domingo, 31 de marzo de 2019

Temporada 2 Capitulo 13: El tren al fondo de la estación


La ciudad puede ser un lugar asfixiante. El calor de su asfalto, el murmullo de su gente, la indiferencia del que toma café en la mesa de al lado. Los atropellos, los empujones. Es decir, la falta de empatía con con el que tienes al lado. Es todo lo contrario que en los pueblos.

Félix amaba la ciudad y esa falta de empatía, detestaba los pueblos y su gente, y tras haber salido de Rondom había jurado no volver nunca a un lugar así. Pero lo cierto es que un caso como el que estaba llevando Félix en la gran ciudad, carecía de la emoción de un caso como el de Rondom. En Rondom se movía, iba a casa de uno, de otro, recorría diferentes escenarios, lugares interesantes, y la gente pese a ser la misma mentirosa que en la gran ciudad, al menos si te transmitían esa sensación de cercanía que el ser humano tanto necesita. Sin embargo en la gran ciudad todo era más aburrido, Félix apenas iba del hospital a casa, y de casa al Palacio Presidencial. Y así día tras día, siempre lo mismo. A lo mejor Félix empezaba a echar de menos Rondom, a su gente, a ese gordo asqueroso que al final no era otro que un pobre desgraciado al que la vida le trató mal hasta el mismo momento de su muerte. A lo mejor Félix echaba de menos al tabernero infiel, a su esposa sectaria, al prostíbulo de mala muerte, a sus bares y restaurantes en el puerto, a los campos de heno al borde del acantilado, a las olas rompiendo contra las rocas, a los atardeceres mientras adivinas las siluetas de los barcos pesqueros llegando a puerto, a Ana, a Ana y todo lo que tenía que ver con ella. Es posible que lo que realmente echaba de menos era a Ana.

Lo cierto es que Ana era más importante en la vida de Félix de lo que el mismo pensaba. Y aunque pudiese pensar que solo era una amiga muy importante y especial, lo cierto es que aunque se lo negase a si mismo, se había enamorado de ella. Pero en la vida los trenes hay que cogerlos cuando pasan, no puedes pretender estar de pie en el andén de la estación, ver llegar al tren, no moverte, y cuando ves que se aleja intentar correr detrás de él, un tres siempre será más rápido que las piernas, sino la gente no pagaría por viajar en él e iría gratis andando a todos los lugares.

Félix había dejado que el tren se marchase y luego había echado a correr detrás de él. Pero obviamente no pudo alcanzarlo. Ana lo había intentado, se había enamorado de él pero Félix no quiso. Ahora que Ana se debatía entre la vida y la muerte era cuando Félix se había dado cuenta que estaba enamorado de ella. Una vez más Félix había llegado tarde, como siempre le pasaba.

Solo esperaba que Ana saliese de ese coma, que no tuviese secuelas, y juró antes los mismísimos dioses que si esto ocurría no volvería a dejar pasar ese tren, que se iría a vivir a ese pueblo de mierda, o quizás a esa casa solitaria en esa isla perdida que tanto le gustó a Ana. Juró que se iría allí o donde Ana fuese, porque ya solo quería estar con ella. Ana tenía que salir adelante, era la ultima oportunidad de Félix.


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