Era de noche, ahí
estaban Félix y Ana mirando el cadáver de Nem estampado contra el
suelo. El impacto había sido tan fuerte que la barriga había
reventado y las grasas se habían esparcido como un gotelé. Pobre
desgraciado, su muerte había sido tan ridícula como lo había sido
su vida. Félix no paraba de mirarlo y murmurar quejándose, sabía
que habían perdido una oportunidad importante de averiguar datos de
Míriam. Nunca podría saber ya por qué tenía la pared de su casa
empapelada con fotografías de la chica asesinada. Ana también lo
sabía. Ambos se fueron a dormir cada uno a su casa, les esperaba un
día duro.
A la mañana
siguiente Félix llegó temprano a la comisaria, se sentó en su
silla con el ordenador y empezó a repasar cuidadosamente en informe
con todos los datos y pistas que habían conseguido reunir hasta la
fecha. De pronto llegó Ana.
- Nos hemos olvidado de algo – dijo Félix sin esperar a que Ana se acomodase - ¿Quien es la persona idónea para guardar un secreto y que aún no hemos hablado con él?- preguntó Félix
- El párroco del pueblo – respondió Ana
- ¡Exacto!. Seguro que si Miriam no fue a hablar con él al menos seguro que
- alguien que sabe más que nosotros si lo hizo. Todos necesitamos que el señor nos perdone los pecados – dijo Félix
- ¿Tú crees que iría Nem? - preguntó Ana
- No lo se, pero solo hay una manera de averiguarlo.¿Como se va a la iglesia? - preguntó Félix
- Tienes que tomar la carretera la carretera hacía la isla Cordero, al sudeste. Está tras traspasar las barreras que unen una isla con otra – respondió Ana
- Pues no hay tiempo que perder – dijo Félix mientras cogía su americana
Ambos fueron en
coche, traspasaron las barreras. A cada lado se veían asomar grandes
barcos hundidos pertenecientes a la guerra. Por fin llegaron a la
iglesia. Era una pequeña iglesia de fachada blanca y lineas rojas
marcando los limites de la misma. La fachada tenía un pequeño
campanario. Ambos entraron al interior de la iglesia, su techo era
curvo, abovedado, con pinturas en el techo solo a la altura del
altar. El altar era de piedra blanca, pequeño y carente de riquezas.
De pronto, el padre Pedro salió de una puerta.
- ¡Ana! ¡que
sorpresa! Hace años que no pisas la casa del señor - dijo el padre
Pedro
- Bueno, ya sabe
padre que yo no soy muy religiosa – contestó Ana
- ¿Y que te trae
por aquí -
- Es por la chica
que asesinaron -
- Oh, una pena.
Ahora está ahí arriba con el señor -
- Más que arriba
está abajo, bajo tierra – dijo murmurando Félix
- Perdone. ¿Decía
usted algo? - preguntó el padre Pedro
- No, padre, que
si, que afortunadamente el señor estará con ella a su lado –
contestó Félix
- El señor siempre
está al lado de todos nosotros -
- ¿Vino esa chica
hablar con usted, padre? - preguntó Ana
- No querida,
desconozco quien era – contestó el padre Pedro
- ¿Y Nem?, ¿Nem
vino a hablar con usted, padre? - preguntó de nuevo Ana
- Nem si, si que vino. Nem venía muchas veces, aunque más que a confesarse venía a robar el dinero del cestillo y a beberse todo el vino que podía – respondió el padre Pedro.
- ¿Seguro que la chica no vino nunca? - preguntó Félix desconfiando de lo que decía el padre Pedro.
- Seguro hijo, aquí viene mucha gente, la casa del señor siempre está abierta para quien quiera venir, pero esa chica jamás pisó nunca este suelo sagrado-
- Si recuerda algo o alguien que haya venido y que no recuerde ni dude en llamarnos, quizás nos sirva de mucha ayuda – dijo Ana despidiéndose
Descuida
hija, lo haré -
Ambos
subieron al coche. Félix no terminaba de confiar en el padre Pedro,
a decir verdad Félix ya no confiaba en nadie, tenía la sensación
de que en ese pueblo todo el mundo estaba mintiendo. De repente sonó
el teléfono móvil de Ana, era Tomás, quería hablar con ellos,
pero no en su cantina, sino un sitio más discreto, un lugar donde
nadie conocido pudiese verlos hablar juntos. Quedaron en La
Taberna de Alberto,
una vieja taberna de madera con la barra a la derecha y unas sillas
con sillones al fondo junto a una chimenea. Allí estaban los tres, y
Tomás empezó a confesar.
- Tuve un romance hace meses con Míriam. No fue nada importante, un desliz, pero mi mujer nos pilló. Es muy celosa, así que juró que si volvía a pisar la cantina mataría a esa chica – dijo Tomás
Pero
usted dijo que no conocía a la chica – dijo enfadado Félix
Mentí.
Me jugaba el matrimonio. Tuve que mentir, pero ya no soporto más
esta mentira -
- - ¿Volvió a ver a Míriam después de ese romance? - preguntó Félix
- Si, hace un par de semanas, quizás tres, volvió por aquí. Buscaba trabajo, el padre Pedro le había dicho que viniese a hablar conmigo, que se lo debía. Tuve que decir que se marchase, que no tenía trabajo para ella y que si Carmen nos pillaba me iba a matar a mi y a ella también -
- ¡Pero si el padre Pedro nos ha dicho que nunca había visto a la chica!. ¿Pero es que en este pueblo nadie dice la verdad? - preguntó muy enfadado Félix
- ¿Sabes luego que hizo? - preguntó Ana más calmada
- Fue a La estrella, el prostíbulo, a pedir trabajo allí. Ya no volví a saber de ella hasta que apareció muerta – respondió Tomas.
- ¡Joder! Al prostíbulo no – dijo con preocupación Ana
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