Las sirenas sonaban
mientras recorrían las calles, corrían a toda velocidad. Más de
diez coches de policía uno detrás del otro. Visto desde arriba, en
una visión cenital, los coches formaban una serpiente girando a cada
curva y a cada esquina de las calles de Rondom, como si fuese la
serpiente que se llevó para siempre al viejo Rod. Todo parecía que
iba a cámara lenta. Si querías podías escuchar el crujido de la
calzada al pasar los coches de policía a toda velocidad. Las sirenas
resonaban rebotando por las paredes de las viejas casas empedradas de
Rondom. Las personas que se encontraban en la calle miraban parados
con asombro pasar a los coches policiales a gran velocidad, sabían
que todo había llegado a su fin, por fin el pueblo podría dormir
tranquilo.
Los
coches de policía recorrieron la estrecha carretera del puerto
pesquero. A su izquierda, las casas de los pescadores y el bar La
pensión,
ese bar donde Ana en mitad del efecto del vino, en una cena informal
había decidido intentar besar a Félix sin éxito alguno. A la
derecha estaban los barcos pesqueros amarrados, el mar estaba
revuelto y los pescadores no habían podido salir a faenar.
Finalmente
los coches policiales se pararon a cámara lenta frente al Hotel
Rio.
Ahí estaba Rafael, el padre de Ana, plantando unas flores en las
jardineras de la entrada. Agachado, volvió la mirada y vio a su hija
bajar de uno de los coches. No dijo nada, sabía que todo había
llegado a su fin. Ana, con lágrimas en los ojos, no dijo nada, se
limitó a leerle sus derechos mientras un agente ponía las esposas
en las muñecas de Rafael. Una vez más, como si a cámara lenta se
tratase, Rafael fue introducido en el coche de policía, y al cerrar
la puerta, el golpe sonó como si el cielo se viniese abajo.
Ya en comisaria,
Félix interrogaba a Rafael, Ana miraba a través de un cristal desde
una habitación contigua.
- ¿Por qué lo
hiciste Rafael? ¿Por qué? - pregunto Félix
-
Ella vino al hotel la primera noche, no tenía donde dormir. Tampoco
tenía dinero, así que le ofrecí una habitación gratuita, la
habitación 102. Esa noche, antes de que se fuese a dormir,
estuvimos bebiendo en el bar del hotel. Estábamos solos, esa noche
no había nadie ni en el hotel ni en el bar. El alcohol sin saber
como me llevó a besarla. Son muchos años viudo, es duro. Ella
también me beso, y no se como, pero cuando nos quisimos dar cuenta
estábamos en su habitación, perdiéndonos entre las sabanas. Ella
vino un par de días más, yo me enamoré de ella. Bueno, no sé si
era amor, pero sentía algo, y pensaba que ella al repetir también
sentía lo mismo, pero de pronto un día Nem entró enfurecido al
bar, él no sabía que yo me había besado con ella, así que en su
inocencia me contó que había visto a Tomás con una chica joven,
enseguida supe que esa chica era Míriam. Intenté disimular, para
que Nem no sospechase nada, pero en cuando se marchó me puse como
una fiera, estaba loco, estaba empapado en sudor, y pensé en matar
a Tomás. Pero enseguida me di cuenta que eso solo me traería
problemas, sería mejor arruinarle la vida, así que decidí que si
mataba a Míriam y hacía que lo culpasen a él me quitaría dos
problemas de encima, me aseguraba de que ella no volvería a estar
con otro hombre y me aseguraba que Tomás estaría entre rejas. Así
que fui a su cantina y robé una caja de cebos de las que vendía
allí para luego dejarlo junto al cadáver. Luego esa noche quedé
con Míriam, la invité a subir a mi coche con la excusa de que
íbamos a un nuevo bar. Ella se dio cuenta que mentía en cuando vio
que me dirigía al campo de heno. Empezó a chillar y yo empecé a
golpearla para que se callase. Llegamos allí, baje a Míriam a la
fuerza, tirándola del pelo, obligué que se pusiese de rodillas y
le corté el cuello con un cuchillo. Luego le corté los pezones
para llevármelos como trofeo. Fui al coche, cogí un camisón blanco
y una corona de flores que había comprado para la ocasión, y se
los puse. Luego fui a una vieja cabaña de madera que había cerca,
cogí un par de tablones de madera, hice una cruz, volví al lugar
del crimen y crucifiqué a Míriam para que pagase por sus pecados.
Al menos tuve la decencia de ponerla mirando al mar, como ella
siempre dijo que quería morir. Finalmente dejé junto al cadáver la
caja de cebos y dejé una nota en sus manos. Si, lo sé, estaba en
latín, pocos saben que conozco esa lengua. Con el tiempo todo
cambió a mi favor, casualmente usted encontró una vieja piedra con
un escudo de los Reprobi
grabado, me lo contó mi hija. Pensaron que era una pista, para mi
era la salvación. Se le debió de caer casualmente a Carmen del
bolsillo en mitad de toda la carrera cuando Nem le enseñó el
cadáver de Míriam. Pensé que gracias a esa casualidad, junto con
la caja de cebos, iban a culpar a Tomás sin ninguna duda, a Tomás
y a su mujer. Lastima que no haya acabado bien esta historia - relató
Rafael
Rafael acaba de
confesar y ya no tenía salvación. Félix se levantó, miró al
cristal sin decir nada, y clavó su mirada en Ana, que estaba al otro
lado con lágrimas en los ojos pero también sin decir absolutamente
nada. Félix ordenó a uno de los agentes que se llevase a Rafael.
Ya por la tarde,
Félix estaba dando un paseo con Ana por el puerto, ambos sabían que
esa iba a ser la despedida, y aunque no quisiesen se habían cogido
mucho cariño el uno al otro. Posiblemente esa iba a ser la ultima
vez que se viesen en la vida.
- ¿Te vas a quedar
por aquí algunos días para descansar? - preguntó Ana
- No, detesto este
lugar, lo sabes. Estoy deseando llegar de nuevo a la gran ciudad,
este no es mi sitio – respondió Félix
- Yo me iré a
vivir con mi hija a la isla en la que descansé un par de días,
detesto también este lugar, solo me recuerda a los abusos de mi tío
siendo yo niña, a mi marido engañándome con mi hermana y al
asesino de mi padre. Aquella isla me vendrá bien, apenas vive
nadie. Quizás abra una pequeña tienda, o una pequeña cafetería,
algo que me haga sentir cómoda y relajada, separada del resto del
mundo, sin que nadie me moleste – dijo Ana
- Si, creo que te
vendrá bien – dijo Félix
- ¿Por que no me
contaste que eras gay? - preguntó Ana
- Porque no lo soy.
No, no soy gay, me gustan ambos sexos – respondió Félix
- Te voy a echar de
menos – dijo Ana
- Yo no suelo
expresar mis sentimientos, rompería mi imagen de tipo duro, pero
si, yo también te voy a echar de menos. Espero que seas feliz en
esa pequeñita isla, y quizás algún día en alguna parte del
mundo, dentro de muchos años, quizás acabemos por encontrarnos de
nuevo – dijo Félix
Ambos se abrazaron,
se despidieron y cada uno fue por su lado. Las pisadas se hacían
pesadas, ambos sabían que nunca más volverían a verse.
Cayó la noche, y
Ana estaba guardando todas su cosas justo con las de su hija en cajas
de cartón, al día siguiente iba a abandonar su puesto de policía
para así trasladarse a vivir a aquella isla. De pronto, en mitad de
la oscuridad un coche paró delante de la puerta de Ana.
Una silueta dentro
del coche saca un mechero y se enciende un cigarro. Observa
detenidamente y en silencio la ventana iluminada de Ana. Dentro se
puede ver la silueta de ella y su hija cargando sobre sus brazos las
cajas de cartón.
La
persona que está dentro del coche abre la puerta y sale del coche.
Tira el cigarro al suelo y se dirige hacía la casa. Al pasar por
debajo de una farola se ve su rostro, es el que fue el marido de Ana.
De pronto de su pantalón saca un cuchillo de cocina de enormes
dimensiones. Se acerca lentamente a la puerta de Ana. De pronto suena
un enorme trueno, va a caer una tormenta. De pronto otro trueno más,
la calle y las casas se quedan sin luz, el trueno ha provocado un
apagón en todo el pueblo. El ex marido de Ana sonríe, sabe que será
mejor a oscuras, sin que nadie le vea. Sigue acercándose lentamente
a la puerta, hasta que por fin pisa el felpudo. Enciende de nuevo el
mechero y lee lo que pone en dicho felpudo. Pase,
la paz está en el interior del hogar.
Sonríe, sabe que ese hogar nunca ha estado en paz, sabe que a partir
de ahora en ese hogar habrá de todo menos paz. La paz está
subestimada. De pronto desde lo alto, en una visión cenital, se
puede observar como el ex marido de Ana extiende su brazo y aprieta
el botón del timbre. Luego todo se torna en oscuridad.
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