domingo, 24 de junio de 2018

Capitulo 8: El Ave Fénix



Era temprano, Félix y Ana estaban en el cementerio, a su lado, el enterrador sacaba de un hoyo en el suelo un pequeño ataúd blanco roído por el paso del tiempo. Sobre su tapa un placa de metal desgastada y oxidada en la que podía leerse a duras penas Míriam Rosales. El enterrador metió una palanca de hierro y abrió el ataúd. Dentro solo había dos sacos. Félix se apresuró a sacar una pequeña navaja de su bolsillo e incrustando su hoja sobre la tela de uno de los sacos procedió a rajarlo. De dentro solo salía arena. Era obvio que hacía doce años no habían enterrado a ninguna niña, y que durante todo este tiempo alguien se había asegurado que nadie descubriese la verdad. Pero Ana sabía a quien tenía que dirigirse, a la vieja granja del viejo Samuel.

Ya en el coche, Félix conducía por un camino polvoroso a través del campo mientras Ana a su lado le explicaba la historia de Míriam Rosales.

  • ¿Quién es esa Míriam? - preguntaba Félix
  • Míriam era una niña que vivía en la granja a la que nos dirigimos ahora. Con ocho años enfermó. Su padre, no tenía demasiados recursos así que la pobre niña acabó falleciendo – le explicaba Ana a Félix
  • ¿Y la madre de la niña -
  • No hay madre, nada más nacer se marchó dejando a Samuel abandonado con la niña. Samuel nunca ha querido hablar de ella, se quedó dolido -
  • Pero digo yo que se podrá encontrar en algún lugar a la madre -
  • Bueno, es complicado, nadie vio nunca esa mujer, y ya te dije que Samuel se
  • niega a hablar de ella -

Por fin el coche llegó a una vieja granja en el monte. En una vieja radio se escuchaba a Leadbelly.






De pronto de un viejo granero salió un viejo y barbudo granjero. El mismo granjero que desde lo lejos observaba a Félix y Ana en el cementerio. El mismo granjero que desde los lejos lloraba cuando enterraban a la chica desconocida.

  • Por fin han venido – dijo con voz grave Samuel
  • Bueno, veo que nos esperaba – dijo Félix
  • ¿Quieren un café? Pasen dentro y hablemos un rato, porque estoy seguro que ustedes no han venido aquí a dar de comer a los cerdos – dijo Samuel mientras invitaba a Félix y a Ana a entrar dentro de la granja

La granja era una casa humilde, de madera, con muebles rústicos y viejos, sobre ellos posaban viejas fotografías en blanco y negro. Del techo colgaba un viejo cable pelado y viejo que terminaba en una vieja bombilla que apenas iluminaba y que con la menor brisa de viento que se colase dentro del salón empezaba a balancearse como si de un péndulo se tratase. Félix y Ana se sentaron en un viejo sofá, Samuel mientras preparaba un café y se encendía una pipa. Sirvió los cafés en unas tazas de metal, de esas esmaltadas y descascarilladas en sus bordes. Se sentó en una mecedora y se dispuso a colaborar en todo lo que Félix y Ana necesitasen.

  • ¿Por qué? ¿Por qué simuló su muerte? - preguntaba Ana
  • No quería que nadie le hiciese daño. La gente miraban con pena a esa pobre niña, mira, por ahí va la huerfanita . No lo soportaba, ella tampoco – respondió Samuel
  • Pero si solo tenia ocho años. No podía ser consciente de eso -
  • ¿Usted cree?. Pasaba las noches llorando -
  • ¿Y su madre?- interrumpió Félix
  • Muerta – respondió Samuel de forma rotunda como si de un puñetazo en una mesa se tratase
  • ¿Donde estuvo Míriam durante todos estos años? - preguntó Ana
  • Aquí, estuvo aquí todo el tiempo. Nadie sube a este lugar. Estuvo aquí todo este tiempo escondida, hasta que hace unos meses decidió bajar al pueblo. Yo se lo advertí, le advertí que la gente solo le haría daño, pero ella no quiso escucharme, y ahora está muerta. Esta vez de verdad -

Félix miraba, observaba, pero no decía nada. Ana sin embargo no paraba de preguntar, y preguntar, y Samuel colaboraba respondiendo porque parecía que ya estaba cansado de guardar secretos.

  • Cuando bajó al pueblo ¿Sabe a donde fue su hija? ¿Con quien habló? - preguntó Ana.
  • No, no lo se. No se a donde fue ni con quien habló, y sinceramente ya me da lo mismo. Si me disculpan, aún tengo que dar de comer a los caballos, esos cabrones no perdonan su comida diaria -
DAR A STOP AL REPRODUCTOR DE MÚSICA

Félix y Ana subieron al coche y emprendieron rumbo a la comisaria. Por el camino repasaban todo lo que habían descubierto en los últimos días.

  • La chica fue violada, pero no hay restos de vello púbico ni nada que pueda dar el más mínimo rastro de ADN, por lo tanto, o bien quien cometió el crimen era un hombre que tomó muchas precauciones a la hora de abusar sexualmente de ella, o bien fue una mujer que usó un palo o cualquier otro objeto para violarla antes de cortarla el cuello – Decía Ana
  • Exacto, y la vieja piedra con el escudo grabado ya nos está diciendo que es miembro de los Reprobi. Creo que habrá que colarse esta noche por su sede y ver el listado de los veteranos – dijo Félix
  • Me coloré yo, soy más pequeña y delgada, y tú te quedaras fuera, nos mantendremos en contacto con el móvil -
  • De acuerdo, pero con cuidado, un paso en falso y como seas descubierta es tu sentencia de muerte. Además nadie entra allí, por lo tanto nadie sabrá que te han asesinado. Ten mucho cuidado -

Llegó la noche, y Ana abrió una ventana de la parte trasera del edificio de los Reprobi y se coló dentro. Era un gran cuarto con muchas estanterías y pasillos estrechos. En cada una de las estanterías había cientos de cajas con documentos. Ana estaba buscando y mientras hablaba por teléfono con Félix a través del móvil

  • Aquí hay muchas cajas, esto es como buscar un grano de arena en mitad de una playa – dijo susurrando Ana a través del teléfono.
  • Ve con cuidado. Mira bien las cajas, seguro que están clasificadas -
  • Aquí hay mucha porquería, y apenas veo nada, no hay casi luz -
  • Ayudate de la luz del móvil -
  • ¡Félix, aquí hay algo! -
  • ¿Que es? -
  • ¡Mierda! Se escucha ruido. Joder, se acaba de abrir la puerta. Hostia, hostia, hostia... -
  • Ana, sal de ahí, sal de ahí ahora mismo. ¿Ana? ¿Ana me escuchas? ¿Ana? -
Pero al otro lado del teléfono ya no respondía nadie.


domingo, 17 de junio de 2018

Capitulo 7: Dime quien eres


El sol asomaba tímidamente por la delgada linea del horizonte. Los primeros rayos de sol molestaban a los ojos de Félix, que había dormido en comisaria tras una larga noche de interrogatorios. De pronto, medio dormido, metió su mano en el bolsillo de su americana y sacó la piedra con el escudo grabado que encontró en la pradera de heno. Murmurando se puso a mirarla, y a preguntarse mentalmente que significaría ese escudo.

Mientras tanto Ana en su casa preparaba el desayuno a su hija, cuando de pronto sonó el teléfono. Era Félix. Ana protestaba, era demasiado temprano para que llamasen a su casa, Félix, pedía a Ana por favor que se diese prisa y fuese a comisaria lo antes posible.

Pasó una hora y Ana entró en comisaria enfadada, la llamada de Félix a esas horas le había molestado.

    • ¿A que tanta prisa? - preguntaba Ana
    • Tienes que ver esto, lo encontré donde asesinaron a la “chica de la costa” - decía Félix con cierta ironía mientras enseñaba a Ana la piedra con el escudo
    • Vaya, interesante -
    • No sé que significa el escudo -
    • Es el escudo de los Reprobi -
    • ¿Los Reprobi? - preguntó extrañado Félix
    • Si, los Reprobi son una rama de los masones, digamos que los más rebeldes, fueron repudiados por los propios miembros de la masonería y fundaron esta rama. Tienen su sede en el camino a la iglesia – dijo Ana
    • Pues quizás deberíamos hacerles una visita, a ver que nos cuentan -

Ambos fueron hasta allí. La sede de los Reprobi era un edificio de piedra, con dos pisos y grandes ventanales. Su puerta principal era alta y de madera, sobre ella estaba tallada en piedra el escudo de la institución. Félix golpeó con los nudillos la puerta. De pronto la puerta se abrió y asomó una larga barba un anciano desde el interior.

    • Inspector Lacueva e inspectora López – dijo Félix mientras enseñaba la placa
    • ¿En que puedo ayudarles ? - respondió el anciano
    • ¿Le es familiar esta piedra? -
    • Claro, es la piedra que llevan los veteranos -
    • ¿Veteranos? ¿solo son hombres? -
    • No señor, veteranos y veteranas. Aquí no despreciamos a nadie -
    • ¿Y tanto los veteranos como las veteranas llevan la misma piedra? -
    • Así es, aquí todos somos iguales -
    • ¿Podría darnos una lista de todos los veteranos y veteranas que forman parte de esta institución? -
    • Me temo que no, es secreto. Si no les importa, tengo cosas que hacer. Que tengan un buen día -

El anciano cerró la puerta y Félix se quedó con muchas dudas sin resolver. Ana miraba a Félix, y este solo acertó a decir una cosa, que esa noche tenían que entrar. Ana empezaba a acostumbrarse a las reacciones de Félix, así que solo asintió con la cabeza. De pronto, el teléfono móvil de Ana sonó. Era un mensaje.

    • Es Silvia. Nem ya ha salido del coma – dijo Ana
    • Perfecto, empieza el rock and roll -
    • No le agobies demasiado, aún está débil y nos arriesgamos a perderle -
    • ¿Yo? Por favor, sabes que yo respeto los tiempos – Dijo Félix con cierto sarcasmo

Mientras tanto Maria había ido al cementerio a hablar con el enterrador. Estaba muy nerviosa. Con ella iba su perro, un pequeño yorkshire con muy mal genio al que Maria llamaba Pluqui. De pronto Maria se encontró con el enterrador.

    • Buenos días. A ti te andaba yo buscando – Dijo Maria
    • Buenos días señora. ¿Que ocurre? -
    • Creo que estos días ha estado hablando con esos dos policías -
    • Cierto, así es. Vinieron a preguntar por Nem, y por la chica que enterramos hace dos días -
    • Creo que no hace falta que te recuerde que hablar demasiado puede hacer que lo lamentes ¿Verdad? - dijo Maria de forma amenazante
    • No señora, jamás les contaría su secreto -
    • Más te vale, porque no quiero ni un error -
    • Descuide señora -

Tras esto Maria y su perro se marcharon de allí, dejando al enterrador sudando y muerto de miedo. Fuese lo que fuese lo que Maria no quería que supiese la polícia sabía que el más mínimo paso en falso supondría la muerte. Mientras tanto, Félix y Ana ya habían llegado a la comisaria. De pronto Roberto, el superior de ambos, salió de su despacho.

    • Ya tenemos los resultados de la autopsia. La causa de la muerte no es ningun misterio, todos aquí sabemos que le cortaron el cuello. Pero hay dos cosas interesantes que revela la autopsia. La primera es que antes de morir fue violada de forma vaginal y anal, pero no se hallaron restos de ADN, por lo cual o usó preservativo o fue violada con un objeto. Pero lo más interesante del informe forense es la identificación del cadáver. Es Míriam Rosales – Dijo Roberto
    • No puede ser, es imposible – dijo Ana con la cara pálida
    • ¿Por qué es imposible? ¿Que ocurre? - preguntó Félix
    • Míriam Rosales lleva doce años muerta – respondió Ana

domingo, 10 de junio de 2018

Capitulo 6: Todos guardamos un secreto


Era temprano, Félix pegaba pequeños sorbos de su taza de café mientras cogía el mando a distancia de la televisión y le daba al botón de ON. Mientras, en la otro extremo del pueblo, Ana preparaba el desayuno a su hija y al igual que Félix también le daba al botón de ON. Ambos se quedaron de piedra al ver en la pantalla a la periodista que ya había estado fisgoneando el día que se encontró el cadáver. La periodista, mirando fijamente a la cámara, informaba sobre el funeral del día anterior.

  • Ayer fue enterrada el cuerpo de la que ya ha sido bautizada como La chica de la costa , de la cual aún desconocemos su identidad. La policía anda perdida y algunas voces piden ya un relevo de los agentes a cargo de la investigación.

Más tarde , Félix entraba gritando a comisaría mientras Ana miraba con preocupación.

  • ¿La chica de la costa? ¿Pero que coño es esto? - decía Félix muy enfadado
  • Lo sé, yo también lo vi esta mañana – respondía Ana
  • Y que la policía anda perdida y piden nuestro relevo. Esto es demasiado -
  • Creo que esto solo entorpece la investigación, que de por sí es ya bastante complicada -
  • ¿De donde ha salido ese pedazo de carne al que le gusta jugar al periodismo sensacionalista? -
  • Están alojados en el hotel de mi padre -
  • Deberías hablar con él, quizás pueda contarnos algo que nos ayude a parar los pies a esa rubia -

Ana solo asentía con la cabeza, sabía que Félix tenía razón, así que cogió su bolso y fue a visitar a Rafael, su padre.

  • Buenos días papá – dijo Ana
  • Buenos días cariño. ¿ocurre algo? - preguntó Rafael
  • Sabes en que habitación está esa periodista que está hospedada aquí -
  • Ella en la habitación 205. Él en la 103. Pero ninguno de los dos está ahora ahí-
  • Perfecto – dijo Ana mientras subía por las escaleras al primer piso -
  • No hagas ninguna tontería – Gritaba desde abajo Rafael.

Ya en la habitación 205, Ana miraba por los cajones en busca de algo que le permitiese chantajear a la periodista, pero no encontraba nada. De pronto, en una maleta encontró una fotografía antigua y Ana exclamó un No puede ser.

Mientras, Félix había vuelto a los campos de heno al borde del precipicio donde había aparecido la chica muerta, Sabía que tenía que haber más pistas que no habían encontrado aún. De repente vio en el suelo algo que brillaba. Se agachó y lo cogió. Era como una piedra preciosa con un escudo grabado en relieve sobre ella. Félix metió la piedra en su bolsillo y siguió observando, pero por más que miraba no encontraba nada.

Más tarde, en la comisaria Félix observaba minuciosamente el escudo grabado sobre la piedra. De pronto Ana entró gritando

    • ¡Lo tenemos! - gritaba Ana nerviosa a la par que contenta mientras andaba hacía Félix
    • ¿Que tenemos? - respondía Félix
    • Observa esto - Dijo Ana mientras le daba la antigua fotografía a Félix
    • Perfecto, un militar con cara de pocos amigos y una niña rubia a su lado -
    • Fijate bien. ¿Quien es el militar? -
    • ¡Hostia! ¡es el general Pardo! - dijo sorprendido Félix
    • Efectivamente, y la niña a su lado es su hija. Y casualmente es la periodista de esta mañana -

El general Pardo era un antiguo mando en la época de la dictadura que fue famoso por sus torturas, muertes y desapariciones de todo aquel contrario al régimen. Su hazaña más sangrienta fue la noche del 24 de Diciembre de 1952, cuando entró por sorpresa a un viejo bar donde los jóvenes celebraban la Navidad y uno a uno fue matando con un tiro en la frente a todo aquel que se encontraba allí. En total 45 personas muertas. Tras esa noche, el general desapareció para siempre y nunca nadie supo donde se encontraba.

    • Creo que esta señorita va a tener mucho que contarnos – dijo Félix con una sonrisa en su boca

Félix cogió su petaca y dio un trago largo mirando fijamente a Ana

    • Traed a esa periodista, que vamos a darle unos consejos. Y ya de paso, traed a María, no me fio de ella, esconde algo – dijo Félix.

Un par de horas después apareció María. Félix, de forma muy educada abrió la puerta de la sala de interrogatorios y ofreció asiento a María.

    • Bien, lo primero que le diré es que hay algo en toda esta historia que no me encaja, y no sé por qué usted sabe más de lo que cuenta – dijo Félix
    • Es usted un poco recalcitrante – respondió Ana
    • O usted una embustera. ¿De que conocía a la chica que apareció muerta? -
    • Ya le dije que no la conocía de nada, pero usted está obsesionado -
    • No me lo creo, no me creo que si usted cuida a Nem no supiese quien era esa chica. ¡Por dios, tenía toda una pared empapelada con sus fotos! -
    • Yo no entro en la vida privada de nadie, suficiente tengo con la mía -

Así estuvieron ambos cerca de dos horas, dos horas en las que Félix no dejaba de atacar con una batería de preguntas y ella no dejaba de contestar que no conocía de nada a esa chica, y que ni siquiera sabía como era. Tras ese tiempo, ella se levantó y cansada se marchó. Justo en el momento en el que María se marchaba entraba por la puerta de la comisaría la periodista.

    • ¡Por fin! ¡mi gran amiga! Tome asiento por favor – dijo Félix
    • ¿Usted es? -
    • Puede llamarme Félix, señorita Pardo -
    • Se equivoca, mi apellido es García -
    • Yo creo que no – dijo Félix mientras le enseñaba la fotografía
    • ¡Joder! -
    • Creo que no solo va a dejar de meterse donde no le importa sino que va a tener que decirnos donde está su padre -
    • No tengo ni la más mínima idea -
    • Ya está anocheciendo y presiento que la noche va a ser larga. Póngase cómoda – dijo con una sonrisa Félix.
      ...



Ya con la noche cerrada, en una vieja mecedora de mimbre estaba sentada María en su salón, con la luz tenue y con una vieja radio de los años 50. En ella sonaba Gloomy Sunday cantada por la melancólica voz de Billie Holiday. María miraba al techo pensativa, como si buscase en sus pensamientos algo olvidado. De pronto, metió la mano en el bolsillo de la rebeca que llevaba puesta y sacó una fotografía. La miró fijamente y en silencio suspiró con cierta preocupación. En dicha fotografía se podía ver a la chica que había aparecido muerta.

domingo, 20 de mayo de 2018

Capitulo 5: El funeral


Félix apareció por comisaria con el ojo morado, despeinado y con la camisa sucia. Todos miraban según pasaba a su lado, pero nadie se atrevía a decir nada. Nadie menos Ana, que empezaba a estar harta de su nuevo compañero.

  • ¿Que te ha ocurrido? - preguntó Ana
  • Nada, debió de meterse un mosquito dentro del ojo y me picó -
  • Pues ten cuidado, no vaya a ser que ese mosquito te haya chupado mucha sangre y luego se lo venda a la cantina como si fuese vino -
Ahí Félix ya se dió cuenta que Tomás había llamado por teléfono a la comisaria y lo había contado todo. Se dió la vuelta y se marchó a casa de Maria. Una vez allí, aporreó la puerta hasta que Maria abrió. Pidió permiso para entrar y una vez dentro empezó a preguntar.

  • ¿Conoce a la chica que asesinaron? - Preguntó Félix
  • Ya le dije que no, que no la conocía de nada -
  • Pero sin embargo usted cuida de Nem ¿no es así? -
  • Si, ¿que tiene que ver eso con la chica asesinada?
  • Encontramos en la casa de Nem una pared llena de fotografías de la chica, y sinceramente no me creo que si usted siempre está pendiente de él no lo supiese -
  • Bueno, él ya es mayor, yo no tengo por qué saber todo -
  • ¿Me puede decir por qué Nem se pasa el día entero en el cementerio? -
  • Nem ayuda al enterrador, le ayuda a estar más cerca de sus padres -
  • ¿Y que hacía Nem en el campo de heno el día que encontró a la victima? -
  • Eso mejor debería preguntárselo a él, ya le dije que yo no tengo porque saber todo lo que hace -
  • De acuerdo, me marcho, pero sepa usted que sé perfectamente que me está ocultando algo, y sepa también que sea lo que sea, acabaré por descubrirlo -
  • Que tenga suerte – Mientras abría la puerta de la casa

Mientras, en comisaria Ana repasaba las notas y las pistas encontradas, y se preguntaba el por qué esa obsesión de Nem por la victima. En ese momento entró Félix apresurado, nervioso. Dió orden que le buscasen la dirección del enterrador, pero alguien sugirió que por qué no lo buscaba en el cementerio. Félix estalló, empezó a gritar. Ana le chilló aún más para que se callase, y cuando ya se había callado le dijo que al día siguiente iban a enterrar a la pobre chica.

  • ¿Y la causa de la muerte? - Preguntó sorprendido Félix
  • Bueno, el informe de la autopsia no llegará hasta dentro de una semana – respondió Ana
  • Todo esto está yendo muy despacio. ¿Es que en este maldito pueblo nadie sabe darse prisa? -
  • Félix, bienvenido a Rondom, aquí nunca ocurre nada -
  • Este pueblo parece sacado de una maldita alcantarilla infectada de ratas -
  • Bueno, ya sabes, siempre puedes marcharte -

Félix solo murmuraba, enfadado, pero sin levantar la voz. Luego le dijo a Ana que cogiese sus cosas, que iban al cementerio. Una vez llegaron allí se encontraron a un hombre corpulento, con barba larga, vestido de negro. Se acercaron a él.

  • Buenos días – dijo Félix mientras enseñaba la placa
  • Buenos días. ¿Que necesitan? ¿Unas flores? ¿Una bonita lapida? -
  • Queríamos hacerle unas preguntas sobre Nem – dijo Ana
  • Oh, el pobre Nem, hoy no ha venido por aquí, ha faltado a su cita diaria -
  • ¿Que hace Nem por aquí cada día? – preguntó Félix
  • Ayudarme, yo solo no puedo con los muertos -
  • ¿Y cuanto dinero recibe por ello? -
  • La voluntad, lo que quieran darle los familiares del fallecido. Aquí todo el mundo le conoce -
  • ¿De quien es esa tumba? - preguntó Félix señalando la tumba que miraba Nem cuando fueron a visitarle al cementerio
  • Ahí están enterrados sus padres y su hermano -
  • ¿Su hermano? - preguntó con asombro Ana
  • Si, falleció siendo un niño, un golpe en la cabeza. Un accidente. Aqui todo el mundo lo sintió mucho, era muy querido -
  • ¿Y como fue ese accidente? - preguntó Félix
  • No lo sé muy bien. Se dice que estaban jugando Nem y él y de repente se pelearon, se empujaron y al caer al suelo se golpeó la cabeza contra una piedra. Se dice eso, pero lo cierto es que no se sabe con certeza. Si le soy sincero a mi eso no me parecía un golpe de piedra. Yo he enterrado a más de una persona fallecida por un mal golpe, y por lo que yo ví, eso no era un golpe contra una piedra, era diferente -
Félix y Ana empezaban a ver que había muchas dudas, y la vida de Nem empezaba a ser demasiado misteriosa. De repente el enterrador interrumpió.

  • ¿Saben ya quien era la pobre chica? -
  • No, aún no -
  • Pues si no lo saben entonces no era de por aquí. Por estas tierras todos se conocen. Aquí no existe la intimidad. Sin ir más lejos hay alguien que desde lo lejos lleva observándoles desde que han llegado -
Félix y Ana se dieron la vuelta y vieron a lo lejos a un viejo hombre barbudo, vestido de granjero, observando desde lo alto de una colina. Cuando vió que tanto Ana como Félix se giraban para mirarlo, el misterioso hombre se giró y se marchó tranquilamente.

Ya en comisaria, Félix escribía en la pizarra de pared algunas notas, y señalaba con cierto interés la palabra “Hermano”. Pensativo, llamó de un grito a Ana, y esta que estaba en el cuarto contiguo apareció enseguida.

  • Tú naciste aquí ¿Verdad?- Preguntó Félix a Ana
  • Si, pero si me vas a preguntar por el hermano de Nem, te diré que no, no sabía de su existencia. De pequeña me crié con mi abuela, que vivía en una pequeña casa a las afueras y estaba un poco desconectada del mundo-
  • ¿Tan desconectada como para no saber que Nem tenía un hermano?
  • Tan desconectada, así es-
  • Bueno, recoge tus cosas, es tarde y mañana nos espera un día duro- Dijo Félix.

El día siguiente amaneció soleado, quizás más soleado de lo común. Desde bien temprano estaban Ana y Félix esperando en el cementerio, no había nadie más, nadie quiso acercarse al funeral de aquella chica desconocida que había revuelto tanto la tranquila vida del pueblo donde nunca ocurría nada. De pronto a lo lejos apareció el enterrador acompañado de un joven muchacho de unos dieciséis años.

  • He tenido que buscarme a un ayudante- dijo el enterrador
  • No me lo diga. Usted solo no puede con los muertos- dijo Félix
  • Me parecía de mala educación pedirle a usted que me ayudase a cargar con el ataúd-
  • No me pagan por ello- respondió tajante Félix
    ...




De pronto apareció a lo lejos un viejo caballo con un carro de madera de esos que se usan para transportar alfalfa, y en dicho carro iba el ataúd. El carro iba guiado por un viejo hombre, seguramente alguien que vive del campo que por algunas monedas se habría prestado a portar el ataúd en su carro.

El ataúd era negro como el carbón, y sobre la tapa escrito con tiza ponía “mujer desconocida”. El carro se paró frente a Félix y Ana, y enseguida el enterrador con ayuda del muchacho y el viejo del carro bajaron el ataúd y lo posaron en el suelo paralelo a la fosa. Allí nadie decía nada, el silencio era tan inmenso que se podía escuchar hasta los gusanos que se comían al resto de los muertos que estaban bajo sus pies. Que triste resultaba morir y apenas nadie fuese a despedirte. Que triste resultaba morir y que te enterrasen sin saber quien eras. Que triste es esta vida.

De pronto un gran trueno sonó, dejando a todos paralizados como estatuas de piedra. Comenzó a llover, porque quizás las nubes estaban llorando lo que los demás no habían querido llorar, y quizás esa tierra empapada guardaría las lágrimas y con ellas los secretos de su vida. Y mientras esa lluvia caía, el ataúd comenzó a descender poco a poco, despacio, sin prisas, por el foso, como si en el fondo esa pobre chica desconocida no quisiese descender, conocedora que una vez que descendiese jamás volvería a estar cerca de las personas que un día la quisieron. Pero era inevitable, y finalmente descendió para no volver jamás.

Mientras el enterrador cerraba ese maldito agujero con una lapida sin nombre, Ana tuvo una extraña necesidad de darse girarse, y al hacerlo, vio a lo lejos de nuevo al granjero misterioso, mirando sin expresión facial alguna, pero resbalando una amarga lágrima por su mejilla.

domingo, 29 de abril de 2018

Capitulo 4: Nem


Cuando piensas que las cosas no se pueden complicar más, acaban siendo aún más complicadas. Y así fue, las cosas se complicaron y mucho. En mitad del forcejeo el corazón de Nem empezó a latir más rápido de lo normal, en cuestión de segundos se colapsó. Nem estaba sufriendo un infarto, y veía como su vida se le apagaba poco a poco con un intenso dolor en el centro del pecho. Félix se quedó paralizado, y Ana supo reaccionar al instante, cogió su teléfono móvil y llamó a una ambulancia, la cual no tardó mucho. Pobre Nem, un gordo patán tumbado en una camilla con su camiseta de Marlboro empapada en sudor y tan solo escuchando unas sirenas y de vez en cuando el ruido que hace el desfibrilador.

Mientras, en la puerta de la casa, Ana seguía impactada por lo ocurrido, mientras que Félix tranquilamente daba un trago de su petaca y miraba fijamente la puerta de la casa de Nem.

  • Creo que deberíamos entrar en la casa – dijo Félix
  • ¿Como puedes pensar en eso? - preguntó Ana
  • Nadie nos va a ver, ademas ese inútil tenía una fotografía de la victima – dijo Félix
  • No pienso hacerlo – dijo Ana
  • Pues ya lo hemos hecho – dijo Félix pegando una patada a la puerta abriendola

Ana siguió a Félix al interior de la casa, aunque no estaba muy de acuerdo con lo que Félix acaba de hacer. Una vez dentro observaron una casa sucia, oscura, desordenada, con platos sucios encima de la mesa, con el baño con moho por las paredes, y con una pared llena de fotografías de la victima. Estaba claro que Nem escondía algo, algo que que no había querido contar.

Félix y Ana salieron deprisa de la casa, sabían a quién acudir, a la persona que había criado a Nem desde que este perdió a sus padres, su vecina Maria. Golpearon la puerta de su casa con los nudillos de la mano, y Maria no tardó en abrir.

  • ¿Que ocurre? - preguntó Maria
  • ¿Que sabe usted de la chica que apareció muerta? - preguntó Félix
  • No sé quién es. Supongo que no sería de por aquí – respondió Maria
  • Si sabe o recuerda algo, no dude en ponerse en contacto con nosotros – dijo Ana
  • No se preocupe, tenga por seguro que lo haré, pero desgraciadamente no se nada de esa chica – dijo Maria


En el hospital Nem estaba entubado y rodeado de cables, pero al menos seguía vivo. Había tenido suerte, o quizás no tanta, porque seguir vivo implicaba que la policía esperaba a su recuperación para hacer más de una pregunta incomoda. Nem sabía demasiado, y parecía que el infarto le había hecho ganar algo de tiempo ante lo que parecía inevitable. Pero Nem no era consciente de ello, se encontraba sumergido en un coma inducido, sin sentir ni padecer.

Mientras Félix y Ana seguían intentando armar el puzzle con las pocas piezas que tenían, era como buscar un grano de arena concreto en mitad de una playa. ¿Por qué Nem tenía todas esas fotografías en su casa? ¿Conocía a la victima? ¿Fué él el asesino?. Estas preguntas y más no hacían más que dar vueltas en las cabezas de ambos.

Nem, nació en Rondom. Hijo de padres inmigrantes provenientes de Albania, pronto se interesó por la entomología. Cualquier bicho que encontraba lo encerraba en un pequeño tarro de cristal y lo dejaba allí hasta que moría, y así de esa manera luego podía estudiar su morfología y sus características con detenimiento. Aunque parezca increíble, Nem de pequeño era delgado, muy delgado. Pero cuando tenía ocho años, una noche de regreso de una boda, el coche en el que viajaban sus padres y él se salió de la carretera y dio varias vueltas de campana. Ambos padres murieron en el acto, Nem tuvo mejor suerte y salió despedido cayendo sobre un nido de matorrales que amortiguaron el golpe. Al ser sus padres inmigrantes no había nadie que se pudiese hacer cargo de Nem. Se había quedado huerfano y solo, con tan solo ocho años. Afortunadamente, su vecina Maria, quizás por pena, se hizo cargo de él. Eso no evitó que Nem sufriera de una depresión constante y que solo se encontrase feliz comiendo. A partir de entonces Nem pasó a ser de un delgaducho a un gordo.

Sobre Maria poco se puede decir. Vivió su juventud en Estados Unidos, su padre había marchado allí en busca de una vida mejor. Maria allí se enamoró de un chico de ojos claros y pelo oscuro, y decidieron casarse, pero un mes antes de celebrarse la boda a él lo mandaron a luchar a la Batalla de Normandía. Nunca regresó, al menos con vida. Desde entonces Maria le prometió amor eterno, nunca más estuvo con algún otro varón, y decidió volver a su país natal para pasar el resto de su vida. Y de esta manera acabó en Rondom.

Félix ya en comisaria intentaba unir en una pizarra blanca las pocas pruebas que tenían. Un pequeño papel con una frase en latín, una vieja caja de metal para cebos de pesca, y un jodido loco con un montón de fotografías de la victima colgadas en la pared de su casa. Pero nada encajaba. Félix se quedó mirando a la caja de metal y decidió que si esa caja era de cebos de pesca obviamente tendría que hablar con los pescadores, y los pescadores solo podían encontrarse en tres lugares, en el puerto, en La vieja cantina de las musarañas, o en el prostíbulo asqueroso, La estrella. Creo que sería más fácil empezar por la cantina, allí van a desayunar cada mañana todos los pescadores. Así que en un descuido, se montó el solo en su coche, sin avisar a Ana, y se marchó a la cantina. Allí estaba solo Tomás. Félix se acercó a la barra y pidió un vino. Mientras Tomás se lo servía Félix sacó la fotografía que le había quitado de la mano a Nem, y le preguntó si conocía a la chica de la fotografía. Tomás se quedó pensando y dijo que no, que jamás la había visto antes. Félix se bebió el vino de un trago y pidió otro,

    • ¿Como es Nem? - preguntó Félix
    • Un pobre desgraciado que siempre está metiéndose en problemas -
    • ¿A que se dedica? - seguía preguntando Félix
    • A nada decente. A veces roba en los campos, otras veces roba flores de las tumbas del cementerio y luego las vende y otras veces engaña a alguien para que le preste dinero. Nada decente -
Por esos momentos el alcohol empezaba a subir a la cabeza de Félix, que volvía a pedir otro vino, y luego otro vino más, y luego otro más. Y obviamente a Félix se le empezaba a ir la lengua.

    • No me extraña que hayan matado a alguien en este pueblo. Con la mierda de vino que sirves yo también desearía estar muerto – dijo Félix
    • Creo que debería marcharse – respondió Tomás
    • Yo creo que tú mataste a esa chica para poder exprimir su sangre y así venderla como si fuese vino – seguía insistiendo Félix
    • Por favor, márchese, no me haga que se lo diga de otra manera menos educada – seguía insistiendo Tomás
    • Te la ponía dura ¿eh? Te hubiese gustado follartela, incluso cuando ya estaba muerta ¿verdad? -

Ahí la paciencia de Tomás se agotó y de un salto por encima de la barra acertó a pegar un puñetazo al ojo de Tomás que no solo lo dejó morado sino que a él lo dejó inconsciente.


domingo, 22 de abril de 2018

Capitulo 3: El secreto


El olor a café recién hecho, a tostadas, a bollería recién horneada es quizás el mejor despertador que puede existir, excepto si cuando despiertas estás nadando en un mar de vómitos y apenas recuerdas que ocurrió la noche anterior. Ana lo sabía, y en el mismo instante en el que el aroma a café penetró por sus fosas nasales, solo acertó con una arcada seca y sonora a volver a vomitar sobre la alfombra. El hecho de que vomitase en la habitación del hotel no le ocasionaba mayor problema, el hotel era de su padre, realmente el problema era que estaba vomitada de pies a cabeza, y no tenía ropa para cambiarse. Así que sin dudarlo bajó a la recepción del hotel, saludó sin mirar a la recepcionista y se marchó. La cara de la recepcionista y de las personas con las que se cruzaba por los pasillos y recepción eran dignas de un programa televisivo de cámara oculta. Excepto la del pequeño niño gordito que se encontraba con sus padres allí, que del asco que sintió acabó también vomitando.

Pasaron unas horas, y Ana ya duchada y cambiada de ropa decidió volver al escenario del crimen. Allí observaba en busca de alguna pista que se le hubiese podido escapar, pero nada parecía fuera de lo normal. De repente a lo lejos y levantando una nube de polvo apareció un viejo coche negro, parando al borde del camino a la altura de Ana. Del coche se bajó un hombre alto y delgado y sin afeitar. Vestía una americana manchada y una camisa blanca arrugada y por fuera del pantalón. Se paró fijamente a mirar desde la lejanía a Ana.

  • Novata – murmuró

Ana no dejaba de mirar al suelo, sabía que algo se le escapaba. El hombre, al advertir que Ana no le había visto o le estaba ignorando, decidió llamar su atención.

  • Me han dicho que estaría aquí – dijo gritando
  • No sería muy difícil de averiguar. ¿A que debo esta grata visita? - Respondió gritando también Ana
  • Bueno, creo que vamos a tener que aguantarnos los pedos. Soy su nuevo compañero. ¿Un trago? - Dijo gritando mientras enseñaba una petaca que acaba de sacarse del bolsillo de su americana
  • No gracias, creo que ya he tenido suficiente por lo que queda de siglo -

Ana se acercó hasta ese hombre, que no paraba de beber de su petaca, y dió cordialmente la mano a modo de saludo.

  • Soy Ana -
  • Yo Félix. ¿Ha interrogado al hombre que encontró el cadáver? -
  • ¿Para qué? Es un chico de fiar -
  • Y un sospechoso también -
Ana frunció el ceño, empezaba a no gustarle que aquel hombre al cual no conocía se metiese en sus asuntos.

  • ¿Siempre es así? - preguntó Ana
  • Dependiendo de lo sobrio que esté. Hoy ha tenido suerte conmigo -
  • Oh gracias -

Inmediatamente ambos subieron a sus respectivos coches y fueron en dirección de la casa de Nem. A mitad de camino Ana pinchó una sus ruedas, así que paró el motor y se puso a cambiarla. A menos de un metro estaba de pie Félix, observando y sin parar de beber de su petaca.

  • No vas a poder cambiarla – Dijo Félix
  • Perdona, no es la primera vez que cambio una rueda -
  • Claro, claro. No lo dudo -
Félix tenía razón, en cuando Ana elevó el coche, no podía aflojar los tornillos de la rueda ya que esta giraba.

  • Te lo advertí – Dijo Félix – Tendrías que haber aflojado los tornillos con la rueda apoyada en suelo -
Ana ya no podía más, pero decidió ignorarlo. Volvió a bajar el coche y apoyando la rueda en el suelo ya pudo aflojar los tornillos. Mientras Félix esperaba en el interior de su coche comiendo un bollo.

Ana pensaba que Félix era un maldito egocéntrico. Félix pensaba que Ana era una inútil. Pero lo cierto es que daba lo mismo lo que opinase el uno del otro, al final iban a tener que trabajar justos.

Terminada de cambiar la rueda, ambos en sus respectivos coches continuaron el camino hacia la casa de Nem. Una vez llegaron, empezaron a tocar el timbre, pero nadie abría la puerta. De repente de la casa contigua salió una mujer anciana.

  • No os molestéis, no está en casa. De hecho nunca está en casa- dijo la mujer anciana
  • ¿Quién es usted? - preguntó Félix
  • Es Maria, la vecina de Nem – respondió Ana
  • La vecina y su segunda madre, porque si no fuese por mi ese muchacho estaría ya muerto – dijo Maria
  • ¿Y donde suele estar Nem? - preguntó Félix a Maria
  • Dejalo, no molestes más a Maria – dijo Ana
  • En el cementerio, siempre está en el cementerio – respondió Maria
Ambos montaron en el coche y apenas sin despedirse de Maria fueron directos al cementerio. Cuando llegaron allí se encontraron a Nem frente a una de las tumbas, con la mirada perdida. Al ver que tanto Ana como Félix se acercaban a él, salió corriendo. De nada sirvió que Ana y Félix corriesen detrás de él, Nem se conocía todos y cada uno de los rincones secretos del cementerio, así que en cuestión de segundos había desaparecido. Ana no le daba mucha importancia, pero Félix le daba demasiada. ¿Por que Nem había corrido al ver acercarse a la policía? ¿Que es lo que escondía? ¿Sabía algo que no debía saber?. Era obvio que Félix empezaba a darse cuenta que algo estaba ocurriendo y que por la inexperiencia de Ana se estaba escapando.

Pasaron las horas y decidieron hacer guardia frente a la casa de Nem, Félix sabía que antes o después regresaría, y al caer la noche eso fue lo que ocurrió, Nem regresó para dormir en su casa. Justo en ese momento Félix salió corriendo de su casa y se abalanzó sobre él dejándolo inmóvil en el suelo. En ese instante Félix vió que Nem escondía algo en el interior de su mano. Félix forzó la mano hasta que la abrió, y descubrió una fotografía de la chica que había aparecido muerta.


Temporada 2 Capitulo 18: Nunca me olvides

Félix estaba cansado, muy cansado, la noche había sido larga, pero fructífera. Por fin tenía la localización del almacén donde se guardaba...