domingo, 5 de agosto de 2018

Capitulo 11: Te quiero


Hacía frio, el viento soplaba con fuerza, el heno, aun pequeño y verde se movía de un lado a otro. Las nubes negras a modo de techo cubrían el cielo. Nem daba vueltas por ahí. De pronto vio a lo lejos a una chica sentada al borde del acantilado. Estaba de espaldas a él, era rubia, delgada, su piel pálida, y su melena se movía y se despeinaba con el viento. Nem decidió acercarse a ella, se sentó a su lado. Ella miró extrañada pero no dijo nada. Nem sin mirarla, sin despegar la mirada del horizonte marino, decidió romper la tensión.

- Creo que no deberíamos estar mucho tiempo aquí, va a caer una buena lluvia - dijo Nem
- ¿Quien eres? - preguntó extrañada la chica
- Lo siento, no me he presentado, me llamo Nem -
- Yo soy Míriam. No suelo encontrarme con nadie por aquí -
- A mi me pasa lo mismo. Suelo venir por aquí para relajarme. Uy, empiezan a caer las primeras gotas, será mejor nos vayamos de aquí. Conozco una vieja cabaña abandonada donde podremos resguardarnos hasta que pare la lluvia -

Ambos corrieron hacía la cabaña. Una vez dentro Míriam tenía frio, así que Nem le puso por encima de los hombros una vieja manta que había en el interior de la cabaña.

- La verdad es que has sido muy amable – dijo Míriam
- ¿Vienes mucho por estos campos? No te he visto nunca antes – dijo Nem
- Suelo venir a menudo, pero procuro que nadie me vea, a mi padre no le gusta que ande por aquí. Este es un sitio especial, siempre pienso que su tuviese que morir en paz, este sería el lugar idóneo, mirando al mar – dijo Miriam
- Pero no pienses en morirte, eres joven -
- Créeme, la vida es un suspiro -

Pasaron los meses, y Nem y Míriam fueron forjando una amistad, siempre a escondidas, siempre en los campos de heno. Sin darse cuenta Nem fue enamorándose de ella poco a poco, pero a decir verdad, ella nunca le había dado esperanzas, así que Nem no se atrevía a confesar su amor. Sabía que era difícil que ella lo correspondiese, él era un tipo feo, gordo y no muy agraciado en la vida. Además ella siempre contó a Nem que le gustaban los hombres bastante más mayores a ella. Si, Nem no podía evitarlo pese a saber que era un amor imposible. Una noche Nem decidió invitarla a su casa. Preparó una cena con velas.

- Vaya Nem, veo que has preparado una cena romántica – dijo Miriam
- Bueno, solo quería una cena que fuese especial para ti -
- Bueno, hoy seré especial para ti – dijo Miriam
- Tengo una vieja cámara de fotográfica. Era de mi madre. Si quieres puedo hacer unos disparos – dijo Nem
- Bueno, sería una buena idea – respondió Miriam
- Luego colgaré esas fotos en esa pared, será la pared que siempre nos recuerde esta noche -
- Será nuestra pared. Nunca quites las fotos de ahí, pase lo que pase – sentenció Miriam

El tiempo pasó. Una tarde Nem se acerco a la vieja cantina, y en la parte de atrás vió a Tomás besándose con Míriam. Nem se sintió traicionado, hundido. La persona de la que estaba profundamente enamorado estaba con otro, que ademas era un hombre casado. Ciego por los celos, entró en la cantina y vio a Carmen, se acercó y se lo contó todo. Carmen no tardó en salir al exterior e ir a la parte trasera de la cantina y encontró a su marido en brazos de Míriam. A partir de entonces nada volvió a ser igual. Nem y Míriam dejaron de verse, la relación llegó a ser inexistente.


Una mañana de Agosto Nem se levantó temprano, le apetecía ver salir el sol desde el campo de heno, así que se lavó, se vistió y fue tranquilamente andando hasta allí. Cuando llegó a lo lejos vio lo que parecía una persona de rodillas mirando hacia el mar y con los brazos extendidos en cruz. Se acercó lentamente y de pronto vio que era Miriam. Estaba muerta, con la garganta cortada, el camisón blanco manchado de sangre a la altura de los pezones y crucificada en una pequeña cruz. No lo pudo soportar, su amor, su gran amor, estaba muerta, muerta como ella le confesó en la cabaña que quería morir, mirando al mar. Nem echó a correr, su corazón parecía que iba a estallar, su camiseta estaba empapada en sudor. Él corría y corría hasta tener la sensación de morir. No le hubiese importado morir en ese momento, su vida ya si que carecía de sentido alguno a partir de ese mismo momento.

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