domingo, 26 de agosto de 2018

Capitulo 14: La reina


Amanecía y ya hacía mucho calor, demasiado. Félix terminaba de abrocharse la camisa cuando de pronto notó un fuerte dolor en el pecho. Sabía lo que era, no era la primera vez que le ocurría. También sabía que los minutos ante un infarto valían toda una vida. Cogió el teléfono y llamó a emergencias, pero los operadores estaban ocupados, a 30 km de allí un tren había descarrilado y todas las ambulancias estaban ocupadas. No le quedaba más remedio que llamar a Ana.

- ¿Si? – dijo Ana medio dormida a través del teléfono
- Ana, te necesito – dijo Félix casi sin poder articular palabra
- Félix, te dije la ultima vez que no me llamases a estas horas, es muy temprano- dijo Ana enfadada
- De acuerdo Ana, siento haberte despertado. ¿Podrías llevarme al hospital si no es demasiada molestia? Creo que me está dando un infarto y no hay ambulancias disponibles -
- ¡Joder! No te muevas de ahí – dijo Ana asustada
- No te preocupes, no creo que pueda correr mucho -

Al poco tiempo estaba Ana conduciendo hacía el hospital lo más rápido que podía y Félix estaba tumbado en el asiento trasero del coche. Llegaron al hospital y se llevaron corriendo a Félix. Ana espero en una pequeña sala durante dos o tres horas. Por fin Félix andaba por el pasillo del hospital acercándose a Ana.

- Todo ha sido un susto. Gracias por traerme – dijo Félix a Ana
- Me alegro de que estés bien -
- Me han dicho que no puedo beber, que se acabó el alcohol para mi -
- Y muchas más cosas. Pero lo importante es que estás bien -
- Vamos a visitar a una amiga que tiene algo que contarnos – dijo Félix mientras Ana sonreía.

A los diez minutos Félix ya era el de siempre, aporreaba la puerta de la casa de Maria mientras gritaba enfadado. Por fin la puerta se abrió.

- ¿A que se debe tanto escándalo? - preguntó molesta Maria
- Usted nos mintió, como nos ha mentido todo el mundo en este maldito pueblo- dijo Félix muy enfadado – Nos dijo que no conocía a la chica y resulta que usted es su madre -
- Maldito enterrador, le dije que no dijese nada – dijo Maria
- ¿Como? ¿El enterrador lo sabía? No me lo puedo creer, joder, no me lo puedo creer – dijo Félix mitad enfadado mitad asombrado
- ¿Como? ¿No fue él? -
- No, no fue él. Fue Samuel – respondió Ana
- ¿Samuel?. Lo voy a matar – dijo Maria
- No se preocupe, ese trabajo ya lo ha hecho él mismo – dijo Félix

Los tres entraron en la casa. Félix muy enfadado no paraba de resoplar

- Si, soy su madre. Hace veinte años tuve un romance con Samuel, pero no quería que nadie se enterase, siempre se había hablado mal de él. Cuando Míriam nació yo desaparecí. Nunca la olvidé, pero no podía estar junto a ella – dijo Maria

No había más que decir. Tanto a Ana como a Félix les quedó bastante clara toda la historia. El día pasó, y la noche cayó. Ana había quedado para cenar con Silvia. La cena transcurrió con normalidad. Tras esta, Ana y Silvia decidieron ir a tomar unas copas a algún bar del puerto. Paseando a la luz de la luna por el puerto Silvia se dió cuenta que se había quedado sin tabaco.

- Oh mierda, me he quedado sin tabaco – dijo Silvia mientras miraba al interior de su bolso
-No te preocupes, ahí hay un bar, entra en ese bar a comprarlo – dijo Ana mientras señalaba un bar
- No, ese bar es La ratonera, tiene muy mal ambiente – dijo Silvia
- No te pongas así, esos son rumores extendidos por marineros que van de machotes. Tanto tú como yo sabemos que esos rumores son porque el bar es un bar de gays. No te preocupes, ya entro yo a comprarlo por ti – dijo Ana.




Ana entró en el bar. Solo había hombres. El bar era un lugar oscuro, lleno de hombres vestidos de cuero. Se acercó a la barra para pedir tabaco y de pronto miró a su derecha y vio al final de la barra a dos hombres besándose apasionadamente. De pronto el que estaba de espaldas a Ana se puso de perfil. Era Félix. Ana se quería morir, sentía algo por él y ver semejante escena no pudo soportarlo.


domingo, 19 de agosto de 2018

Capitulo 13: El castillo de naipes se derrumba


Lourdes, Ana y Félix estaban en el exterior, en la puerta trasera del prostíbulo. Mientras Lourdes fumaba, empezó a contarles todo lo que sabía.

- Os ha mentido. Ella no se marchó. Probó suerte una noche, pero esto no era lo suyo. No podía con el anal, así que lloraba mientras el cliente se quejaba que había pagado por ello. El jefe la obligó. Después de aquella noche no volvió nunca más. Como tampoco volviste a verme tú, Ana – dijo Lourdes
- Quizás hay motivos suficientes para no querer verte – dijo Ana
- No puedes estar así toda la vida. Aquello pasó y ya no no se puede cambiar. Él se marchó. No he vuelto a saber de él. Se llevó todo mi dinero y por su culpa ahora estoy aquí abriéndome de piernas con diez hombres distintos cada noche -
- Te lo mereces – dijo Ana enfadada
- ¿Podéis dejar de discutir por un momento? - dijo Félix – No hemos venido aquí para que os echéis en cara vuestros problemas familiares, hemos venido aquí para averiguar quien mató a Míriam Rosales. Lo demás me importa un pepino -
- ¿Quien era el cliente que pagó por acostarse con Míriam? - preguntó Ana
- Antonio. Nuestro tío – respondió Lourdes
- Joder, Antonio no. ¿Que más cosas pueden salir mal hoy? - dijo Ana
- ¿Y ahora que ocurre? - preguntó extrañado Félix
- Mi tío abusó de Ana cuando era una niña – respondió Lourdes

Ana se echó a llorar, los recuerdos aún estaban en su cabeza. Sentía que ya no podía más, todo se derrumbaba y no podía tener el control de la situación. A Félix se le ocurrió que para animarla invitaría esa noche a cenar a Ana en un bar del puerto.

Esa noche Ana se vistió guapísima con un vestido azul oscuro. Félix también iba muy bien vestido. Iban paseando por el puerto. El puerto constaba con una estrecha carretera principal, donde a la izquierda había casas bajas de pescadores con las fachadas pintadas de blanco. A la derecha estaba el mar con los barcos pesqueros. Por fin Ana y Félix llegaron al bar La pensión. Era un bar de pescadores donde también ponían comidas caseras, principalmente platos de pescado. El bar tenía una entrada pequeña y estrecha, según entrabas de frente había una barra de madera y a la derecha unas mesas de madera también rodeadas de unas sillas azules. La pared de la derecha era de piedra mientras que la pared de la izquierda era blanca en la parte superior y roja en la inferior. Sobre la pared de piedra había colgados cuadros de algún pintor local, sobre la pared de la izquierda había colgado un timón de madera.

Ana y Félix se sentaron en la mesa más próxima a la ventana. Así podían ver el mar y los barcos que llegaban a puerto al caer el sol. La noche fue perfecta, Ana consiguió olvidarse de sus problemas, incluso Félix consiguió que se riese. En un momento dado Ana embriagada por toda la situación decidió lanzarse a dar un beso en la boca a Félix, pero este retiró su cara suavemente y dijo que se estaba equivocando. De pronto el teléfono de Ana sonó. Tras una breve conversación colgó.

- Era de nuevo Silvia. Han encontrado a Samuel ahorcado de una de las vigas de su granja. Junto a él había dejado una nota de despedida. En ella decía que Maria es la madre de Miriam – dijo Ana

domingo, 12 de agosto de 2018

Capitulo 12: Las putas

Las grandes puertas de la iglesia se abrieron de golpe de par en par. Por ellas entró Félix gritando, estaba muy enfadado. Mientras, el padre Pedro colocaba unas flores en el altar y miraba incrédulo a Félix acercarse a él a través del pasillo.

- Es usted un mentiroso – gritaba Félix
- Cálmese, está usted en la casa del señor – respondía el padre Pedro
- Es usted un hijo de puta. Juro que si pudiese le machacaría la cabeza a golpes -
- Bueno, cálmese, esas no son formas de hablar dentro del templo -
- A la mierda el templo. Usted dijo que nunca había venido Míriam, que no la conocía, y era mentira -
- ¿Conoce usted lo que significa el secreto de confesión? -
- Mientras usted está con su secreto de confesión ahí afuera hay una persona libre que ha cortado el cuello a Míriam y que quizás mañana se lo corte a usted -
- Esta bien, si, vino aquí, estaba destrozada, había huido de las palizas de su padre. Necesitaba ayuda, necesitaba dinero, así que pensé que ya que Tomás había roto con ella le debía un favor, así que le aconsejé que fuese a visitarlo y a ver si había trabajo en la cantina -
- ¿Y después? -
- Después se marchó y no volví a verla nunca más -
- Seguro que me está mintiendo -
- Eso es problema suyo, usted sabrá si creer mi palabra o no -

Félix se dio la vuelta y se marchó de allí. Seguía enfadado. En Rondom nadie decía la verdad, todos ocultaban algo, y así era muy difícil conocer la verdad.

En comisaria, mientras tanto, Ana había llevado a Carmen a declarar, estaba claro que había mentido, conocía a Miriam.

- ¿Por qué mintió? - preguntó Ana
- Era la amante de mi marido. ¿Que quería que dijese? - respondió Carmen
- ¿Como supo que su marido tenía una amante? -
- Una tarde entró Nem enfurecido y me dijo que mi marido estaba en el exterior de la cantina, en la parte de atrás, que estaba besandose con una chica. Yo no me lo creía, él jamas haría eso, pero algo en mi interior desconfiaba de mi misma y decidí salir para ver que Nem mentía. No, Nem no mentía, Nem decía la verdad -
- ¿Y que hizo al verlos? -
- Grité. Grité como una loca, y juré que la mataría, pero obviamente era una manera de hablar -
- Bueno, le informo que es usted investigada como sospechosa del asesinato de Míriam Rosales. No podrá usted salir del Rondom sin informarnos antes – dijo Ana
- No se preocupe por ello. Si me disculpa, tengo que marcharme. Por cierto, la próxima vez tenga cuidado no pierda usted el teléfono móvil, podría tener usted datos de una investigación que no querría que nadie viese – dijo mientras depositaba sobre la mesa el teléfono móvil que Ana había perdido dentro del edificio de los Reprobi.

Carmen se marchaba mientras Félix entraba en la comisaria. Dijo a Ana que tenían que ir al prostíbulo. Ambos entraron en el coche de Félix y se dirigieron allí. Mientras Félix conducía le hacía una serie de preguntas a Ana.

- ¿Por que te pusiste pálida cuando Tomás dijo que Míriam había ido al prostíbulo? - preguntó Félix
- Es una larga historia de la que no quiero hablar – respondió Ana
- ¿Por que te divorciaste de tu marido? -
- Le pillé acostándose con mi hermana -
- Vaya, tu hermana no respetaba mucho a la familia. Nunca me has hablado de ella -
- No tengo nada de que hablar de ella, desde entonces no he vuelto a verla ni a saber de ella. Ni quiero -
- Bien, ya hemos llegado. Creo que les va a resultar extraño ver entrar a una mujer en un prostíbulo de mala muerte -
- Quizás disfrutes. Piénsalo bien, eres policía, puedes llevarte un polvo gratis -
- Créeme, no tengo ni el más mínimo interés en ello -

Ambos salieron del coche y entraron en La estrella, un prostíbulo donde carecía de luz de estrella. Era un lugar oscuro, con olor concentrado a tabaco negro. Había un escenario con una barra de baile. Sobre el escenario había una vieja gorda con los pechos fuera y un tanga de lentejuelas. Debajo había una veintena de marineros borrachos babeando por semejante espectáculo dantesco. De pronto un hombre delgado, joven y trajeado se acercó. Era un hombre con la cabeza afeitada, como si fuese calvo y hubiese decidido afeitarse la cabeza para disimularlo. Era delgado pero fuerte.

- ¿Buscan intercambio de pareja?, ¿Alguna experiencia fuerte?, ¿Cosas nuevas?- preguntó el joven trajeado
- Inspector Lacueva e inspectora López – dijo Félix enseñando la placa
- Vaya, hoy tenemos redada -
- No se preocupe, no venimos por eso – dijo Ana
- ¿Ha visto alguna vez a esta chica? - dijo Félix enseñando la fotografía de Míriam
- Si, vino hace unas semanas a pedir trabajo de camarera. Le dijo que solo había trabajo de bailarina con final feliz. No quiso y se marchó. Creo que estuvo hablando con una de mis chicas -
- ¿Puede usted llamar a esa chica? -
-Claro. Lourdes, acercate un segundo – dijo el joven a una prostituta que estaba a lo lejos hablando con un cliente.

La chica se acercó y miró fijamente a Ana.

- Hola hermanita – dijo Lourdes


domingo, 5 de agosto de 2018

Capitulo 11: Te quiero


Hacía frio, el viento soplaba con fuerza, el heno, aun pequeño y verde se movía de un lado a otro. Las nubes negras a modo de techo cubrían el cielo. Nem daba vueltas por ahí. De pronto vio a lo lejos a una chica sentada al borde del acantilado. Estaba de espaldas a él, era rubia, delgada, su piel pálida, y su melena se movía y se despeinaba con el viento. Nem decidió acercarse a ella, se sentó a su lado. Ella miró extrañada pero no dijo nada. Nem sin mirarla, sin despegar la mirada del horizonte marino, decidió romper la tensión.

- Creo que no deberíamos estar mucho tiempo aquí, va a caer una buena lluvia - dijo Nem
- ¿Quien eres? - preguntó extrañada la chica
- Lo siento, no me he presentado, me llamo Nem -
- Yo soy Míriam. No suelo encontrarme con nadie por aquí -
- A mi me pasa lo mismo. Suelo venir por aquí para relajarme. Uy, empiezan a caer las primeras gotas, será mejor nos vayamos de aquí. Conozco una vieja cabaña abandonada donde podremos resguardarnos hasta que pare la lluvia -

Ambos corrieron hacía la cabaña. Una vez dentro Míriam tenía frio, así que Nem le puso por encima de los hombros una vieja manta que había en el interior de la cabaña.

- La verdad es que has sido muy amable – dijo Míriam
- ¿Vienes mucho por estos campos? No te he visto nunca antes – dijo Nem
- Suelo venir a menudo, pero procuro que nadie me vea, a mi padre no le gusta que ande por aquí. Este es un sitio especial, siempre pienso que su tuviese que morir en paz, este sería el lugar idóneo, mirando al mar – dijo Miriam
- Pero no pienses en morirte, eres joven -
- Créeme, la vida es un suspiro -

Pasaron los meses, y Nem y Míriam fueron forjando una amistad, siempre a escondidas, siempre en los campos de heno. Sin darse cuenta Nem fue enamorándose de ella poco a poco, pero a decir verdad, ella nunca le había dado esperanzas, así que Nem no se atrevía a confesar su amor. Sabía que era difícil que ella lo correspondiese, él era un tipo feo, gordo y no muy agraciado en la vida. Además ella siempre contó a Nem que le gustaban los hombres bastante más mayores a ella. Si, Nem no podía evitarlo pese a saber que era un amor imposible. Una noche Nem decidió invitarla a su casa. Preparó una cena con velas.

- Vaya Nem, veo que has preparado una cena romántica – dijo Miriam
- Bueno, solo quería una cena que fuese especial para ti -
- Bueno, hoy seré especial para ti – dijo Miriam
- Tengo una vieja cámara de fotográfica. Era de mi madre. Si quieres puedo hacer unos disparos – dijo Nem
- Bueno, sería una buena idea – respondió Miriam
- Luego colgaré esas fotos en esa pared, será la pared que siempre nos recuerde esta noche -
- Será nuestra pared. Nunca quites las fotos de ahí, pase lo que pase – sentenció Miriam

El tiempo pasó. Una tarde Nem se acerco a la vieja cantina, y en la parte de atrás vió a Tomás besándose con Míriam. Nem se sintió traicionado, hundido. La persona de la que estaba profundamente enamorado estaba con otro, que ademas era un hombre casado. Ciego por los celos, entró en la cantina y vio a Carmen, se acercó y se lo contó todo. Carmen no tardó en salir al exterior e ir a la parte trasera de la cantina y encontró a su marido en brazos de Míriam. A partir de entonces nada volvió a ser igual. Nem y Míriam dejaron de verse, la relación llegó a ser inexistente.


Una mañana de Agosto Nem se levantó temprano, le apetecía ver salir el sol desde el campo de heno, así que se lavó, se vistió y fue tranquilamente andando hasta allí. Cuando llegó a lo lejos vio lo que parecía una persona de rodillas mirando hacia el mar y con los brazos extendidos en cruz. Se acercó lentamente y de pronto vio que era Miriam. Estaba muerta, con la garganta cortada, el camisón blanco manchado de sangre a la altura de los pezones y crucificada en una pequeña cruz. No lo pudo soportar, su amor, su gran amor, estaba muerta, muerta como ella le confesó en la cabaña que quería morir, mirando al mar. Nem echó a correr, su corazón parecía que iba a estallar, su camiseta estaba empapada en sudor. Él corría y corría hasta tener la sensación de morir. No le hubiese importado morir en ese momento, su vida ya si que carecía de sentido alguno a partir de ese mismo momento.

Temporada 2 Capitulo 18: Nunca me olvides

Félix estaba cansado, muy cansado, la noche había sido larga, pero fructífera. Por fin tenía la localización del almacén donde se guardaba...