encontrar pistas donde no las había.

Esa noche Ana fue al bar del Hotel Rio, y se emborrachó hasta quedarse dormida con la cabeza apoyada en la barra. Bueno, lo positivo del asunto es que en ese lugar había camas por doquier, estaban todas libres, todas menos dos, bueno en realidad una, porque la joven periodista había decidido hacer una visita a la habitación de su compañero cámara con algún absurdo pretexto, y en el preciso instante en el que Ana apoyaba la cabeza sobre la barra del bar, unos metros más arriba estaba la periodista desnuda moviendo la pelvis sobre un pobre chico que aún no podía creerse lo que le estaba sucediendo, aquel había sido su golpe de suerte, y en la primera noche.

Rafael, padre de Ana, no tardó en coger como pudo a su hija y subirla a una habitación, la número 102. Casualidades de la vida, en la habitación de al lado estaba la fiesta sexual, pero a Ana le dio igual, solo atinaba a vomitar sobre la alfombra y la cama de la habitación. Mañana sería otro día



lunes, 9 de abril de 2018

Capitulo 1: El olor a heno

Rondom era un pueblo con olor a brisa de mar, donde el silencio es tan penetrante que llega a resultar molesto, donde las horas parecen segundos, y los segundos parecen horas. Allí nada es como en el resto del mundo.

Enclavado entre acantilados, donde el viento con el roce de las rocas hace que parezca que alguien está tocando la gaita, si, el viejo Rod, el gaitero que un día se llevo el mar. De pequeño todo el mundo había escuchado la vieja y temida historia del viejo Rod, que un día estaba tocando la gaita, y las serpientes emergieron del mar para atraparlo con sus largas colas y sumergirlo para siempre. Desde entonces Rod toca sin parar clamando por su libertad. Lo cierto, es que no dejaba de ser una historia para enfundar miedo a los más pequeños del pueblo y así de esta manera no se acercarían al borde del peligroso acantilado. ¿Quien iba a creerse la historia del viejo Rod?

En Rondom hay poco que hacer. Su población se dedica principalmente a la pesca. Salen a faenar por la mañana y a eso de las seis de la tarde ya están de vuelta. El resto del tiempo lo pasan en la Vieja cantina de las musarañas, lugar viejo y sucio con olor a pescado rancio, donde todos los pescadores van a beber el vino que hace Tomás, el dueño de ese asqueroso tugurio. Después, cuando el sol se acuesta en su cama del horizonte, la gente del Rondom suele ir a emborracharse a La estrella, un viejo prostíbulo que en los años ochenta tuvo su aquél pero que ahora agonizaba entre prostitutas sin dientes y jóvenes streapers drogadictas o embarazadas. Sinceramente, te aseguro que no te gustaría meter tu miembro en semejantes agujeros, pero ya lo dije antes, en Rondom nada es como en el resto del mundo, y allí se conforman con poco, hasta en cuestiones de sexo.

Era verano, para ser más exactos el mes de Agosto, de esos Agostos que no paran de sonar las chicharras y el calor es tan pegajoso y asfixiante que crees estar en el juicio final. Normalmente los veranos en Rondom son siempre así, largos, silenciosos y asfixiantes. Aquella noche no había sido muy diferente a las anteriores, ni a las anteriores de las anteriores. Calurosa, oscura y siempre con el ruido de las olas chocando contra las rocas. Pero la mañana siguiente si iba a ser diferente, el tronador silencio del pueblo se iba a ver fragmentado por la respiración agitada del gordo Nem.

Nem, que no dejaba de ser un diminutivo del ridículo nombre de Nemesio, era un gordo y sucio de unos cuarenta años cuyos padres habían fallecido dejándole en la más absoluta pobreza. Pobre Nem, ahí se encontraba, corriendo, sudando y como si hubiese visto un muerto a través de los dorados campos de heno que cubren los campos próximos al acantilado. Nem tenía dos problemas, o quizás tres, el primero es que como siguiese corriendo de esa manera debido a su sobrepeso iba a provocarle un infarto, el segundo es que realmente acababa de descubrir lo que creía que era un cadáver, y el tercero y quizás el más importante, que sabiendo como era Nem nadie le iba a creer. Nadie excepto Carmen, la mujer de Tomás, que por alguna extraña razón, quizás por su cara pálida, ese día si decidió creer sus palabras, y cuando ambos llegaron al campo de heno se encontraron frente a frente con lo que era un enorme problema. En una cruz clavada en el suelo, había una chica de unos veinte años muerta, con los brazos clavados como si fuese Jesucristo y con las rodillas flexionadas, apoyadas en el suelo. Carmen acabó corriendo, pálida y sudorosa, como anteriormente lo había hecho Nem, el cual esta vez volvía a repetir la escena, pero por detrás de Carmen, su peso no le permitía correr más rápido.

Carmen llegó a la vieja cantina, y chillando ordenó a Tomás que llamase a la policía. Este, sin entender muy bien el motivo de tanto alboroto, cogiendo el teléfono con el pulso inestable, como si de un terremoto se tratase, solo acertó a marcar los números sin pensar realmente si los estaba marcando correctamente. Luego colgó y emprendieron el camino hacía el campo de heno, otra vez allí. Detrás de ellos toda una legión de pescadores paletos que estaban desayunando en la cantina antes de salir a faenar y que decidieron que ese día el mar estaba demasiado picado. Casualidad.

La policía no tardó en llegar, no tenía por qué tardar demasiado, la comisaría estaba a tan solo 5 minutos en coche. Al frente la inspectora Ana, que bajó del coche tranquilamente como si no terminase de creer que allí había ocurrido un crimen.

Ana era una mujer de unos cuarenta y cinco años, divorciada, con un pasado duro, y desconfiada. Quizás el que fue su marido había hecho que fuese tan desconfiada, las infidelidades te cambian por completo. Quizás había sido su tío, el cual había abusado de ella cuando Ana tan solo tenía diez años. Quizás había sido su primer novio quien la había hecho así, cuando intentó separarla de sus padres y amigos por culpa de los celos. Quizás fue otra circunstancia, pero sinceramente da lo mismo.

Bajita, rubia, siempre riendo pero con una risa que no resultaba convincente, pasaba los ratos libres que su hija y su trabajo le permitían en el bar del Hotel Rio, el cual pertenecía a su padre. Este hotel era el único que había en el pueblo.

Ahí estaba Ana, frente al cadáver desconocido, sin saber muy bien por donde empezar, en Rondom nunca había ocurrido nada, y por supuesto un crimen tampoco.

Temporada 2 Capitulo 18: Nunca me olvides

Félix estaba cansado, muy cansado, la noche había sido larga, pero fructífera. Por fin tenía la localización del almacén donde se guardaba...