El
olor a café recién hecho, a tostadas, a bollería recién horneada
es quizás el mejor despertador que puede existir, excepto si cuando
despiertas estás nadando en un mar de vómitos y apenas recuerdas
que ocurrió la noche anterior. Ana lo sabía, y en el mismo instante
en el que el aroma a café penetró por sus fosas nasales, solo
acertó con una arcada seca y sonora a volver a vomitar sobre la
alfombra. El hecho de que vomitase en la habitación del hotel no le
ocasionaba mayor problema, el hotel era de su padre, realmente el
problema era que estaba vomitada de pies a cabeza, y no tenía ropa
para cambiarse. Así que sin dudarlo bajó a la recepción del hotel,
saludó sin mirar a la recepcionista y se marchó. La cara de la
recepcionista y de las personas con las que se cruzaba por los
pasillos y recepción eran dignas de un programa televisivo de cámara
oculta. Excepto la del pequeño niño gordito que se encontraba con
sus padres allí, que del asco que sintió acabó también vomitando.
Pasaron
unas horas, y Ana ya duchada y cambiada de ropa decidió volver al
escenario del crimen. Allí observaba en busca de alguna pista que se
le hubiese podido escapar, pero nada parecía fuera de lo normal. De
repente a lo lejos y levantando una nube de polvo apareció un viejo
coche negro, parando al borde del camino a la altura de Ana. Del
coche se bajó un hombre alto y delgado y sin afeitar. Vestía una
americana manchada y una camisa blanca arrugada y por fuera del
pantalón. Se paró fijamente a mirar desde la lejanía a Ana.
- Novata – murmuró
Ana
no dejaba de mirar al suelo, sabía que algo se le escapaba. El
hombre, al advertir que Ana no le había visto o le estaba ignorando,
decidió llamar su atención.
- Me han dicho que estaría aquí – dijo gritando
- No sería muy difícil de averiguar. ¿A que debo esta grata visita? - Respondió gritando también Ana
- Bueno, creo que vamos a tener que aguantarnos los pedos. Soy su nuevo compañero. ¿Un trago? - Dijo gritando mientras enseñaba una petaca que acaba de sacarse del bolsillo de su americana
- No gracias, creo que ya he tenido suficiente por lo que queda de siglo -
Ana
se acercó hasta ese hombre, que no paraba de beber de su petaca, y
dió cordialmente la mano a modo de saludo.
- Soy Ana -
- Yo Félix. ¿Ha interrogado al hombre que encontró el cadáver? -
- ¿Para qué? Es un chico de fiar -
- Y un sospechoso también -
Ana
frunció el ceño, empezaba a no gustarle que aquel hombre al cual no
conocía se metiese en sus asuntos.
- ¿Siempre es así? - preguntó Ana
- Dependiendo de lo sobrio que esté. Hoy ha tenido suerte conmigo -
- Oh gracias -
Inmediatamente
ambos subieron a sus respectivos coches y fueron en dirección de la
casa de Nem. A mitad de camino Ana pinchó una sus ruedas, así que
paró el motor y se puso a cambiarla. A menos de un metro estaba de
pie Félix, observando y sin parar de beber de su petaca.
- No vas a poder cambiarla – Dijo Félix
- Perdona, no es la primera vez que cambio una rueda -
- Claro, claro. No lo dudo -
Félix
tenía razón, en cuando Ana elevó el coche, no podía aflojar los
tornillos de la rueda ya que esta giraba.
- Te lo advertí – Dijo Félix – Tendrías que haber aflojado los tornillos con la rueda apoyada en suelo -
Ana
ya no podía más, pero decidió ignorarlo. Volvió a bajar el coche
y apoyando la rueda en el suelo ya pudo aflojar los tornillos.
Mientras Félix esperaba en el interior de su coche comiendo un
bollo.
Ana
pensaba que Félix era un maldito egocéntrico. Félix pensaba que
Ana era una inútil. Pero lo cierto es que daba lo mismo lo que
opinase el uno del otro, al final iban a tener que trabajar justos.
Terminada
de cambiar la rueda, ambos en sus respectivos coches continuaron el
camino hacia la casa de Nem. Una vez llegaron, empezaron a tocar el
timbre, pero nadie abría la puerta. De repente de la casa contigua
salió una mujer anciana.
- No os molestéis, no está en casa. De hecho nunca está en casa- dijo la mujer anciana
- ¿Quién es usted? - preguntó Félix
- Es Maria, la vecina de Nem – respondió Ana
- La vecina y su segunda madre, porque si no fuese por mi ese muchacho estaría ya muerto – dijo Maria
- ¿Y donde suele estar Nem? - preguntó Félix a Maria
- Dejalo, no molestes más a Maria – dijo Ana
- En el cementerio, siempre está en el cementerio – respondió Maria
Ambos
montaron en el coche y apenas sin despedirse de Maria fueron directos
al cementerio. Cuando llegaron allí se encontraron a Nem frente a
una de las tumbas, con la mirada perdida. Al ver que tanto Ana como
Félix se acercaban a él, salió corriendo. De nada sirvió que Ana
y Félix corriesen detrás de él, Nem se conocía todos y cada uno
de los rincones secretos del cementerio, así que en cuestión de
segundos había desaparecido. Ana no le daba mucha importancia, pero
Félix le daba demasiada. ¿Por que Nem había corrido al ver
acercarse a la policía? ¿Que es lo que escondía? ¿Sabía algo que
no debía saber?. Era obvio que Félix empezaba a darse cuenta que
algo estaba ocurriendo y que por la inexperiencia de Ana se estaba
escapando.
Pasaron
las horas y decidieron hacer guardia frente a la casa de Nem, Félix
sabía que antes o después regresaría, y al caer la noche eso fue
lo que ocurrió, Nem regresó para dormir en su casa. Justo en ese
momento Félix salió corriendo de su casa y se abalanzó sobre él
dejándolo inmóvil en el suelo. En ese instante Félix vió que Nem
escondía algo en el interior de su mano. Félix forzó la mano hasta
que la abrió, y descubrió una fotografía de la chica que había
aparecido muerta.
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