domingo, 2 de septiembre de 2018

Capitulo 15: Sola


La brisa chocaba suavemente contra la cara de Ana. Ella miraba desde cubierta como se movían las olas del mar. Ana necesitaba un respiro, hacía mucho tiempo que no se tomaba unas vacaciones, y últimamente le habían ocurrido demasiadas cosas que escapaban a su control. Lo de Félix había sido la gota que colmó el vaso. Ana había llamado a Roberto y le habría pedido un par de días libres, los necesitaba. Roberto no se opuso. Ana, había cogido un barco y se dirigía a una isla con verdes praderas y sin apenas casas. Allí llegó y pronto se trasladó a un albergue. Dicho albergue era de piedra en su exterior y de madera en su interior. De sus paredes colgaban a modo decorativo redes de pesca y sogas. Lo más bonito del albergue era una pequeña sala acristalada con grandes ventanales de madera desde los cuales se podía ver los acantilados y el mar. Era el lugar perfecto, solitario, relajante y hermoso. Allí Ana podría despejar sus ideas.

Ana terminó su taza de té, y decidió dar un paseo por las verdes praderas al borde de los acantilados. Empezó a andar, y cada paso que daba se quedaba más maravillada de los hermosas paisajes. De pronto se encontró con un anciano que debía de vivir por allí cerca.

- Buenos días – dijo Ana
- Buenos días. ¿Esta buscando a las orcas? Dese prisa, están ahí al fondo – dijo el anciano señalando el mar.
- ¿Hay orcas aquí? -
- Claro que las hay, pero no siempre se dejan ver. Dese prisa o no las verá -

Ana echó a correr por el camino hasta llegar al borde del acantilado, bajo sus pies había un par de orcas nadando en el mar. Aquello era maravillo, pleno contacto con la naturaleza. Por primera vez en muchos años Ana se sentía plenamente feliz, había encontrado un sentido a toda su vida.

Llegó la noche, y Ana estaba sola en el albergue, mirando a través de los grandes ventanales del mirador, pero no veía nada, todo estaba oscuro, allí no había contaminación lumínica porque en esa isla apenas vivía nadie. De fondo el silencio tan solo roto por el sonido de las olas del mar rompiendo contra las rocas, olas que por la densa oscuridad eran imposibles de ver. Ana se sentía llena, orgullosa, pletórica. Esa isla era su lugar, su sitio, quizás debería vivir allí una temporada, pero pronto recordó que su trabajo se lo impedía, que el asesino de Míriam Rosales seguía suelto. ¿Quien sería? Ana se fue a la cama, mañana será otro día.


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