Félix
apareció por comisaria con el ojo morado, despeinado y con la camisa
sucia. Todos miraban según pasaba a su lado, pero nadie se atrevía
a decir nada. Nadie menos Ana, que empezaba a estar harta de su nuevo
compañero.
- ¿Que te ha ocurrido? - preguntó Ana
- Nada, debió de meterse un mosquito dentro del ojo y me picó -
- Pues ten cuidado, no vaya a ser que ese mosquito te haya chupado mucha sangre y luego se lo venda a la cantina como si fuese vino -
Ahí
Félix ya se dió cuenta que Tomás había llamado por teléfono a la
comisaria y lo había contado todo. Se dió la vuelta y se marchó a
casa de Maria. Una vez allí, aporreó la puerta hasta que Maria
abrió. Pidió permiso para entrar y una vez dentro empezó a
preguntar.
- ¿Conoce a la chica que asesinaron? - Preguntó Félix
- Ya le dije que no, que no la conocía de nada -
- Pero sin embargo usted cuida de Nem ¿no es así? -
- Si, ¿que tiene que ver eso con la chica asesinada?
- Encontramos en la casa de Nem una pared llena de fotografías de la chica, y sinceramente no me creo que si usted siempre está pendiente de él no lo supiese -
- Bueno, él ya es mayor, yo no tengo por qué saber todo -
- ¿Me puede decir por qué Nem se pasa el día entero en el cementerio? -
- Nem ayuda al enterrador, le ayuda a estar más cerca de sus padres -
- ¿Y que hacía Nem en el campo de heno el día que encontró a la victima? -
- Eso mejor debería preguntárselo a él, ya le dije que yo no tengo porque saber todo lo que hace -
- De acuerdo, me marcho, pero sepa usted que sé perfectamente que me está ocultando algo, y sepa también que sea lo que sea, acabaré por descubrirlo -
- Que tenga suerte – Mientras abría la puerta de la casa
Mientras,
en comisaria Ana repasaba las notas y las pistas encontradas, y se
preguntaba el por qué esa obsesión de Nem por la victima. En ese
momento entró Félix apresurado, nervioso. Dió orden que le
buscasen la dirección del enterrador, pero alguien sugirió que por
qué no lo buscaba en el cementerio. Félix estalló, empezó a
gritar. Ana le chilló aún más para que se callase, y cuando ya se
había callado le dijo que al día siguiente iban a enterrar a la
pobre chica.
- ¿Y la causa de la muerte? - Preguntó sorprendido Félix
- Bueno, el informe de la autopsia no llegará hasta dentro de una semana – respondió Ana
- Todo esto está yendo muy despacio. ¿Es que en este maldito pueblo nadie sabe darse prisa? -
- Félix, bienvenido a Rondom, aquí nunca ocurre nada -
- Este pueblo parece sacado de una maldita alcantarilla infectada de ratas -
- Bueno, ya sabes, siempre puedes marcharte -
Félix
solo murmuraba, enfadado, pero sin levantar la voz. Luego le dijo a
Ana que cogiese sus cosas, que iban al cementerio. Una vez llegaron
allí se encontraron a un hombre corpulento, con barba larga, vestido
de negro. Se acercaron a él.
- Buenos días – dijo Félix mientras enseñaba la placa
- Buenos días. ¿Que necesitan? ¿Unas flores? ¿Una bonita lapida? -
- Queríamos hacerle unas preguntas sobre Nem – dijo Ana
- Oh, el pobre Nem, hoy no ha venido por aquí, ha faltado a su cita diaria -
- ¿Que hace Nem por aquí cada día? – preguntó Félix
- Ayudarme, yo solo no puedo con los muertos -
- ¿Y cuanto dinero recibe por ello? -
- La voluntad, lo que quieran darle los familiares del fallecido. Aquí todo el mundo le conoce -
- ¿De quien es esa tumba? - preguntó Félix señalando la tumba que miraba Nem cuando fueron a visitarle al cementerio
- Ahí están enterrados sus padres y su hermano -
- ¿Su hermano? - preguntó con asombro Ana
- Si, falleció siendo un niño, un golpe en la cabeza. Un accidente. Aqui todo el mundo lo sintió mucho, era muy querido -
- ¿Y como fue ese accidente? - preguntó Félix
- No lo sé muy bien. Se dice que estaban jugando Nem y él y de repente se pelearon, se empujaron y al caer al suelo se golpeó la cabeza contra una piedra. Se dice eso, pero lo cierto es que no se sabe con certeza. Si le soy sincero a mi eso no me parecía un golpe de piedra. Yo he enterrado a más de una persona fallecida por un mal golpe, y por lo que yo ví, eso no era un golpe contra una piedra, era diferente -
Félix y Ana
empezaban a ver que había muchas dudas, y la vida de Nem empezaba a
ser demasiado misteriosa. De repente el enterrador interrumpió.
- ¿Saben ya quien era la pobre chica? -
- No, aún no -
- Pues si no lo saben entonces no era de por aquí. Por estas tierras todos se conocen. Aquí no existe la intimidad. Sin ir más lejos hay alguien que desde lo lejos lleva observándoles desde que han llegado -
Félix y Ana se
dieron la vuelta y vieron a lo lejos a un viejo hombre barbudo,
vestido de granjero, observando desde lo alto de una colina. Cuando
vió que tanto Ana como Félix se giraban para mirarlo, el misterioso
hombre se giró y se marchó tranquilamente.
Ya en comisaria,
Félix escribía en la pizarra de pared algunas notas, y señalaba
con cierto interés la palabra “Hermano”. Pensativo, llamó de un
grito a Ana, y esta que estaba en el cuarto contiguo apareció
enseguida.
- Tú naciste aquí ¿Verdad?- Preguntó Félix a Ana
- Si, pero si me vas a preguntar por el hermano de Nem, te diré que no, no sabía de su existencia. De pequeña me crié con mi abuela, que vivía en una pequeña casa a las afueras y estaba un poco desconectada del mundo-
- ¿Tan desconectada como para no saber que Nem tenía un hermano?
- Tan desconectada, así es-
- Bueno, recoge tus cosas, es tarde y mañana nos espera un día duro- Dijo Félix.
El día siguiente
amaneció soleado, quizás más soleado de lo común. Desde bien
temprano estaban Ana y Félix esperando en el cementerio, no había
nadie más, nadie quiso acercarse al funeral de aquella chica
desconocida que había revuelto tanto la tranquila vida del pueblo
donde nunca ocurría nada. De pronto a lo lejos apareció el
enterrador acompañado de un joven muchacho de unos dieciséis años.
- He tenido que buscarme a un ayudante- dijo el enterrador
- No me lo diga. Usted solo no puede con los muertos- dijo Félix
- Me parecía de mala educación pedirle a usted que me ayudase a cargar con el ataúd-
- No me pagan por ello- respondió tajante Félix...
De pronto apareció
a lo lejos un viejo caballo con un carro de madera de esos que se
usan para transportar alfalfa, y en dicho carro iba el ataúd. El
carro iba guiado por un viejo hombre, seguramente alguien que vive
del campo que por algunas monedas se habría prestado a portar el
ataúd en su carro.
El ataúd era negro
como el carbón, y sobre la tapa escrito con tiza ponía “mujer
desconocida”. El carro se paró frente a Félix y Ana, y enseguida
el enterrador con ayuda del muchacho y el viejo del carro bajaron el
ataúd y lo posaron en el suelo paralelo a la fosa. Allí nadie decía
nada, el silencio era tan inmenso que se podía escuchar hasta los
gusanos que se comían al resto de los muertos que estaban bajo sus
pies. Que triste resultaba morir y apenas nadie fuese a despedirte.
Que triste resultaba morir y que te enterrasen sin saber quien eras.
Que triste es esta vida.
De pronto un gran
trueno sonó, dejando a todos paralizados como estatuas de piedra.
Comenzó a llover, porque quizás las nubes estaban llorando lo que
los demás no habían querido llorar, y quizás esa tierra empapada
guardaría las lágrimas y con ellas los secretos de su vida. Y
mientras esa lluvia caía, el ataúd comenzó a descender poco a
poco, despacio, sin prisas, por el foso, como si en el fondo esa
pobre chica desconocida no quisiese descender, conocedora que una vez
que descendiese jamás volvería a estar cerca de las personas que un
día la quisieron. Pero era inevitable, y finalmente descendió para
no volver jamás.
Mientras el
enterrador cerraba ese maldito agujero con una lapida sin nombre, Ana
tuvo una extraña necesidad de darse girarse, y al hacerlo, vio a lo
lejos de nuevo al granjero misterioso, mirando sin expresión facial
alguna, pero resbalando una amarga lágrima por su mejilla.