En
el salón presidencial todos estaban callados. El Presidente, sus
consejeros, y Félix. Sobre la mesa, en una bolsa de plástico
transparente, estaba el pantalón amarillo.
-
Es de Raimundo. Es el pantalón que llevaba puesto cuando desapareció
– dijo el Presidente
-
El que secuestró al niño lo sacó del palacio por ahí – dijo uno
de los consejeros
-
Ademas de usted, ¿Quien más tiene acceso a esa caseta? - dijo Félix
al Presidente
-
Nadie, solo yo tengo llave de esa caseta – dijo el Presidente
-
Queda usted detenido como sospechoso del secuestro de su hijo
Raimundo - dijo Félix al Presidente
-
No puede hacer eso, provocaría una crisis de Estado, y de momento no
tiene pruebas solidas contra el Presidente – dijo uno de los
consejeros
-
¡Joder!. Usted disimule, que nadie sospeche que está ocurriendo
algo, y que ningún dato se filtre a la prensa, que nadie sepa del
secuestro de su hijo, y mientras tanto, yo vigilaré todos y cada
uno de los pasos que usted dé, no podré detenerlo por el momento,
pero le aseguro que voy a ser su sombra cuando coma, cuando duerma,
cuando cague y cuando folle – dijo Félix
Félix
se marchó del palacio, cogió su coche y se dirigió al Hospital
General. Allí, en la habitación 102 estaba Lourdes cuidando de Ana.
De pronto entró Félix.
-
¿Como está? - preguntó Félix
-
Igual. Ahora pasará el doctor a darnos el ultimo informe –
respondió Lourdes
-
Parece que el tiempo no pasa -
-
Hay que tener paciencia. Puede durar días, meses o años -
De
pronto entró el doctor acompañado de una enfermera. El doctor era
de unos sesenta años, serio, con cara de pocos amigos. La enfermera
era más seria aún.
-
Buenos días. ¿Son ustedes los familiares de Ana López? - preguntó
el doctor
-
Si, lo somos - respondió Lourdes
-
La situación es muy delicada. Ana de momento no está respondiendo
al tratamiento. Los golpes en la cabeza fueron muy fuertes y crearon
en su cerebro diversos coágulos, A eso hay que sumarle la gran
cantidad de sangre que perdió con las heridas provocadas por el
cuchillo. Las siguientes horas serán más que decisivas, si empieza
a responder al tratamiento habrá esperanzas, si no responde en las
próximas cuarenta y ocho horas deberán empezar a plantearse si
desconectar las maquinas que la mantienen con vida y dejarla marchar
– explicó el doctor.
Félix
se marchó a casa, se tumbó en el sofá y vio un estúpido concurso
en la televisión hasta que se quedó dormido. De pronto su teléfono
móvil empezó a sonar.
-
Inspector Lacueva ¿quien es? - dijo Félix
-
Escúcheme bien, deje de meter sus narices donde no debe, puede ser
que lo lamente su amiguita Ana y su hermana Lourdes. El hijo del
Presidente no es asunto suyo. Piénselo bien, recapacite, seguro que
no quiere que le pase nada a su amiga y su hermana – dijo una voz
al otro lado del teléfono. Después colgó sin decir nada más.
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