domingo, 22 de abril de 2018

Capitulo 3: El secreto


El olor a café recién hecho, a tostadas, a bollería recién horneada es quizás el mejor despertador que puede existir, excepto si cuando despiertas estás nadando en un mar de vómitos y apenas recuerdas que ocurrió la noche anterior. Ana lo sabía, y en el mismo instante en el que el aroma a café penetró por sus fosas nasales, solo acertó con una arcada seca y sonora a volver a vomitar sobre la alfombra. El hecho de que vomitase en la habitación del hotel no le ocasionaba mayor problema, el hotel era de su padre, realmente el problema era que estaba vomitada de pies a cabeza, y no tenía ropa para cambiarse. Así que sin dudarlo bajó a la recepción del hotel, saludó sin mirar a la recepcionista y se marchó. La cara de la recepcionista y de las personas con las que se cruzaba por los pasillos y recepción eran dignas de un programa televisivo de cámara oculta. Excepto la del pequeño niño gordito que se encontraba con sus padres allí, que del asco que sintió acabó también vomitando.

Pasaron unas horas, y Ana ya duchada y cambiada de ropa decidió volver al escenario del crimen. Allí observaba en busca de alguna pista que se le hubiese podido escapar, pero nada parecía fuera de lo normal. De repente a lo lejos y levantando una nube de polvo apareció un viejo coche negro, parando al borde del camino a la altura de Ana. Del coche se bajó un hombre alto y delgado y sin afeitar. Vestía una americana manchada y una camisa blanca arrugada y por fuera del pantalón. Se paró fijamente a mirar desde la lejanía a Ana.

  • Novata – murmuró

Ana no dejaba de mirar al suelo, sabía que algo se le escapaba. El hombre, al advertir que Ana no le había visto o le estaba ignorando, decidió llamar su atención.

  • Me han dicho que estaría aquí – dijo gritando
  • No sería muy difícil de averiguar. ¿A que debo esta grata visita? - Respondió gritando también Ana
  • Bueno, creo que vamos a tener que aguantarnos los pedos. Soy su nuevo compañero. ¿Un trago? - Dijo gritando mientras enseñaba una petaca que acaba de sacarse del bolsillo de su americana
  • No gracias, creo que ya he tenido suficiente por lo que queda de siglo -

Ana se acercó hasta ese hombre, que no paraba de beber de su petaca, y dió cordialmente la mano a modo de saludo.

  • Soy Ana -
  • Yo Félix. ¿Ha interrogado al hombre que encontró el cadáver? -
  • ¿Para qué? Es un chico de fiar -
  • Y un sospechoso también -
Ana frunció el ceño, empezaba a no gustarle que aquel hombre al cual no conocía se metiese en sus asuntos.

  • ¿Siempre es así? - preguntó Ana
  • Dependiendo de lo sobrio que esté. Hoy ha tenido suerte conmigo -
  • Oh gracias -

Inmediatamente ambos subieron a sus respectivos coches y fueron en dirección de la casa de Nem. A mitad de camino Ana pinchó una sus ruedas, así que paró el motor y se puso a cambiarla. A menos de un metro estaba de pie Félix, observando y sin parar de beber de su petaca.

  • No vas a poder cambiarla – Dijo Félix
  • Perdona, no es la primera vez que cambio una rueda -
  • Claro, claro. No lo dudo -
Félix tenía razón, en cuando Ana elevó el coche, no podía aflojar los tornillos de la rueda ya que esta giraba.

  • Te lo advertí – Dijo Félix – Tendrías que haber aflojado los tornillos con la rueda apoyada en suelo -
Ana ya no podía más, pero decidió ignorarlo. Volvió a bajar el coche y apoyando la rueda en el suelo ya pudo aflojar los tornillos. Mientras Félix esperaba en el interior de su coche comiendo un bollo.

Ana pensaba que Félix era un maldito egocéntrico. Félix pensaba que Ana era una inútil. Pero lo cierto es que daba lo mismo lo que opinase el uno del otro, al final iban a tener que trabajar justos.

Terminada de cambiar la rueda, ambos en sus respectivos coches continuaron el camino hacia la casa de Nem. Una vez llegaron, empezaron a tocar el timbre, pero nadie abría la puerta. De repente de la casa contigua salió una mujer anciana.

  • No os molestéis, no está en casa. De hecho nunca está en casa- dijo la mujer anciana
  • ¿Quién es usted? - preguntó Félix
  • Es Maria, la vecina de Nem – respondió Ana
  • La vecina y su segunda madre, porque si no fuese por mi ese muchacho estaría ya muerto – dijo Maria
  • ¿Y donde suele estar Nem? - preguntó Félix a Maria
  • Dejalo, no molestes más a Maria – dijo Ana
  • En el cementerio, siempre está en el cementerio – respondió Maria
Ambos montaron en el coche y apenas sin despedirse de Maria fueron directos al cementerio. Cuando llegaron allí se encontraron a Nem frente a una de las tumbas, con la mirada perdida. Al ver que tanto Ana como Félix se acercaban a él, salió corriendo. De nada sirvió que Ana y Félix corriesen detrás de él, Nem se conocía todos y cada uno de los rincones secretos del cementerio, así que en cuestión de segundos había desaparecido. Ana no le daba mucha importancia, pero Félix le daba demasiada. ¿Por que Nem había corrido al ver acercarse a la policía? ¿Que es lo que escondía? ¿Sabía algo que no debía saber?. Era obvio que Félix empezaba a darse cuenta que algo estaba ocurriendo y que por la inexperiencia de Ana se estaba escapando.

Pasaron las horas y decidieron hacer guardia frente a la casa de Nem, Félix sabía que antes o después regresaría, y al caer la noche eso fue lo que ocurrió, Nem regresó para dormir en su casa. Justo en ese momento Félix salió corriendo de su casa y se abalanzó sobre él dejándolo inmóvil en el suelo. En ese instante Félix vió que Nem escondía algo en el interior de su mano. Félix forzó la mano hasta que la abrió, y descubrió una fotografía de la chica que había aparecido muerta.


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