domingo, 29 de julio de 2018

Capitulo 10: Palabra de Dios


Era de noche, ahí estaban Félix y Ana mirando el cadáver de Nem estampado contra el suelo. El impacto había sido tan fuerte que la barriga había reventado y las grasas se habían esparcido como un gotelé. Pobre desgraciado, su muerte había sido tan ridícula como lo había sido su vida. Félix no paraba de mirarlo y murmurar quejándose, sabía que habían perdido una oportunidad importante de averiguar datos de Míriam. Nunca podría saber ya por qué tenía la pared de su casa empapelada con fotografías de la chica asesinada. Ana también lo sabía. Ambos se fueron a dormir cada uno a su casa, les esperaba un día duro.

A la mañana siguiente Félix llegó temprano a la comisaria, se sentó en su silla con el ordenador y empezó a repasar cuidadosamente en informe con todos los datos y pistas que habían conseguido reunir hasta la fecha. De pronto llegó Ana.

  • Nos hemos olvidado de algo – dijo Félix sin esperar a que Ana se acomodase - ¿Quien es la persona idónea para guardar un secreto y que aún no hemos hablado con él?- preguntó Félix
  • El párroco del pueblo – respondió Ana
  • ¡Exacto!. Seguro que si Miriam no fue a hablar con él al menos seguro que
  • alguien que sabe más que nosotros si lo hizo. Todos necesitamos que el señor nos perdone los pecados – dijo Félix
  • ¿Tú crees que iría Nem? - preguntó Ana
  • No lo se, pero solo hay una manera de averiguarlo.¿Como se va a la iglesia? - preguntó Félix
  • Tienes que tomar la carretera la carretera hacía la isla Cordero, al sudeste. Está tras traspasar las barreras que unen una isla con otra – respondió Ana
  • Pues no hay tiempo que perder – dijo Félix mientras cogía su americana

Ambos fueron en coche, traspasaron las barreras. A cada lado se veían asomar grandes barcos hundidos pertenecientes a la guerra. Por fin llegaron a la iglesia. Era una pequeña iglesia de fachada blanca y lineas rojas marcando los limites de la misma. La fachada tenía un pequeño campanario. Ambos entraron al interior de la iglesia, su techo era curvo, abovedado, con pinturas en el techo solo a la altura del altar. El altar era de piedra blanca, pequeño y carente de riquezas. De pronto, el padre Pedro salió de una puerta.

- ¡Ana! ¡que sorpresa! Hace años que no pisas la casa del señor - dijo el padre Pedro
- Bueno, ya sabe padre que yo no soy muy religiosa – contestó Ana

- ¿Y que te trae por aquí -
- Es por la chica que asesinaron -
- Oh, una pena. Ahora está ahí arriba con el señor -
- Más que arriba está abajo, bajo tierra – dijo murmurando Félix
- Perdone. ¿Decía usted algo? - preguntó el padre Pedro
- No, padre, que si, que afortunadamente el señor estará con ella a su lado – contestó Félix
- El señor siempre está al lado de todos nosotros -
- ¿Vino esa chica hablar con usted, padre? - preguntó Ana
- No querida, desconozco quien era – contestó el padre Pedro
- ¿Y Nem?, ¿Nem vino a hablar con usted, padre? - preguntó de nuevo Ana
  • Nem si, si que vino. Nem venía muchas veces, aunque más que a confesarse venía a robar el dinero del cestillo y a beberse todo el vino que podía – respondió el padre Pedro.
  • ¿Seguro que la chica no vino nunca? - preguntó Félix desconfiando de lo que decía el padre Pedro.
  • Seguro hijo, aquí viene mucha gente, la casa del señor siempre está abierta para quien quiera venir, pero esa chica jamás pisó nunca este suelo sagrado-
  • Si recuerda algo o alguien que haya venido y que no recuerde ni dude en llamarnos, quizás nos sirva de mucha ayuda – dijo Ana despidiéndose
Descuida hija, lo haré -

Ambos subieron al coche. Félix no terminaba de confiar en el padre Pedro, a decir verdad Félix ya no confiaba en nadie, tenía la sensación de que en ese pueblo todo el mundo estaba mintiendo. De repente sonó el teléfono móvil de Ana, era Tomás, quería hablar con ellos, pero no en su cantina, sino un sitio más discreto, un lugar donde nadie conocido pudiese verlos hablar juntos. Quedaron en La Taberna de Alberto, una vieja taberna de madera con la barra a la derecha y unas sillas con sillones al fondo junto a una chimenea. Allí estaban los tres, y Tomás empezó a confesar.

  • Tuve un romance hace meses con Míriam. No fue nada importante, un desliz, pero mi mujer nos pilló. Es muy celosa, así que juró que si volvía a pisar la cantina mataría a esa chica – dijo Tomás
Pero usted dijo que no conocía a la chica – dijo enfadado Félix
Mentí. Me jugaba el matrimonio. Tuve que mentir, pero ya no soporto más esta mentira -
  • - ¿Volvió a ver a Míriam después de ese romance? - preguntó Félix
  • Si, hace un par de semanas, quizás tres, volvió por aquí. Buscaba trabajo, el padre Pedro le había dicho que viniese a hablar conmigo, que se lo debía. Tuve que decir que se marchase, que no tenía trabajo para ella y que si Carmen nos pillaba me iba a matar a mi y a ella también -
  • ¡Pero si el padre Pedro nos ha dicho que nunca había visto a la chica!. ¿Pero es que en este pueblo nadie dice la verdad? - preguntó muy enfadado Félix
  • ¿Sabes luego que hizo? - preguntó Ana más calmada
  • Fue a La estrella, el prostíbulo, a pedir trabajo allí. Ya no volví a saber de ella hasta que apareció muerta – respondió Tomas.
  • ¡Joder! Al prostíbulo no – dijo con preocupación Ana





domingo, 8 de julio de 2018

Capitulo 9: La biblioteca de Alejandría


Era temprano, el sol empezaba a asomar por el fina y afilada linea del horizonte del mar. Las olas rompían con fuerza en la orilla y el viento corría leve y suavemente. Era ese momento en el que a la par que asoma el sol baja bruscamente la temperatura y hace frio, un frio helador. En la arena, tumbados y agotados estaban Félix y Ana, aún preguntándose como podía haber escapado ella de lo que era una muerte segura. Aún con la emoción, con la adrenalina en sus cotas más altas, comentaban la gran hazaña vivida.

  • Te lo juro, aquello era enorme. Miles y miles de estanterías – Decía Ana con una sonrisa en la boca
  • Era imposible encontrar la lista de los veteranos – contestaba Félix
  • Si, aquello parecía la biblioteca de Alejandría. Aún así encontré una caja con documentos que estoy seguro que era algo que nos hubiese servido de mucha ayuda -
  • ¿No hubo ninguna manera de haberlo cogido? - preguntó Félix
  • ¡Que va! Si cuando lo tenía en mis manos de repente se abrió la puerta y apareció ese viejo barbudo. Ahí ya salí corriendo como pude y salté por la ventana. Tuve mala suerte, el teléfono móvil se cayó. Si lo encuentran sabrán que hemos estado allí dentro -
  • Habrá que volver -
  • ¡Estas loco!. ¿Sabes a quien vi con el viejo barbudo? -
  • Sorprendeme -
  • A Carmen, la mujer del Tomás -
  • ¿Tomás? -
  • Si, el dueño de la taberna de pescadores. El que te metió el puñetazo en el ojo -
  • Joder, aún me duele -
  • Pues estaba ella allí. Pertenece a los Reprobi -
  • Habrá que hablar con ella sin que sospeche de nosotros – contestó Félix

Ambos se levantaron, fueron hacia el coche y se marcharon a casa, había sido una noche dura.

Mientras, en el hospital, Maria había ido a visitar a Nem. Nerviosa, no paraba de hablar susurrando para que nadie escuchase lo que decía.

  • Lo has estropeado todo. ¿Como se te ocurre? - decía Maria susurrando
  • Lo siento, lo siento – respondía lloriqueando Nem
  • Solo se te ocurre a ti llenar la pared de fotografías de Miriam. Solo faltaba que pusieses un letrero en la entrada de tu casa en el que dijese Pasen y vean - decía enfadada Maria
  • Joder, lo sabes, sabes que estoy enamorado de ella -
  • Estabas. Es-ta-bas. Ella está muerta ¿o es que acaso esa mierda de corazón que tienes te ha hecho olvidar que está muerta? -

Nem no paraba de lloriquear como un niño pequeño, mientras Maria no paraba de quejarse con los ojos inyectados de sangre.

El sol ya caía, Félix y Ana se habían tomado el día de descanso, y por la noche habían quedado para cenar juntos en un restaurante. A la cena también iba asistir Rafael, el padre de Ana. Rafael había insistido en invitarlos a cenar para así conocer al nuevo compañero de su hija. En realidad Rafael le gustaría que su hija rehiciese su vida con alguien tras el dramático divorcio, y quizás Félix era una buena opción.

Primero llegó Félix, por primera vez arreglado, con la ropa limpia y planchada, oliendo a perfume caro. Por primera vez se había dejado la petaca en casa. Después llegó Ana, y el ultimo, Rafael. Pidieron, un buen vino, un buen plato de carne con guisantes y se pusieron a hablar.

  • ¿Y de donde habías dicho que venías? - preguntó Rafael
  • Bueno, en realidad en ningún momento dije de donde venía – dijo riéndose Félix
  • Viene de la capital – dijo Ana
  • Ah, de la capital. Pobrecito, has ido a caer en el pueblo más aburrido de todo el país, y mira que hay pueblos en los que podías haber acabado – dijo con sarcasmo Rafael.
  • Aburrido no lo definiría yo – contestó Félix
  • A mi me hubiese gustado ser policía, todo el día siguiendo a criminales. Pero pasó lo que pasó y al final para que a la niña no le faltase nada monté el hotel – dijo Rafael
  • Mamá murió cuando yo era una niña – se apresuró a explicar Ana
  • Vaya, lo siento mucho. Y creame, este trabajo está sobre valorado – dijo Félix mientras bebía un sorbo de vino

La noche fue avanzando y los tres se sumergieron en una larga conversación mezclada con los primeros efectos del vino. Finalmente terminaron de cenar, por un lado se marchó Rafael y por otro lado se marcharon Félix y Ana juntos.

  • Creo que tu padre es un buenazo. Me ha resultado simpático, y es complicado que alguien me resulte así, soy una persona muy cerrada – dijo sonriendo Félix
  • Con lo de mi madre lo pasó muy mal, pero siempre tenía una sonrisa para mi. Bueno, para mi y para mi hermana – dijo Ana
  • ¿Hermana? ¿tienes una hermana? - preguntó sorprendido Félix
  • Si, pero prefiero no hablar con ella. Hace años que no nos vemos – cortó bruscamente Ana

De pronto sonó el teléfono de Ana. Tras una breve conversación Ana colgó y se quedó pálida.

  • Era Silvia. Nem ha muerto. Se ha tirado por la ventana del hospital – dijo Ana


domingo, 24 de junio de 2018

Capitulo 8: El Ave Fénix



Era temprano, Félix y Ana estaban en el cementerio, a su lado, el enterrador sacaba de un hoyo en el suelo un pequeño ataúd blanco roído por el paso del tiempo. Sobre su tapa un placa de metal desgastada y oxidada en la que podía leerse a duras penas Míriam Rosales. El enterrador metió una palanca de hierro y abrió el ataúd. Dentro solo había dos sacos. Félix se apresuró a sacar una pequeña navaja de su bolsillo e incrustando su hoja sobre la tela de uno de los sacos procedió a rajarlo. De dentro solo salía arena. Era obvio que hacía doce años no habían enterrado a ninguna niña, y que durante todo este tiempo alguien se había asegurado que nadie descubriese la verdad. Pero Ana sabía a quien tenía que dirigirse, a la vieja granja del viejo Samuel.

Ya en el coche, Félix conducía por un camino polvoroso a través del campo mientras Ana a su lado le explicaba la historia de Míriam Rosales.

  • ¿Quién es esa Míriam? - preguntaba Félix
  • Míriam era una niña que vivía en la granja a la que nos dirigimos ahora. Con ocho años enfermó. Su padre, no tenía demasiados recursos así que la pobre niña acabó falleciendo – le explicaba Ana a Félix
  • ¿Y la madre de la niña -
  • No hay madre, nada más nacer se marchó dejando a Samuel abandonado con la niña. Samuel nunca ha querido hablar de ella, se quedó dolido -
  • Pero digo yo que se podrá encontrar en algún lugar a la madre -
  • Bueno, es complicado, nadie vio nunca esa mujer, y ya te dije que Samuel se
  • niega a hablar de ella -

Por fin el coche llegó a una vieja granja en el monte. En una vieja radio se escuchaba a Leadbelly.






De pronto de un viejo granero salió un viejo y barbudo granjero. El mismo granjero que desde lo lejos observaba a Félix y Ana en el cementerio. El mismo granjero que desde los lejos lloraba cuando enterraban a la chica desconocida.

  • Por fin han venido – dijo con voz grave Samuel
  • Bueno, veo que nos esperaba – dijo Félix
  • ¿Quieren un café? Pasen dentro y hablemos un rato, porque estoy seguro que ustedes no han venido aquí a dar de comer a los cerdos – dijo Samuel mientras invitaba a Félix y a Ana a entrar dentro de la granja

La granja era una casa humilde, de madera, con muebles rústicos y viejos, sobre ellos posaban viejas fotografías en blanco y negro. Del techo colgaba un viejo cable pelado y viejo que terminaba en una vieja bombilla que apenas iluminaba y que con la menor brisa de viento que se colase dentro del salón empezaba a balancearse como si de un péndulo se tratase. Félix y Ana se sentaron en un viejo sofá, Samuel mientras preparaba un café y se encendía una pipa. Sirvió los cafés en unas tazas de metal, de esas esmaltadas y descascarilladas en sus bordes. Se sentó en una mecedora y se dispuso a colaborar en todo lo que Félix y Ana necesitasen.

  • ¿Por qué? ¿Por qué simuló su muerte? - preguntaba Ana
  • No quería que nadie le hiciese daño. La gente miraban con pena a esa pobre niña, mira, por ahí va la huerfanita . No lo soportaba, ella tampoco – respondió Samuel
  • Pero si solo tenia ocho años. No podía ser consciente de eso -
  • ¿Usted cree?. Pasaba las noches llorando -
  • ¿Y su madre?- interrumpió Félix
  • Muerta – respondió Samuel de forma rotunda como si de un puñetazo en una mesa se tratase
  • ¿Donde estuvo Míriam durante todos estos años? - preguntó Ana
  • Aquí, estuvo aquí todo el tiempo. Nadie sube a este lugar. Estuvo aquí todo este tiempo escondida, hasta que hace unos meses decidió bajar al pueblo. Yo se lo advertí, le advertí que la gente solo le haría daño, pero ella no quiso escucharme, y ahora está muerta. Esta vez de verdad -

Félix miraba, observaba, pero no decía nada. Ana sin embargo no paraba de preguntar, y preguntar, y Samuel colaboraba respondiendo porque parecía que ya estaba cansado de guardar secretos.

  • Cuando bajó al pueblo ¿Sabe a donde fue su hija? ¿Con quien habló? - preguntó Ana.
  • No, no lo se. No se a donde fue ni con quien habló, y sinceramente ya me da lo mismo. Si me disculpan, aún tengo que dar de comer a los caballos, esos cabrones no perdonan su comida diaria -
DAR A STOP AL REPRODUCTOR DE MÚSICA

Félix y Ana subieron al coche y emprendieron rumbo a la comisaria. Por el camino repasaban todo lo que habían descubierto en los últimos días.

  • La chica fue violada, pero no hay restos de vello púbico ni nada que pueda dar el más mínimo rastro de ADN, por lo tanto, o bien quien cometió el crimen era un hombre que tomó muchas precauciones a la hora de abusar sexualmente de ella, o bien fue una mujer que usó un palo o cualquier otro objeto para violarla antes de cortarla el cuello – Decía Ana
  • Exacto, y la vieja piedra con el escudo grabado ya nos está diciendo que es miembro de los Reprobi. Creo que habrá que colarse esta noche por su sede y ver el listado de los veteranos – dijo Félix
  • Me coloré yo, soy más pequeña y delgada, y tú te quedaras fuera, nos mantendremos en contacto con el móvil -
  • De acuerdo, pero con cuidado, un paso en falso y como seas descubierta es tu sentencia de muerte. Además nadie entra allí, por lo tanto nadie sabrá que te han asesinado. Ten mucho cuidado -

Llegó la noche, y Ana abrió una ventana de la parte trasera del edificio de los Reprobi y se coló dentro. Era un gran cuarto con muchas estanterías y pasillos estrechos. En cada una de las estanterías había cientos de cajas con documentos. Ana estaba buscando y mientras hablaba por teléfono con Félix a través del móvil

  • Aquí hay muchas cajas, esto es como buscar un grano de arena en mitad de una playa – dijo susurrando Ana a través del teléfono.
  • Ve con cuidado. Mira bien las cajas, seguro que están clasificadas -
  • Aquí hay mucha porquería, y apenas veo nada, no hay casi luz -
  • Ayudate de la luz del móvil -
  • ¡Félix, aquí hay algo! -
  • ¿Que es? -
  • ¡Mierda! Se escucha ruido. Joder, se acaba de abrir la puerta. Hostia, hostia, hostia... -
  • Ana, sal de ahí, sal de ahí ahora mismo. ¿Ana? ¿Ana me escuchas? ¿Ana? -
Pero al otro lado del teléfono ya no respondía nadie.


domingo, 17 de junio de 2018

Capitulo 7: Dime quien eres


El sol asomaba tímidamente por la delgada linea del horizonte. Los primeros rayos de sol molestaban a los ojos de Félix, que había dormido en comisaria tras una larga noche de interrogatorios. De pronto, medio dormido, metió su mano en el bolsillo de su americana y sacó la piedra con el escudo grabado que encontró en la pradera de heno. Murmurando se puso a mirarla, y a preguntarse mentalmente que significaría ese escudo.

Mientras tanto Ana en su casa preparaba el desayuno a su hija, cuando de pronto sonó el teléfono. Era Félix. Ana protestaba, era demasiado temprano para que llamasen a su casa, Félix, pedía a Ana por favor que se diese prisa y fuese a comisaria lo antes posible.

Pasó una hora y Ana entró en comisaria enfadada, la llamada de Félix a esas horas le había molestado.

    • ¿A que tanta prisa? - preguntaba Ana
    • Tienes que ver esto, lo encontré donde asesinaron a la “chica de la costa” - decía Félix con cierta ironía mientras enseñaba a Ana la piedra con el escudo
    • Vaya, interesante -
    • No sé que significa el escudo -
    • Es el escudo de los Reprobi -
    • ¿Los Reprobi? - preguntó extrañado Félix
    • Si, los Reprobi son una rama de los masones, digamos que los más rebeldes, fueron repudiados por los propios miembros de la masonería y fundaron esta rama. Tienen su sede en el camino a la iglesia – dijo Ana
    • Pues quizás deberíamos hacerles una visita, a ver que nos cuentan -

Ambos fueron hasta allí. La sede de los Reprobi era un edificio de piedra, con dos pisos y grandes ventanales. Su puerta principal era alta y de madera, sobre ella estaba tallada en piedra el escudo de la institución. Félix golpeó con los nudillos la puerta. De pronto la puerta se abrió y asomó una larga barba un anciano desde el interior.

    • Inspector Lacueva e inspectora López – dijo Félix mientras enseñaba la placa
    • ¿En que puedo ayudarles ? - respondió el anciano
    • ¿Le es familiar esta piedra? -
    • Claro, es la piedra que llevan los veteranos -
    • ¿Veteranos? ¿solo son hombres? -
    • No señor, veteranos y veteranas. Aquí no despreciamos a nadie -
    • ¿Y tanto los veteranos como las veteranas llevan la misma piedra? -
    • Así es, aquí todos somos iguales -
    • ¿Podría darnos una lista de todos los veteranos y veteranas que forman parte de esta institución? -
    • Me temo que no, es secreto. Si no les importa, tengo cosas que hacer. Que tengan un buen día -

El anciano cerró la puerta y Félix se quedó con muchas dudas sin resolver. Ana miraba a Félix, y este solo acertó a decir una cosa, que esa noche tenían que entrar. Ana empezaba a acostumbrarse a las reacciones de Félix, así que solo asintió con la cabeza. De pronto, el teléfono móvil de Ana sonó. Era un mensaje.

    • Es Silvia. Nem ya ha salido del coma – dijo Ana
    • Perfecto, empieza el rock and roll -
    • No le agobies demasiado, aún está débil y nos arriesgamos a perderle -
    • ¿Yo? Por favor, sabes que yo respeto los tiempos – Dijo Félix con cierto sarcasmo

Mientras tanto Maria había ido al cementerio a hablar con el enterrador. Estaba muy nerviosa. Con ella iba su perro, un pequeño yorkshire con muy mal genio al que Maria llamaba Pluqui. De pronto Maria se encontró con el enterrador.

    • Buenos días. A ti te andaba yo buscando – Dijo Maria
    • Buenos días señora. ¿Que ocurre? -
    • Creo que estos días ha estado hablando con esos dos policías -
    • Cierto, así es. Vinieron a preguntar por Nem, y por la chica que enterramos hace dos días -
    • Creo que no hace falta que te recuerde que hablar demasiado puede hacer que lo lamentes ¿Verdad? - dijo Maria de forma amenazante
    • No señora, jamás les contaría su secreto -
    • Más te vale, porque no quiero ni un error -
    • Descuide señora -

Tras esto Maria y su perro se marcharon de allí, dejando al enterrador sudando y muerto de miedo. Fuese lo que fuese lo que Maria no quería que supiese la polícia sabía que el más mínimo paso en falso supondría la muerte. Mientras tanto, Félix y Ana ya habían llegado a la comisaria. De pronto Roberto, el superior de ambos, salió de su despacho.

    • Ya tenemos los resultados de la autopsia. La causa de la muerte no es ningun misterio, todos aquí sabemos que le cortaron el cuello. Pero hay dos cosas interesantes que revela la autopsia. La primera es que antes de morir fue violada de forma vaginal y anal, pero no se hallaron restos de ADN, por lo cual o usó preservativo o fue violada con un objeto. Pero lo más interesante del informe forense es la identificación del cadáver. Es Míriam Rosales – Dijo Roberto
    • No puede ser, es imposible – dijo Ana con la cara pálida
    • ¿Por qué es imposible? ¿Que ocurre? - preguntó Félix
    • Míriam Rosales lleva doce años muerta – respondió Ana

domingo, 10 de junio de 2018

Capitulo 6: Todos guardamos un secreto


Era temprano, Félix pegaba pequeños sorbos de su taza de café mientras cogía el mando a distancia de la televisión y le daba al botón de ON. Mientras, en la otro extremo del pueblo, Ana preparaba el desayuno a su hija y al igual que Félix también le daba al botón de ON. Ambos se quedaron de piedra al ver en la pantalla a la periodista que ya había estado fisgoneando el día que se encontró el cadáver. La periodista, mirando fijamente a la cámara, informaba sobre el funeral del día anterior.

  • Ayer fue enterrada el cuerpo de la que ya ha sido bautizada como La chica de la costa , de la cual aún desconocemos su identidad. La policía anda perdida y algunas voces piden ya un relevo de los agentes a cargo de la investigación.

Más tarde , Félix entraba gritando a comisaría mientras Ana miraba con preocupación.

  • ¿La chica de la costa? ¿Pero que coño es esto? - decía Félix muy enfadado
  • Lo sé, yo también lo vi esta mañana – respondía Ana
  • Y que la policía anda perdida y piden nuestro relevo. Esto es demasiado -
  • Creo que esto solo entorpece la investigación, que de por sí es ya bastante complicada -
  • ¿De donde ha salido ese pedazo de carne al que le gusta jugar al periodismo sensacionalista? -
  • Están alojados en el hotel de mi padre -
  • Deberías hablar con él, quizás pueda contarnos algo que nos ayude a parar los pies a esa rubia -

Ana solo asentía con la cabeza, sabía que Félix tenía razón, así que cogió su bolso y fue a visitar a Rafael, su padre.

  • Buenos días papá – dijo Ana
  • Buenos días cariño. ¿ocurre algo? - preguntó Rafael
  • Sabes en que habitación está esa periodista que está hospedada aquí -
  • Ella en la habitación 205. Él en la 103. Pero ninguno de los dos está ahora ahí-
  • Perfecto – dijo Ana mientras subía por las escaleras al primer piso -
  • No hagas ninguna tontería – Gritaba desde abajo Rafael.

Ya en la habitación 205, Ana miraba por los cajones en busca de algo que le permitiese chantajear a la periodista, pero no encontraba nada. De pronto, en una maleta encontró una fotografía antigua y Ana exclamó un No puede ser.

Mientras, Félix había vuelto a los campos de heno al borde del precipicio donde había aparecido la chica muerta, Sabía que tenía que haber más pistas que no habían encontrado aún. De repente vio en el suelo algo que brillaba. Se agachó y lo cogió. Era como una piedra preciosa con un escudo grabado en relieve sobre ella. Félix metió la piedra en su bolsillo y siguió observando, pero por más que miraba no encontraba nada.

Más tarde, en la comisaria Félix observaba minuciosamente el escudo grabado sobre la piedra. De pronto Ana entró gritando

    • ¡Lo tenemos! - gritaba Ana nerviosa a la par que contenta mientras andaba hacía Félix
    • ¿Que tenemos? - respondía Félix
    • Observa esto - Dijo Ana mientras le daba la antigua fotografía a Félix
    • Perfecto, un militar con cara de pocos amigos y una niña rubia a su lado -
    • Fijate bien. ¿Quien es el militar? -
    • ¡Hostia! ¡es el general Pardo! - dijo sorprendido Félix
    • Efectivamente, y la niña a su lado es su hija. Y casualmente es la periodista de esta mañana -

El general Pardo era un antiguo mando en la época de la dictadura que fue famoso por sus torturas, muertes y desapariciones de todo aquel contrario al régimen. Su hazaña más sangrienta fue la noche del 24 de Diciembre de 1952, cuando entró por sorpresa a un viejo bar donde los jóvenes celebraban la Navidad y uno a uno fue matando con un tiro en la frente a todo aquel que se encontraba allí. En total 45 personas muertas. Tras esa noche, el general desapareció para siempre y nunca nadie supo donde se encontraba.

    • Creo que esta señorita va a tener mucho que contarnos – dijo Félix con una sonrisa en su boca

Félix cogió su petaca y dio un trago largo mirando fijamente a Ana

    • Traed a esa periodista, que vamos a darle unos consejos. Y ya de paso, traed a María, no me fio de ella, esconde algo – dijo Félix.

Un par de horas después apareció María. Félix, de forma muy educada abrió la puerta de la sala de interrogatorios y ofreció asiento a María.

    • Bien, lo primero que le diré es que hay algo en toda esta historia que no me encaja, y no sé por qué usted sabe más de lo que cuenta – dijo Félix
    • Es usted un poco recalcitrante – respondió Ana
    • O usted una embustera. ¿De que conocía a la chica que apareció muerta? -
    • Ya le dije que no la conocía de nada, pero usted está obsesionado -
    • No me lo creo, no me creo que si usted cuida a Nem no supiese quien era esa chica. ¡Por dios, tenía toda una pared empapelada con sus fotos! -
    • Yo no entro en la vida privada de nadie, suficiente tengo con la mía -

Así estuvieron ambos cerca de dos horas, dos horas en las que Félix no dejaba de atacar con una batería de preguntas y ella no dejaba de contestar que no conocía de nada a esa chica, y que ni siquiera sabía como era. Tras ese tiempo, ella se levantó y cansada se marchó. Justo en el momento en el que María se marchaba entraba por la puerta de la comisaría la periodista.

    • ¡Por fin! ¡mi gran amiga! Tome asiento por favor – dijo Félix
    • ¿Usted es? -
    • Puede llamarme Félix, señorita Pardo -
    • Se equivoca, mi apellido es García -
    • Yo creo que no – dijo Félix mientras le enseñaba la fotografía
    • ¡Joder! -
    • Creo que no solo va a dejar de meterse donde no le importa sino que va a tener que decirnos donde está su padre -
    • No tengo ni la más mínima idea -
    • Ya está anocheciendo y presiento que la noche va a ser larga. Póngase cómoda – dijo con una sonrisa Félix.
      ...



Ya con la noche cerrada, en una vieja mecedora de mimbre estaba sentada María en su salón, con la luz tenue y con una vieja radio de los años 50. En ella sonaba Gloomy Sunday cantada por la melancólica voz de Billie Holiday. María miraba al techo pensativa, como si buscase en sus pensamientos algo olvidado. De pronto, metió la mano en el bolsillo de la rebeca que llevaba puesta y sacó una fotografía. La miró fijamente y en silencio suspiró con cierta preocupación. En dicha fotografía se podía ver a la chica que había aparecido muerta.

domingo, 20 de mayo de 2018

Capitulo 5: El funeral


Félix apareció por comisaria con el ojo morado, despeinado y con la camisa sucia. Todos miraban según pasaba a su lado, pero nadie se atrevía a decir nada. Nadie menos Ana, que empezaba a estar harta de su nuevo compañero.

  • ¿Que te ha ocurrido? - preguntó Ana
  • Nada, debió de meterse un mosquito dentro del ojo y me picó -
  • Pues ten cuidado, no vaya a ser que ese mosquito te haya chupado mucha sangre y luego se lo venda a la cantina como si fuese vino -
Ahí Félix ya se dió cuenta que Tomás había llamado por teléfono a la comisaria y lo había contado todo. Se dió la vuelta y se marchó a casa de Maria. Una vez allí, aporreó la puerta hasta que Maria abrió. Pidió permiso para entrar y una vez dentro empezó a preguntar.

  • ¿Conoce a la chica que asesinaron? - Preguntó Félix
  • Ya le dije que no, que no la conocía de nada -
  • Pero sin embargo usted cuida de Nem ¿no es así? -
  • Si, ¿que tiene que ver eso con la chica asesinada?
  • Encontramos en la casa de Nem una pared llena de fotografías de la chica, y sinceramente no me creo que si usted siempre está pendiente de él no lo supiese -
  • Bueno, él ya es mayor, yo no tengo por qué saber todo -
  • ¿Me puede decir por qué Nem se pasa el día entero en el cementerio? -
  • Nem ayuda al enterrador, le ayuda a estar más cerca de sus padres -
  • ¿Y que hacía Nem en el campo de heno el día que encontró a la victima? -
  • Eso mejor debería preguntárselo a él, ya le dije que yo no tengo porque saber todo lo que hace -
  • De acuerdo, me marcho, pero sepa usted que sé perfectamente que me está ocultando algo, y sepa también que sea lo que sea, acabaré por descubrirlo -
  • Que tenga suerte – Mientras abría la puerta de la casa

Mientras, en comisaria Ana repasaba las notas y las pistas encontradas, y se preguntaba el por qué esa obsesión de Nem por la victima. En ese momento entró Félix apresurado, nervioso. Dió orden que le buscasen la dirección del enterrador, pero alguien sugirió que por qué no lo buscaba en el cementerio. Félix estalló, empezó a gritar. Ana le chilló aún más para que se callase, y cuando ya se había callado le dijo que al día siguiente iban a enterrar a la pobre chica.

  • ¿Y la causa de la muerte? - Preguntó sorprendido Félix
  • Bueno, el informe de la autopsia no llegará hasta dentro de una semana – respondió Ana
  • Todo esto está yendo muy despacio. ¿Es que en este maldito pueblo nadie sabe darse prisa? -
  • Félix, bienvenido a Rondom, aquí nunca ocurre nada -
  • Este pueblo parece sacado de una maldita alcantarilla infectada de ratas -
  • Bueno, ya sabes, siempre puedes marcharte -

Félix solo murmuraba, enfadado, pero sin levantar la voz. Luego le dijo a Ana que cogiese sus cosas, que iban al cementerio. Una vez llegaron allí se encontraron a un hombre corpulento, con barba larga, vestido de negro. Se acercaron a él.

  • Buenos días – dijo Félix mientras enseñaba la placa
  • Buenos días. ¿Que necesitan? ¿Unas flores? ¿Una bonita lapida? -
  • Queríamos hacerle unas preguntas sobre Nem – dijo Ana
  • Oh, el pobre Nem, hoy no ha venido por aquí, ha faltado a su cita diaria -
  • ¿Que hace Nem por aquí cada día? – preguntó Félix
  • Ayudarme, yo solo no puedo con los muertos -
  • ¿Y cuanto dinero recibe por ello? -
  • La voluntad, lo que quieran darle los familiares del fallecido. Aquí todo el mundo le conoce -
  • ¿De quien es esa tumba? - preguntó Félix señalando la tumba que miraba Nem cuando fueron a visitarle al cementerio
  • Ahí están enterrados sus padres y su hermano -
  • ¿Su hermano? - preguntó con asombro Ana
  • Si, falleció siendo un niño, un golpe en la cabeza. Un accidente. Aqui todo el mundo lo sintió mucho, era muy querido -
  • ¿Y como fue ese accidente? - preguntó Félix
  • No lo sé muy bien. Se dice que estaban jugando Nem y él y de repente se pelearon, se empujaron y al caer al suelo se golpeó la cabeza contra una piedra. Se dice eso, pero lo cierto es que no se sabe con certeza. Si le soy sincero a mi eso no me parecía un golpe de piedra. Yo he enterrado a más de una persona fallecida por un mal golpe, y por lo que yo ví, eso no era un golpe contra una piedra, era diferente -
Félix y Ana empezaban a ver que había muchas dudas, y la vida de Nem empezaba a ser demasiado misteriosa. De repente el enterrador interrumpió.

  • ¿Saben ya quien era la pobre chica? -
  • No, aún no -
  • Pues si no lo saben entonces no era de por aquí. Por estas tierras todos se conocen. Aquí no existe la intimidad. Sin ir más lejos hay alguien que desde lo lejos lleva observándoles desde que han llegado -
Félix y Ana se dieron la vuelta y vieron a lo lejos a un viejo hombre barbudo, vestido de granjero, observando desde lo alto de una colina. Cuando vió que tanto Ana como Félix se giraban para mirarlo, el misterioso hombre se giró y se marchó tranquilamente.

Ya en comisaria, Félix escribía en la pizarra de pared algunas notas, y señalaba con cierto interés la palabra “Hermano”. Pensativo, llamó de un grito a Ana, y esta que estaba en el cuarto contiguo apareció enseguida.

  • Tú naciste aquí ¿Verdad?- Preguntó Félix a Ana
  • Si, pero si me vas a preguntar por el hermano de Nem, te diré que no, no sabía de su existencia. De pequeña me crié con mi abuela, que vivía en una pequeña casa a las afueras y estaba un poco desconectada del mundo-
  • ¿Tan desconectada como para no saber que Nem tenía un hermano?
  • Tan desconectada, así es-
  • Bueno, recoge tus cosas, es tarde y mañana nos espera un día duro- Dijo Félix.

El día siguiente amaneció soleado, quizás más soleado de lo común. Desde bien temprano estaban Ana y Félix esperando en el cementerio, no había nadie más, nadie quiso acercarse al funeral de aquella chica desconocida que había revuelto tanto la tranquila vida del pueblo donde nunca ocurría nada. De pronto a lo lejos apareció el enterrador acompañado de un joven muchacho de unos dieciséis años.

  • He tenido que buscarme a un ayudante- dijo el enterrador
  • No me lo diga. Usted solo no puede con los muertos- dijo Félix
  • Me parecía de mala educación pedirle a usted que me ayudase a cargar con el ataúd-
  • No me pagan por ello- respondió tajante Félix
    ...




De pronto apareció a lo lejos un viejo caballo con un carro de madera de esos que se usan para transportar alfalfa, y en dicho carro iba el ataúd. El carro iba guiado por un viejo hombre, seguramente alguien que vive del campo que por algunas monedas se habría prestado a portar el ataúd en su carro.

El ataúd era negro como el carbón, y sobre la tapa escrito con tiza ponía “mujer desconocida”. El carro se paró frente a Félix y Ana, y enseguida el enterrador con ayuda del muchacho y el viejo del carro bajaron el ataúd y lo posaron en el suelo paralelo a la fosa. Allí nadie decía nada, el silencio era tan inmenso que se podía escuchar hasta los gusanos que se comían al resto de los muertos que estaban bajo sus pies. Que triste resultaba morir y apenas nadie fuese a despedirte. Que triste resultaba morir y que te enterrasen sin saber quien eras. Que triste es esta vida.

De pronto un gran trueno sonó, dejando a todos paralizados como estatuas de piedra. Comenzó a llover, porque quizás las nubes estaban llorando lo que los demás no habían querido llorar, y quizás esa tierra empapada guardaría las lágrimas y con ellas los secretos de su vida. Y mientras esa lluvia caía, el ataúd comenzó a descender poco a poco, despacio, sin prisas, por el foso, como si en el fondo esa pobre chica desconocida no quisiese descender, conocedora que una vez que descendiese jamás volvería a estar cerca de las personas que un día la quisieron. Pero era inevitable, y finalmente descendió para no volver jamás.

Mientras el enterrador cerraba ese maldito agujero con una lapida sin nombre, Ana tuvo una extraña necesidad de darse girarse, y al hacerlo, vio a lo lejos de nuevo al granjero misterioso, mirando sin expresión facial alguna, pero resbalando una amarga lágrima por su mejilla.

Temporada 2 Capitulo 18: Nunca me olvides

Félix estaba cansado, muy cansado, la noche había sido larga, pero fructífera. Por fin tenía la localización del almacén donde se guardaba...