domingo, 7 de octubre de 2018

Capitulo 20: El amargo final




Las sirenas sonaban mientras recorrían las calles, corrían a toda velocidad. Más de diez coches de policía uno detrás del otro. Visto desde arriba, en una visión cenital, los coches formaban una serpiente girando a cada curva y a cada esquina de las calles de Rondom, como si fuese la serpiente que se llevó para siempre al viejo Rod. Todo parecía que iba a cámara lenta. Si querías podías escuchar el crujido de la calzada al pasar los coches de policía a toda velocidad. Las sirenas resonaban rebotando por las paredes de las viejas casas empedradas de Rondom. Las personas que se encontraban en la calle miraban parados con asombro pasar a los coches policiales a gran velocidad, sabían que todo había llegado a su fin, por fin el pueblo podría dormir tranquilo.

Los coches de policía recorrieron la estrecha carretera del puerto pesquero. A su izquierda, las casas de los pescadores y el bar La pensión, ese bar donde Ana en mitad del efecto del vino, en una cena informal había decidido intentar besar a Félix sin éxito alguno. A la derecha estaban los barcos pesqueros amarrados, el mar estaba revuelto y los pescadores no habían podido salir a faenar.

Finalmente los coches policiales se pararon a cámara lenta frente al Hotel Rio. Ahí estaba Rafael, el padre de Ana, plantando unas flores en las jardineras de la entrada. Agachado, volvió la mirada y vio a su hija bajar de uno de los coches. No dijo nada, sabía que todo había llegado a su fin. Ana, con lágrimas en los ojos, no dijo nada, se limitó a leerle sus derechos mientras un agente ponía las esposas en las muñecas de Rafael. Una vez más, como si a cámara lenta se tratase, Rafael fue introducido en el coche de policía, y al cerrar la puerta, el golpe sonó como si el cielo se viniese abajo.

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Ya en comisaria, Félix interrogaba a Rafael, Ana miraba a través de un cristal desde una habitación contigua.

- ¿Por qué lo hiciste Rafael? ¿Por qué? - pregunto Félix
- Ella vino al hotel la primera noche, no tenía donde dormir. Tampoco tenía dinero, así que le ofrecí una habitación gratuita, la habitación 102. Esa noche, antes de que se fuese a dormir, estuvimos bebiendo en el bar del hotel. Estábamos solos, esa noche no había nadie ni en el hotel ni en el bar. El alcohol sin saber como me llevó a besarla. Son muchos años viudo, es duro. Ella también me beso, y no se como, pero cuando nos quisimos dar cuenta estábamos en su habitación, perdiéndonos entre las sabanas. Ella vino un par de días más, yo me enamoré de ella. Bueno, no sé si era amor, pero sentía algo, y pensaba que ella al repetir también sentía lo mismo, pero de pronto un día Nem entró enfurecido al bar, él no sabía que yo me había besado con ella, así que en su inocencia me contó que había visto a Tomás con una chica joven, enseguida supe que esa chica era Míriam. Intenté disimular, para que Nem no sospechase nada, pero en cuando se marchó me puse como una fiera, estaba loco, estaba empapado en sudor, y pensé en matar a Tomás. Pero enseguida me di cuenta que eso solo me traería problemas, sería mejor arruinarle la vida, así que decidí que si mataba a Míriam y hacía que lo culpasen a él me quitaría dos problemas de encima, me aseguraba de que ella no volvería a estar con otro hombre y me aseguraba que Tomás estaría entre rejas. Así que fui a su cantina y robé una caja de cebos de las que vendía allí para luego dejarlo junto al cadáver. Luego esa noche quedé con Míriam, la invité a subir a mi coche con la excusa de que íbamos a un nuevo bar. Ella se dio cuenta que mentía en cuando vio que me dirigía al campo de heno. Empezó a chillar y yo empecé a golpearla para que se callase. Llegamos allí, baje a Míriam a la fuerza, tirándola del pelo, obligué que se pusiese de rodillas y le corté el cuello con un cuchillo. Luego le corté los pezones para llevármelos como trofeo. Fui al coche, cogí un camisón blanco y una corona de flores que había comprado para la ocasión, y se los puse. Luego fui a una vieja cabaña de madera que había cerca, cogí un par de tablones de madera, hice una cruz, volví al lugar del crimen y crucifiqué a Míriam para que pagase por sus pecados. Al menos tuve la decencia de ponerla mirando al mar, como ella siempre dijo que quería morir. Finalmente dejé junto al cadáver la caja de cebos y dejé una nota en sus manos. Si, lo sé, estaba en latín, pocos saben que conozco esa lengua. Con el tiempo todo cambió a mi favor, casualmente usted encontró una vieja piedra con un escudo de los Reprobi grabado, me lo contó mi hija. Pensaron que era una pista, para mi era la salvación. Se le debió de caer casualmente a Carmen del bolsillo en mitad de toda la carrera cuando Nem le enseñó el cadáver de Míriam. Pensé que gracias a esa casualidad, junto con la caja de cebos, iban a culpar a Tomás sin ninguna duda, a Tomás y a su mujer. Lastima que no haya acabado bien esta historia - relató Rafael

Rafael acaba de confesar y ya no tenía salvación. Félix se levantó, miró al cristal sin decir nada, y clavó su mirada en Ana, que estaba al otro lado con lágrimas en los ojos pero también sin decir absolutamente nada. Félix ordenó a uno de los agentes que se llevase a Rafael.

Ya por la tarde, Félix estaba dando un paseo con Ana por el puerto, ambos sabían que esa iba a ser la despedida, y aunque no quisiesen se habían cogido mucho cariño el uno al otro. Posiblemente esa iba a ser la ultima vez que se viesen en la vida.

- ¿Te vas a quedar por aquí algunos días para descansar? - preguntó Ana
- No, detesto este lugar, lo sabes. Estoy deseando llegar de nuevo a la gran ciudad, este no es mi sitio – respondió Félix
- Yo me iré a vivir con mi hija a la isla en la que descansé un par de días, detesto también este lugar, solo me recuerda a los abusos de mi tío siendo yo niña, a mi marido engañándome con mi hermana y al asesino de mi padre. Aquella isla me vendrá bien, apenas vive nadie. Quizás abra una pequeña tienda, o una pequeña cafetería, algo que me haga sentir cómoda y relajada, separada del resto del mundo, sin que nadie me moleste – dijo Ana
- Si, creo que te vendrá bien – dijo Félix
- ¿Por que no me contaste que eras gay? - preguntó Ana
- Porque no lo soy. No, no soy gay, me gustan ambos sexos – respondió Félix
- Te voy a echar de menos – dijo Ana
- Yo no suelo expresar mis sentimientos, rompería mi imagen de tipo duro, pero si, yo también te voy a echar de menos. Espero que seas feliz en esa pequeñita isla, y quizás algún día en alguna parte del mundo, dentro de muchos años, quizás acabemos por encontrarnos de nuevo – dijo Félix

Ambos se abrazaron, se despidieron y cada uno fue por su lado. Las pisadas se hacían pesadas, ambos sabían que nunca más volverían a verse.

Cayó la noche, y Ana estaba guardando todas su cosas justo con las de su hija en cajas de cartón, al día siguiente iba a abandonar su puesto de policía para así trasladarse a vivir a aquella isla. De pronto, en mitad de la oscuridad un coche paró delante de la puerta de Ana.




Una silueta dentro del coche saca un mechero y se enciende un cigarro. Observa detenidamente y en silencio la ventana iluminada de Ana. Dentro se puede ver la silueta de ella y su hija cargando sobre sus brazos las cajas de cartón.

La persona que está dentro del coche abre la puerta y sale del coche. Tira el cigarro al suelo y se dirige hacía la casa. Al pasar por debajo de una farola se ve su rostro, es el que fue el marido de Ana. De pronto de su pantalón saca un cuchillo de cocina de enormes dimensiones. Se acerca lentamente a la puerta de Ana. De pronto suena un enorme trueno, va a caer una tormenta. De pronto otro trueno más, la calle y las casas se quedan sin luz, el trueno ha provocado un apagón en todo el pueblo. El ex marido de Ana sonríe, sabe que será mejor a oscuras, sin que nadie le vea. Sigue acercándose lentamente a la puerta, hasta que por fin pisa el felpudo. Enciende de nuevo el mechero y lee lo que pone en dicho felpudo. Pase, la paz está en el interior del hogar. Sonríe, sabe que ese hogar nunca ha estado en paz, sabe que a partir de ahora en ese hogar habrá de todo menos paz. La paz está subestimada. De pronto desde lo alto, en una visión cenital, se puede observar como el ex marido de Ana extiende su brazo y aprieta el botón del timbre. Luego todo se torna en oscuridad.

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