Lourdes, Ana y Félix
estaban en el exterior, en la puerta trasera del prostíbulo.
Mientras Lourdes fumaba, empezó a contarles todo lo que sabía.
- Os ha mentido.
Ella no se marchó. Probó suerte una noche, pero esto no era lo
suyo. No podía con el anal, así que lloraba mientras el cliente se
quejaba que había pagado por ello. El jefe la obligó. Después de
aquella noche no volvió nunca más. Como tampoco volviste a verme
tú, Ana – dijo Lourdes
- Quizás hay
motivos suficientes para no querer verte – dijo Ana
- No puedes estar
así toda la vida. Aquello pasó y ya no no se puede cambiar. Él se
marchó. No he vuelto a saber de él. Se llevó todo mi dinero y por
su culpa ahora estoy aquí abriéndome de piernas con diez hombres
distintos cada noche -
- Te lo mereces –
dijo Ana enfadada
- ¿Podéis dejar
de discutir por un momento? - dijo Félix – No hemos venido aquí
para que os echéis en cara vuestros problemas familiares, hemos
venido aquí para averiguar quien mató a Míriam Rosales. Lo demás
me importa un pepino -
- ¿Quien era el
cliente que pagó por acostarse con Míriam? - preguntó Ana
- Antonio. Nuestro
tío – respondió Lourdes
- Joder, Antonio
no. ¿Que más cosas pueden salir mal hoy? - dijo Ana
- ¿Y ahora que
ocurre? - preguntó extrañado Félix
- Mi tío abusó de
Ana cuando era una niña – respondió Lourdes
Ana se echó a
llorar, los recuerdos aún estaban en su cabeza. Sentía que ya no
podía más, todo se derrumbaba y no podía tener el control de la
situación. A Félix se le ocurrió que para animarla invitaría esa
noche a cenar a Ana en un bar del puerto.
Esa
noche Ana se vistió guapísima con un vestido azul oscuro. Félix
también iba muy bien vestido. Iban paseando por el puerto. El puerto
constaba con una estrecha carretera principal, donde a la izquierda
había casas bajas de pescadores con las fachadas pintadas de blanco.
A la derecha estaba el mar con los barcos pesqueros. Por fin Ana y
Félix llegaron al bar La
pensión.
Era un bar de pescadores donde también ponían comidas caseras,
principalmente platos de pescado. El bar tenía una entrada pequeña
y estrecha, según entrabas de frente había una barra de madera y a
la derecha unas mesas de madera también rodeadas de unas sillas
azules. La pared de la derecha era de piedra mientras que la pared de
la izquierda era blanca en la parte superior y roja en la inferior.
Sobre la pared de piedra había colgados cuadros de algún pintor
local, sobre la pared de la izquierda había colgado un timón de
madera.
Ana y Félix se
sentaron en la mesa más próxima a la ventana. Así podían ver el
mar y los barcos que llegaban a puerto al caer el sol. La noche fue
perfecta, Ana consiguió olvidarse de sus problemas, incluso Félix
consiguió que se riese. En un momento dado Ana embriagada por toda
la situación decidió lanzarse a dar un beso en la boca a Félix,
pero este retiró su cara suavemente y dijo que se estaba
equivocando. De pronto el teléfono de Ana sonó. Tras una breve
conversación colgó.
- Era de nuevo
Silvia. Han encontrado a Samuel ahorcado de una de las vigas de su
granja. Junto a él había dejado una nota de despedida. En ella
decía que Maria es la madre de Miriam – dijo Ana
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