El
padre Ángel estaba dando misa, su sermón de hoy criticaba al pecado
carnal, condenaba a los infieles que caían en el pecado del sexo y
ordenaba a sus fieles que no cayesen en las manos del diablo. La iglesia
estaba llena de mujeres y hombres que escuchaban a ese líder
espiritual. De pronto las puertas del templo se abrieron de golpe,
por ellas entró Félix muy enfadado y gritando y detrás Ana,
Roberto y diez agentes más. A cada grito que daba Félix mientras
recorría el pasillo central dirigiéndose al Padre Ángel, las masas
que allí se concentraban no paraban de decir un oh
continuamente.
- Es usted un hijo
de puta – gritaba Félix
- Estamos en mitad
de una misa – respondía el Padre Ángel
- Me importa una
mierda. Diga aquí delante de todos cuales son sus pecados -
- No es el momento
-
-A
usted se le llena la boca condenando la lujuria, pero usted pasa las
noches en La
estrella -
La gente que allí
se encontraba miraban con asombro. El Padre Ángel sudaba y no sabía
por donde salir de toda esa situación. Félix subió a altar, miró
fijamente a todas las personas que allí se encontraban sentadas en
sus bancos y empezó a gritar.
- El Padre Ángel
no solo es que les critica a ustedes por sus pecados carnales y
luego él comete esos mismos pecados en el prostíbulo, sino que
además cometió esos pecados con la chica fallecida. Dígalo Padre,
dígales que es lo que hizo -
El Padre Ángel no
sabía que decir. Su mano temblaba, no era capaz de decir nada. Félix
sacó unas esposas se las puso en las muñecas. Volvió a mirar a
todos los que allí se encontraban y dijo
- Se acabó la
misa. Vayan todos a casa, forniquen como animales y no hagan caso de
los que les digan para reprimirlos. Recuerden que aquellos que les
critican por ello, son los que hacen lo mismo a escondidas. El sexo
no es pecado, es placer -
Félix, Ana,
Roberto, el Padre Ángel y el resto de los agentes se marcharon,
dejando a toda esa gente sentados y asombrados. Posiblemente eso
había sido lo más interesante que habían visto a lo largo de sus
vidas en ese pueblo de mierda.
Félix estaba
cansado, cansado del olor a podrido que se respiraba en Rondom. Allí
nadie decía la verdad. Todos aparentaban ser los mejores vecinos,
gente modélica, pero en realidad todos guardaban un secreto. Félix
detestaba ese lugar, había llegado a odiarlo tanto, que cuando todo
esto terminase no quería volver a pisar ese lugar nunca más.
Pasó el día y cayó
la noche. Ana estaba tomando una cerveza con Silvia en el bar del
hotel de su padre. El bar era lo primero que te encontrabas al entrar
al hotel, tras el bar, una puerta que daba a la recepción con unas
escaleras de madera que subían a las habitaciones.
El bar era de
madera. A la derecha estaba la barra, de frente una vieja gramola con
los éxitos más casposos de hacía diez o quince años. A la
izquierda, mesas y sillas de madera, algún que otro banco tapizado,
una diana para jugar a los dardos colgada en la pared, un billar y
paredes recubiertas de cuadros con fotografías antiguas en blanco y
negro de la vida en Rondom hacía más de cien años.
Ana le explicaba a
Silvia todo lo que había visto en el bar de gays, como había vivido
esos dos días en aquella isla, y que quizás cuando todo eso
terminase se iría allí a vivir. De pronto la puerta del bar se
abrió. Entraron un par de chicos y una chica que llevaban cogida de
los hombros a la hija de Ana. Estaba borracha. Ana se levantó de
inmediato. Su hija que empezaba a salir con su edad aún no había
conocido cuales eran los limites del alcohol.
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