La brisa chocaba
suavemente contra la cara de Ana. Ella miraba desde cubierta como se
movían las olas del mar. Ana necesitaba un respiro, hacía mucho
tiempo que no se tomaba unas vacaciones, y últimamente le habían
ocurrido demasiadas cosas que escapaban a su control. Lo de Félix
había sido la gota que colmó el vaso. Ana había llamado a Roberto
y le habría pedido un par de días libres, los necesitaba. Roberto
no se opuso. Ana, había cogido un barco y se dirigía a una isla con
verdes praderas y sin apenas casas. Allí llegó y pronto se trasladó
a un albergue. Dicho albergue era de piedra en su exterior y de
madera en su interior. De sus paredes colgaban a modo decorativo
redes de pesca y sogas. Lo más bonito del albergue era una pequeña
sala acristalada con grandes ventanales de madera desde los cuales se
podía ver los acantilados y el mar. Era el lugar perfecto,
solitario, relajante y hermoso. Allí Ana podría despejar sus ideas.
Ana terminó su
taza de té, y decidió dar un paseo por las verdes praderas al borde
de los acantilados. Empezó a andar, y cada paso que daba se quedaba
más maravillada de los hermosas paisajes. De pronto se encontró con
un anciano que debía de vivir por allí cerca.
- Buenos días –
dijo Ana
- Buenos días.
¿Esta buscando a las orcas? Dese prisa, están ahí al fondo –
dijo el anciano señalando el mar.
- ¿Hay orcas aquí?
-
- Claro que las
hay, pero no siempre se dejan ver. Dese prisa o no las verá -
Ana echó a correr
por el camino hasta llegar al borde del acantilado, bajo sus pies
había un par de orcas nadando en el mar. Aquello era maravillo,
pleno contacto con la naturaleza. Por primera vez en muchos años Ana
se sentía plenamente feliz, había encontrado un sentido a toda su
vida.
Llegó la noche, y
Ana estaba sola en el albergue, mirando a través de los grandes
ventanales del mirador, pero no veía nada, todo estaba oscuro, allí
no había contaminación lumínica porque en esa isla apenas vivía
nadie. De fondo el silencio tan solo roto por el sonido de las olas
del mar rompiendo contra las rocas, olas que por la densa oscuridad
eran imposibles de ver. Ana se sentía llena, orgullosa, pletórica.
Esa isla era su lugar, su sitio, quizás debería vivir allí una
temporada, pero pronto recordó que su trabajo se lo impedía, que
el asesino de Míriam Rosales seguía suelto. ¿Quien sería? Ana se
fue a la cama, mañana será otro día.
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