El sol empezaba a
asomar su testa por el horizonte desdibujado. Había perdido su
fuerza, el verano ya estaba tocando a su fin, y empezaba a soplar una
ligera brisa que según pasaban los minutos cada vez era más fuerte.
Ana ya había vuelto a casa, la escapada había sido su salvación,
pero ahora tenía que regresar a su rutina diaria. Félix mientras
tanto estaba paseando por el puerto, pensando y sin entender que le
había ocurrido a Ana para haberse pedido un par de días libres en
el trabajo y haber desaparecido.
Pasaron
un par de horas y ambos estaban ya en la oficina, ninguno hablaba
sobre lo ocurrido, Ana no le decía a Félix que lo había visto en
la
ratonera y
este no le preguntaba a Ana que había ocurrido ni donde había
estado. El ambiente estaba cargado, era cortante, frío. De pronto
Silvia se acercó.
- Lo tengo – Dijo
Silvia
- ¿Que tienes? -
preguntó Ana
- La dirección de
tu tio Antonio – respondió Félix
- Vive en una
pequeña casa camino de la iglesia – dijo Silvia
- Vamos a por ese
hijo de puta – dijo Ana
Los coches llegaron
a gran velocidad a la casa de Antonio. Félix y Ana se bajaron de
uno, del otro bajó Silvia. Tocaron al timbre de la casa de Antonio.
Este abrió la puerta, y sin apenas poder decir nada se vio con unas
esposas puestas en las muñecas y siendo metido en uno de los coches.
Antonio sabía por que habían venido a por él, no hacía falta que
preguntase. Sabía que este era su fin.
Al
mismo tiempo Roberto junto con varios agentes habían llegado a La
estrella. Habían
echado a todas las prostitutas, habían precintado el prostíbulo y
habían detenido también a su dueño.
Por fin Félix
empezaba a tener la sensación de estar cerca de resolver el
asesinato. Ana también empezaba a sentir lo mismo. Después de
tanto tiempo sin apenas pistas por fin se estaban acercando a la
verdad. Quizás sin saberlo aún, tenían en su coche o en el de
Roberto al asesino, todo era cuestión de tiempo, de ir uniendo las
piezas poco a poco y con cuidado, quizás así todo empezaría a
tener sentido.
Los interrogatorios
no dieron sus frutos, al menos el que le hicieron a Antonio. Antonio
era un viejo asqueroso, misógino, borracho y pedófilo. Pero lejos
de todo eso no había más.
- Míriam estaba
llorando ¿Verdad? - preguntó Félix
- Si, esa zorra no
paraba de lloriquear, no se dejaba dar por culo – respondió
Antonio
- Y aún así lo
hiciste a la fuerza, aunque ella no quisiese, como hacías conmigo
cuando yo era una niña – dijo Ana
- ¡Joder! Había
pagado por ella. Si no se iba a dejar que me hubiesen devuelto el
dinero, pero ese cabrón se negó – Dijo Antonio
- Cuando terminaste
¿que hiciste? - preguntó Félix
- Me marché, no
quería volver a ver a esa puta en los que me queda de vida – dijo
Antonio
Sin embargo el
dueño del prostíbulo si podía aportar algo nuevo, y Roberto, que
estaba interrogándolo, no pensaba dejar escapar esta oportunidad.
- ¿Quien estuvo
esa noche con Míriam Rosales? - preguntó Roberto
- Muchos clientes,
diría que cerca de siete u ocho – respondió el dueño del
prostíbulo
- ¿Pero quienes
eran? -
- Pescadores
borrachos, hartos de su mujer, que buscaban lo que su mujer no les
daba en casa -
- ¿Todos eran
pescadores? -
- Todos no, también
había un cura -
- El padre Ángel –
dijo asombrado Roberto mientras el interrogado sonreía
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