En Rondom el sol
salía tímidamente, como siempre, detrás del horizonte. Los barcos
pesqueros estaban listos para salir a faenar. Hacía años que Félix
no se sentía feliz consigo mismo. La brisa marina acariciaba su
cara, y al volver la cara allí estaba ella. Esplendida como siempre.
- ¿Has preparado
ya las cosas las cosas? - dijo Félix
- Aún queda alguna
maleta. ¿Tú has hecho la tuya? -
- No. Sabes lo
desastre que soy. Dejo todo para el ultimo momento -
- He hablado con el
dueño de la casa. Ya está todo preparado -
- Luego iré a
recoger los billetes del barco -
- Te va a encantar
el lugar. Es una isla muy tranquila, con grandes paisajes y muchas
orcas -
- Me alegro que
hayas salido del hospital. Pensé que te perdía -
- Nadie puede
conmigo. Podrán pisotearme, intentar matarme, pero soy una mujer
dura, ruda, mujer de pueblo, y no podrán conmigo -
- Será duro no
volver a trabajar en asesinatos y secuestros -
- Pero a la larga
lo agradeceremos. Ya no habrá estrés, viviremos tranquilos, quizás
con una granja, quizás cultivando... -
- O quizás
haciendo jarrones -
- Quizás. La
artesanía es algo muy bonito -
- Me alegro que
estés conmigo -
- Te perdí una
vez, no podía volver a perderte -
- No, quien te
perdió fui yo a ti por no querer ver lo inevitable -
De pronto sonó el
teléfono móvil de Ana. Esta descolgó el teléfono y contestó. La
conversación fue breve.
- Era Silvia. Que
fuésemos a la comisaría a despedirnos. La conozco muy bien, seguro
que nos tienen preparada una sorpresa -
- Ah no, detesto
las sorpresas. Se me queda cara de gilipollas, nunca sé como
reaccionar y siempre se ríen de mi -
- No seas bobo, si
eres muy gracioso. Anda vamos, que no les vamos a hacer esperar -
Félix y Ana
empezaron a andar por el puerto de Rondom hasta que sus figuras se
perdieron en el horizonte de la lejanía.
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