domingo, 16 de septiembre de 2018

Capitulo 17: Padre nuestro que estás en los cielos


El padre Ángel estaba dando misa, su sermón de hoy criticaba al pecado carnal, condenaba a los infieles que caían en el pecado del sexo y ordenaba a sus fieles que no cayesen en las manos del diablo. La iglesia estaba llena de mujeres y hombres que escuchaban a ese líder espiritual. De pronto las puertas del templo se abrieron de golpe, por ellas entró Félix muy enfadado y gritando y detrás Ana, Roberto y diez agentes más. A cada grito que daba Félix mientras recorría el pasillo central dirigiéndose al Padre Ángel, las masas que allí se concentraban no paraban de decir un oh continuamente.

- Es usted un hijo de puta – gritaba Félix
- Estamos en mitad de una misa – respondía el Padre Ángel
- Me importa una mierda. Diga aquí delante de todos cuales son sus pecados -
- No es el momento -
-A usted se le llena la boca condenando la lujuria, pero usted pasa las noches en La estrella -

La gente que allí se encontraba miraban con asombro. El Padre Ángel sudaba y no sabía por donde salir de toda esa situación. Félix subió a altar, miró fijamente a todas las personas que allí se encontraban sentadas en sus bancos y empezó a gritar.

- El Padre Ángel no solo es que les critica a ustedes por sus pecados carnales y luego él comete esos mismos pecados en el prostíbulo, sino que además cometió esos pecados con la chica fallecida. Dígalo Padre, dígales que es lo que hizo -

El Padre Ángel no sabía que decir. Su mano temblaba, no era capaz de decir nada. Félix sacó unas esposas se las puso en las muñecas. Volvió a mirar a todos los que allí se encontraban y dijo

- Se acabó la misa. Vayan todos a casa, forniquen como animales y no hagan caso de los que les digan para reprimirlos. Recuerden que aquellos que les critican por ello, son los que hacen lo mismo a escondidas. El sexo no es pecado, es placer -

Félix, Ana, Roberto, el Padre Ángel y el resto de los agentes se marcharon, dejando a toda esa gente sentados y asombrados. Posiblemente eso había sido lo más interesante que habían visto a lo largo de sus vidas en ese pueblo de mierda.

Félix estaba cansado, cansado del olor a podrido que se respiraba en Rondom. Allí nadie decía la verdad. Todos aparentaban ser los mejores vecinos, gente modélica, pero en realidad todos guardaban un secreto. Félix detestaba ese lugar, había llegado a odiarlo tanto, que cuando todo esto terminase no quería volver a pisar ese lugar nunca más.

Pasó el día y cayó la noche. Ana estaba tomando una cerveza con Silvia en el bar del hotel de su padre. El bar era lo primero que te encontrabas al entrar al hotel, tras el bar, una puerta que daba a la recepción con unas escaleras de madera que subían a las habitaciones.

El bar era de madera. A la derecha estaba la barra, de frente una vieja gramola con los éxitos más casposos de hacía diez o quince años. A la izquierda, mesas y sillas de madera, algún que otro banco tapizado, una diana para jugar a los dardos colgada en la pared, un billar y paredes recubiertas de cuadros con fotografías antiguas en blanco y negro de la vida en Rondom hacía más de cien años.

Ana le explicaba a Silvia todo lo que había visto en el bar de gays, como había vivido esos dos días en aquella isla, y que quizás cuando todo eso terminase se iría allí a vivir. De pronto la puerta del bar se abrió. Entraron un par de chicos y una chica que llevaban cogida de los hombros a la hija de Ana. Estaba borracha. Ana se levantó de inmediato. Su hija que empezaba a salir con su edad aún no había conocido cuales eran los limites del alcohol.

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