Amanecía y ya hacía
mucho calor, demasiado. Félix terminaba de abrocharse la camisa
cuando de pronto notó un fuerte dolor en el pecho. Sabía lo que
era, no era la primera vez que le ocurría. También sabía que los
minutos ante un infarto valían toda una vida. Cogió el teléfono y
llamó a emergencias, pero los operadores estaban ocupados, a 30 km
de allí un tren había descarrilado y todas las ambulancias estaban
ocupadas. No le quedaba más remedio que llamar a Ana.
- ¿Si? – dijo
Ana medio dormida a través del teléfono
- Ana, te necesito
– dijo Félix casi sin poder articular palabra
- Félix, te dije
la ultima vez que no me llamases a estas horas, es muy temprano-
dijo Ana enfadada
- De acuerdo Ana,
siento haberte despertado. ¿Podrías llevarme al hospital si no es
demasiada molestia? Creo que me está dando un infarto y no hay
ambulancias disponibles -
- ¡Joder! No te
muevas de ahí – dijo Ana asustada
- No te preocupes,
no creo que pueda correr mucho -
Al poco tiempo
estaba Ana conduciendo hacía el hospital lo más rápido que podía
y Félix estaba tumbado en el asiento trasero del coche. Llegaron al
hospital y se llevaron corriendo a Félix. Ana espero en una pequeña
sala durante dos o tres horas. Por fin Félix andaba por el pasillo
del hospital acercándose a Ana.
- Todo ha sido un
susto. Gracias por traerme – dijo Félix a Ana
- Me alegro de que
estés bien -
- Me han dicho que
no puedo beber, que se acabó el alcohol para mi -
- Y muchas más
cosas. Pero lo importante es que estás bien -
- Vamos a visitar a
una amiga que tiene algo que contarnos – dijo Félix mientras Ana
sonreía.
A los diez minutos
Félix ya era el de siempre, aporreaba la puerta de la casa de Maria
mientras gritaba enfadado. Por fin la puerta se abrió.
- ¿A que se debe
tanto escándalo? - preguntó molesta Maria
- Usted nos mintió,
como nos ha mentido todo el mundo en este maldito pueblo- dijo Félix
muy enfadado – Nos dijo que no conocía a la chica y resulta que
usted es su madre -
-
Maldito enterrador, le dije que no dijese nada – dijo Maria
- ¿Como? ¿El
enterrador lo sabía? No me lo puedo creer, joder, no me lo puedo
creer – dijo Félix mitad enfadado mitad asombrado
- ¿Como? ¿No fue
él? -
- No, no fue él.
Fue Samuel – respondió Ana
- ¿Samuel?. Lo voy
a matar – dijo Maria
- No se preocupe,
ese trabajo ya lo ha hecho él mismo – dijo Félix
Los tres entraron
en la casa. Félix muy enfadado no paraba de resoplar
- Si, soy su madre.
Hace veinte años tuve un romance con Samuel, pero no quería que
nadie se enterase, siempre se había hablado mal de él. Cuando
Míriam nació yo desaparecí. Nunca la olvidé, pero no podía
estar junto a ella – dijo Maria
No había más que
decir. Tanto a Ana como a Félix les quedó bastante clara toda la
historia. El día pasó, y la noche cayó. Ana había quedado para
cenar con Silvia. La cena transcurrió con normalidad. Tras esta, Ana
y Silvia decidieron ir a tomar unas copas a algún bar del puerto.
Paseando a la luz de la luna por el puerto Silvia se dió cuenta que
se había quedado sin tabaco.
- Oh mierda, me he
quedado sin tabaco – dijo Silvia mientras miraba al interior de su
bolso
-No te preocupes,
ahí hay un bar, entra en ese bar a comprarlo – dijo Ana mientras
señalaba un bar
-
No, ese bar es La
ratonera,
tiene muy mal ambiente – dijo Silvia
- No te pongas así,
esos son rumores extendidos por marineros que van de machotes. Tanto
tú como yo sabemos que esos rumores son porque el bar es un bar de
gays. No te preocupes, ya entro yo a comprarlo por ti – dijo Ana.
Ana entró en el
bar. Solo había hombres. El bar era un lugar oscuro, lleno de
hombres vestidos de cuero. Se acercó a la barra para pedir tabaco y
de pronto miró a su derecha y vio al final de la barra a dos hombres
besándose apasionadamente. De pronto el que estaba de espaldas a Ana
se puso de perfil. Era Félix. Ana se quería morir, sentía algo por
él y ver semejante escena no pudo soportarlo.
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