domingo, 24 de junio de 2018

Capitulo 8: El Ave Fénix



Era temprano, Félix y Ana estaban en el cementerio, a su lado, el enterrador sacaba de un hoyo en el suelo un pequeño ataúd blanco roído por el paso del tiempo. Sobre su tapa un placa de metal desgastada y oxidada en la que podía leerse a duras penas Míriam Rosales. El enterrador metió una palanca de hierro y abrió el ataúd. Dentro solo había dos sacos. Félix se apresuró a sacar una pequeña navaja de su bolsillo e incrustando su hoja sobre la tela de uno de los sacos procedió a rajarlo. De dentro solo salía arena. Era obvio que hacía doce años no habían enterrado a ninguna niña, y que durante todo este tiempo alguien se había asegurado que nadie descubriese la verdad. Pero Ana sabía a quien tenía que dirigirse, a la vieja granja del viejo Samuel.

Ya en el coche, Félix conducía por un camino polvoroso a través del campo mientras Ana a su lado le explicaba la historia de Míriam Rosales.

  • ¿Quién es esa Míriam? - preguntaba Félix
  • Míriam era una niña que vivía en la granja a la que nos dirigimos ahora. Con ocho años enfermó. Su padre, no tenía demasiados recursos así que la pobre niña acabó falleciendo – le explicaba Ana a Félix
  • ¿Y la madre de la niña -
  • No hay madre, nada más nacer se marchó dejando a Samuel abandonado con la niña. Samuel nunca ha querido hablar de ella, se quedó dolido -
  • Pero digo yo que se podrá encontrar en algún lugar a la madre -
  • Bueno, es complicado, nadie vio nunca esa mujer, y ya te dije que Samuel se
  • niega a hablar de ella -

Por fin el coche llegó a una vieja granja en el monte. En una vieja radio se escuchaba a Leadbelly.






De pronto de un viejo granero salió un viejo y barbudo granjero. El mismo granjero que desde lo lejos observaba a Félix y Ana en el cementerio. El mismo granjero que desde los lejos lloraba cuando enterraban a la chica desconocida.

  • Por fin han venido – dijo con voz grave Samuel
  • Bueno, veo que nos esperaba – dijo Félix
  • ¿Quieren un café? Pasen dentro y hablemos un rato, porque estoy seguro que ustedes no han venido aquí a dar de comer a los cerdos – dijo Samuel mientras invitaba a Félix y a Ana a entrar dentro de la granja

La granja era una casa humilde, de madera, con muebles rústicos y viejos, sobre ellos posaban viejas fotografías en blanco y negro. Del techo colgaba un viejo cable pelado y viejo que terminaba en una vieja bombilla que apenas iluminaba y que con la menor brisa de viento que se colase dentro del salón empezaba a balancearse como si de un péndulo se tratase. Félix y Ana se sentaron en un viejo sofá, Samuel mientras preparaba un café y se encendía una pipa. Sirvió los cafés en unas tazas de metal, de esas esmaltadas y descascarilladas en sus bordes. Se sentó en una mecedora y se dispuso a colaborar en todo lo que Félix y Ana necesitasen.

  • ¿Por qué? ¿Por qué simuló su muerte? - preguntaba Ana
  • No quería que nadie le hiciese daño. La gente miraban con pena a esa pobre niña, mira, por ahí va la huerfanita . No lo soportaba, ella tampoco – respondió Samuel
  • Pero si solo tenia ocho años. No podía ser consciente de eso -
  • ¿Usted cree?. Pasaba las noches llorando -
  • ¿Y su madre?- interrumpió Félix
  • Muerta – respondió Samuel de forma rotunda como si de un puñetazo en una mesa se tratase
  • ¿Donde estuvo Míriam durante todos estos años? - preguntó Ana
  • Aquí, estuvo aquí todo el tiempo. Nadie sube a este lugar. Estuvo aquí todo este tiempo escondida, hasta que hace unos meses decidió bajar al pueblo. Yo se lo advertí, le advertí que la gente solo le haría daño, pero ella no quiso escucharme, y ahora está muerta. Esta vez de verdad -

Félix miraba, observaba, pero no decía nada. Ana sin embargo no paraba de preguntar, y preguntar, y Samuel colaboraba respondiendo porque parecía que ya estaba cansado de guardar secretos.

  • Cuando bajó al pueblo ¿Sabe a donde fue su hija? ¿Con quien habló? - preguntó Ana.
  • No, no lo se. No se a donde fue ni con quien habló, y sinceramente ya me da lo mismo. Si me disculpan, aún tengo que dar de comer a los caballos, esos cabrones no perdonan su comida diaria -
DAR A STOP AL REPRODUCTOR DE MÚSICA

Félix y Ana subieron al coche y emprendieron rumbo a la comisaria. Por el camino repasaban todo lo que habían descubierto en los últimos días.

  • La chica fue violada, pero no hay restos de vello púbico ni nada que pueda dar el más mínimo rastro de ADN, por lo tanto, o bien quien cometió el crimen era un hombre que tomó muchas precauciones a la hora de abusar sexualmente de ella, o bien fue una mujer que usó un palo o cualquier otro objeto para violarla antes de cortarla el cuello – Decía Ana
  • Exacto, y la vieja piedra con el escudo grabado ya nos está diciendo que es miembro de los Reprobi. Creo que habrá que colarse esta noche por su sede y ver el listado de los veteranos – dijo Félix
  • Me coloré yo, soy más pequeña y delgada, y tú te quedaras fuera, nos mantendremos en contacto con el móvil -
  • De acuerdo, pero con cuidado, un paso en falso y como seas descubierta es tu sentencia de muerte. Además nadie entra allí, por lo tanto nadie sabrá que te han asesinado. Ten mucho cuidado -

Llegó la noche, y Ana abrió una ventana de la parte trasera del edificio de los Reprobi y se coló dentro. Era un gran cuarto con muchas estanterías y pasillos estrechos. En cada una de las estanterías había cientos de cajas con documentos. Ana estaba buscando y mientras hablaba por teléfono con Félix a través del móvil

  • Aquí hay muchas cajas, esto es como buscar un grano de arena en mitad de una playa – dijo susurrando Ana a través del teléfono.
  • Ve con cuidado. Mira bien las cajas, seguro que están clasificadas -
  • Aquí hay mucha porquería, y apenas veo nada, no hay casi luz -
  • Ayudate de la luz del móvil -
  • ¡Félix, aquí hay algo! -
  • ¿Que es? -
  • ¡Mierda! Se escucha ruido. Joder, se acaba de abrir la puerta. Hostia, hostia, hostia... -
  • Ana, sal de ahí, sal de ahí ahora mismo. ¿Ana? ¿Ana me escuchas? ¿Ana? -
Pero al otro lado del teléfono ya no respondía nadie.


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