La ciudad puede ser
un lugar asfixiante. El calor de su asfalto, el murmullo de su gente,
la indiferencia del que toma café en la mesa de al lado. Los
atropellos, los empujones. Es decir, la falta de empatía con con el
que tienes al lado. Es todo lo contrario que en los pueblos.
Félix amaba la
ciudad y esa falta de empatía, detestaba los pueblos y su gente, y
tras haber salido de Rondom había jurado no volver nunca a un lugar
así. Pero lo cierto es que un caso como el que estaba llevando Félix
en la gran ciudad, carecía de la emoción de un caso como el de
Rondom. En Rondom se movía, iba a casa de uno, de otro, recorría
diferentes escenarios, lugares interesantes, y la gente pese a ser la
misma mentirosa que en la gran ciudad, al menos si te transmitían
esa sensación de cercanía que el ser humano tanto necesita. Sin
embargo en la gran ciudad todo era más aburrido, Félix apenas iba
del hospital a casa, y de casa al Palacio Presidencial. Y así día
tras día, siempre lo mismo. A lo mejor Félix empezaba a echar de
menos Rondom, a su gente, a ese gordo asqueroso que al final no era
otro que un pobre desgraciado al que la vida le trató mal hasta el
mismo momento de su muerte. A lo mejor Félix echaba de menos al
tabernero infiel, a su esposa sectaria, al prostíbulo de mala
muerte, a sus bares y restaurantes en el puerto, a los campos de heno
al borde del acantilado, a las olas rompiendo contra las rocas, a los
atardeceres mientras adivinas las siluetas de los barcos pesqueros
llegando a puerto, a Ana, a Ana y todo lo que tenía que ver con
ella. Es posible que lo que realmente echaba de menos era a Ana.
Lo cierto es que
Ana era más importante en la vida de Félix de lo que el mismo
pensaba. Y aunque pudiese pensar que solo era una amiga muy
importante y especial, lo cierto es que aunque se lo negase a si
mismo, se había enamorado de ella. Pero en la vida los trenes hay
que cogerlos cuando pasan, no puedes pretender estar de pie en el
andén de la estación, ver llegar al tren, no moverte, y cuando ves
que se aleja intentar correr detrás de él, un tres siempre será
más rápido que las piernas, sino la gente no pagaría por viajar en
él e iría gratis andando a todos los lugares.
Félix había
dejado que el tren se marchase y luego había echado a correr detrás
de él. Pero obviamente no pudo alcanzarlo. Ana lo había intentado,
se había enamorado de él pero Félix no quiso. Ahora que Ana se
debatía entre la vida y la muerte era cuando Félix se había dado
cuenta que estaba enamorado de ella. Una vez más Félix había
llegado tarde, como siempre le pasaba.
Solo esperaba que
Ana saliese de ese coma, que no tuviese secuelas, y juró antes los
mismísimos dioses que si esto ocurría no volvería a dejar pasar
ese tren, que se iría a vivir a ese pueblo de mierda, o quizás a
esa casa solitaria en esa isla perdida que tanto le gustó a Ana.
Juró que se iría allí o donde Ana fuese, porque ya solo quería
estar con ella. Ana tenía que salir adelante, era la ultima
oportunidad de Félix.
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