domingo, 13 de enero de 2019

Temporada 2 Capitulo 2: Volver a empezar


Félix llegó al Hospital General junto con Lourdes. Allí, en una cama, entubada, con un respirador artificial, en coma, con un montón de cables que la conectaban a maquinas, estaba Ana, sin sentir, sin padecer, inerte, viva porque las maquinas la mantenían con vida, viva porque su hija consiguió llamar rápidamente a emergencias, viva porque aunque había perdido mucha sangre, no era suficiente para que su delicado corazón dejase de latir.

- Voy a matar a ese hijo de puta – dijo con rabia Félix
- No te preocupes por eso, ya está muerto. Pensó que Ana estaba muerta y se ahorco en la cocina de ella – respondió Lourdes

Félix no pudo resistirlo y se marchó de la habitación. Salió a la calle, buscó un taxi, y de camino a casa se echó a llorar como si fuese un niño pequeño. Félix nunca lloraba, siempre intentaba mostrar la imagen de tipo duro, pero esta vez era diferente, el cariño y la unión que había creado con Ana era demasiado grande.

Llegó a casa, buscó por todos los muebles hasta que encontró una vieja botella de ron que tenía guardada y que se había traído de un viaje a Cuba. A Félix ya le daba lo mismo que hubiese dejado el alcohol, no lo soportaba, necesitaba pagar su ira y su dolor con algo, y el ron era una buena alternativa. Félix se emborrachó hasta caer desfallecido sobre un sofá que tenía dentro de su cocina. Cayó la noche y Félix no se había movido de allí. Pasaron las horas y el sol brillante pero tímido empezó a asomarse por los grandes ventanales del apartamento de Félix. De pronto su teléfono móvil empezó a sonar. Félix con la resaca apenas acertaba a encontrar el télefono. Por fin lo cogió.

- Inspector Lacueva ¿Quien es? - dijo Félix
- Soy el Inspector jefe De Rodrigo. Le tengo asignado un caso – respondió una voz al otro lado del teléfono
- ¿De que se trata? - preguntó Félix
- Un niño ha sido secuestrado -
- ¿Un puto niño? - preguntó Félix - ¿Me vais a asignar el secuestro de un puto niño? -
- Es el hijo del presidente -

Félix enmudeció, acaba de comprender la importancia, la gravedad del asunto, acaba de comprender que ese niño no era un simple puto niño.

A Félix nunca le gustaron los niños, eran irritantes, protestones e insensatos. Los detestaba. Si por él fuese, la humanidad se hubiese extinguido hace ya muchos años.

Félix llegó a la comisaria, y el Inspector jefe De Rodrigo le explicó todo lo que se sabía del caso.

- El niño estaba en el palacio presidencial jugando. Cuando llegó la hora de comer, el niño no aparecía. Se lo había tragado la tierra – dijo De Rodrigo
- Por lo tanto, la persona que se lo llevó era alguien del equipo del presidente – dijo Félix
- Así es. Tienes a tu disposición una tarjeta que te acredita la entrada y salida del palacio presidencial todas las veces que te sean necesarias -
- ¿Como se llama el niño y que edad tiene? -
- Raimundo y tiene 5 años – respondió De Rodrigo


domingo, 6 de enero de 2019

Temporada 2 Capitulo 1: Nunca nada es como lo planeas


La ciudad puede llegar a ser agobiante, asfixiante, como cuando estás sufriendo un infarto, esa extraña sensación de no poder respirar. De infartos Félix sabía mucho, aunque a decir verdad Félix se sentía en su casa en cuando pisaba el asfalto humeante y sentía rozar su piel el sonido de muchedumbre que pasaba a su alrededor ignorándolo como si fuese una farola o un viejo buzón de prensa. El olor a café rancio de las viejas cafeterías inundaban las calles, y Félix se sentía feliz. Esta era su ciudad, su lugar, y no aquel asqueroso pueblo que tanto detestaba y en el que se vio obligado a vivir. Nunca más volvería a ese lugar de paletos y gañanes mentirosos.

Félix cogió un periódico, la portada estaba ocupada por completo por la actualidad política, después entró en un pequeño comercio regentado por chinos y compró una botella de leche fresca y un paquete de chicles. Vio una botella de whisky, se sintió tentado, pero Félix había dejado el alcohol, y pronto intentó pensar en otra cosa que le quitase esa idea de la cabeza. Salió de la tienda y recorrió las calles feliz. Sentía plena felicidad.

Félix llegó a su casa, se preparó un café, y se dispuso a bebérselo tranquilamente mientras leía las noticias del periódico. De pronto alguien golpeó con los nudillos la puerta de su casa.

- ¿Por que coño no usaran el timbre? Me van a joder la madera de la puerta – murmuraba Félix mientras se acercaba a la puerta.

Félix abrió la puerta y allí al otro lado se encontró a Lourdes, la hermana de Ana. Era la ultima persona que Félix esperaba encontrarse tras su puerta.

- ¿Pero que coño haces aquí? ¿Como sabes donde vivo? - preguntó Félix
- Tienes que venir conmigo – respondió Lourdes
- Ni lo sueñes, yo no vuelvo a ese pueblo -
- No tienes que volver a Rondom -
- No pienso ir contigo a ningún sitio -
- Ana está muy grave. Es posible que muera -

Félix se quedó mudo, su cara empezó a tornarse blanca. Empezó a sudar. Miraba fijamente a Lourdes pero no era capaz de decir nada.

- Su ex marido fue a por ella la noche en la que te fuiste. Su hija consiguió escapar, pero Ana no. Está en el Hospital General de esta ciudad, en Rondom no hay medios para poder salvarla – dijo Lourdes

Félix seguía sin poder decir absolutamente nada.

domingo, 7 de octubre de 2018

Capitulo 20: El amargo final




Las sirenas sonaban mientras recorrían las calles, corrían a toda velocidad. Más de diez coches de policía uno detrás del otro. Visto desde arriba, en una visión cenital, los coches formaban una serpiente girando a cada curva y a cada esquina de las calles de Rondom, como si fuese la serpiente que se llevó para siempre al viejo Rod. Todo parecía que iba a cámara lenta. Si querías podías escuchar el crujido de la calzada al pasar los coches de policía a toda velocidad. Las sirenas resonaban rebotando por las paredes de las viejas casas empedradas de Rondom. Las personas que se encontraban en la calle miraban parados con asombro pasar a los coches policiales a gran velocidad, sabían que todo había llegado a su fin, por fin el pueblo podría dormir tranquilo.

Los coches de policía recorrieron la estrecha carretera del puerto pesquero. A su izquierda, las casas de los pescadores y el bar La pensión, ese bar donde Ana en mitad del efecto del vino, en una cena informal había decidido intentar besar a Félix sin éxito alguno. A la derecha estaban los barcos pesqueros amarrados, el mar estaba revuelto y los pescadores no habían podido salir a faenar.

Finalmente los coches policiales se pararon a cámara lenta frente al Hotel Rio. Ahí estaba Rafael, el padre de Ana, plantando unas flores en las jardineras de la entrada. Agachado, volvió la mirada y vio a su hija bajar de uno de los coches. No dijo nada, sabía que todo había llegado a su fin. Ana, con lágrimas en los ojos, no dijo nada, se limitó a leerle sus derechos mientras un agente ponía las esposas en las muñecas de Rafael. Una vez más, como si a cámara lenta se tratase, Rafael fue introducido en el coche de policía, y al cerrar la puerta, el golpe sonó como si el cielo se viniese abajo.

DAR STOP AL REPRODUCTOR DE AUDIO


Ya en comisaria, Félix interrogaba a Rafael, Ana miraba a través de un cristal desde una habitación contigua.

- ¿Por qué lo hiciste Rafael? ¿Por qué? - pregunto Félix
- Ella vino al hotel la primera noche, no tenía donde dormir. Tampoco tenía dinero, así que le ofrecí una habitación gratuita, la habitación 102. Esa noche, antes de que se fuese a dormir, estuvimos bebiendo en el bar del hotel. Estábamos solos, esa noche no había nadie ni en el hotel ni en el bar. El alcohol sin saber como me llevó a besarla. Son muchos años viudo, es duro. Ella también me beso, y no se como, pero cuando nos quisimos dar cuenta estábamos en su habitación, perdiéndonos entre las sabanas. Ella vino un par de días más, yo me enamoré de ella. Bueno, no sé si era amor, pero sentía algo, y pensaba que ella al repetir también sentía lo mismo, pero de pronto un día Nem entró enfurecido al bar, él no sabía que yo me había besado con ella, así que en su inocencia me contó que había visto a Tomás con una chica joven, enseguida supe que esa chica era Míriam. Intenté disimular, para que Nem no sospechase nada, pero en cuando se marchó me puse como una fiera, estaba loco, estaba empapado en sudor, y pensé en matar a Tomás. Pero enseguida me di cuenta que eso solo me traería problemas, sería mejor arruinarle la vida, así que decidí que si mataba a Míriam y hacía que lo culpasen a él me quitaría dos problemas de encima, me aseguraba de que ella no volvería a estar con otro hombre y me aseguraba que Tomás estaría entre rejas. Así que fui a su cantina y robé una caja de cebos de las que vendía allí para luego dejarlo junto al cadáver. Luego esa noche quedé con Míriam, la invité a subir a mi coche con la excusa de que íbamos a un nuevo bar. Ella se dio cuenta que mentía en cuando vio que me dirigía al campo de heno. Empezó a chillar y yo empecé a golpearla para que se callase. Llegamos allí, baje a Míriam a la fuerza, tirándola del pelo, obligué que se pusiese de rodillas y le corté el cuello con un cuchillo. Luego le corté los pezones para llevármelos como trofeo. Fui al coche, cogí un camisón blanco y una corona de flores que había comprado para la ocasión, y se los puse. Luego fui a una vieja cabaña de madera que había cerca, cogí un par de tablones de madera, hice una cruz, volví al lugar del crimen y crucifiqué a Míriam para que pagase por sus pecados. Al menos tuve la decencia de ponerla mirando al mar, como ella siempre dijo que quería morir. Finalmente dejé junto al cadáver la caja de cebos y dejé una nota en sus manos. Si, lo sé, estaba en latín, pocos saben que conozco esa lengua. Con el tiempo todo cambió a mi favor, casualmente usted encontró una vieja piedra con un escudo de los Reprobi grabado, me lo contó mi hija. Pensaron que era una pista, para mi era la salvación. Se le debió de caer casualmente a Carmen del bolsillo en mitad de toda la carrera cuando Nem le enseñó el cadáver de Míriam. Pensé que gracias a esa casualidad, junto con la caja de cebos, iban a culpar a Tomás sin ninguna duda, a Tomás y a su mujer. Lastima que no haya acabado bien esta historia - relató Rafael

Rafael acaba de confesar y ya no tenía salvación. Félix se levantó, miró al cristal sin decir nada, y clavó su mirada en Ana, que estaba al otro lado con lágrimas en los ojos pero también sin decir absolutamente nada. Félix ordenó a uno de los agentes que se llevase a Rafael.

Ya por la tarde, Félix estaba dando un paseo con Ana por el puerto, ambos sabían que esa iba a ser la despedida, y aunque no quisiesen se habían cogido mucho cariño el uno al otro. Posiblemente esa iba a ser la ultima vez que se viesen en la vida.

- ¿Te vas a quedar por aquí algunos días para descansar? - preguntó Ana
- No, detesto este lugar, lo sabes. Estoy deseando llegar de nuevo a la gran ciudad, este no es mi sitio – respondió Félix
- Yo me iré a vivir con mi hija a la isla en la que descansé un par de días, detesto también este lugar, solo me recuerda a los abusos de mi tío siendo yo niña, a mi marido engañándome con mi hermana y al asesino de mi padre. Aquella isla me vendrá bien, apenas vive nadie. Quizás abra una pequeña tienda, o una pequeña cafetería, algo que me haga sentir cómoda y relajada, separada del resto del mundo, sin que nadie me moleste – dijo Ana
- Si, creo que te vendrá bien – dijo Félix
- ¿Por que no me contaste que eras gay? - preguntó Ana
- Porque no lo soy. No, no soy gay, me gustan ambos sexos – respondió Félix
- Te voy a echar de menos – dijo Ana
- Yo no suelo expresar mis sentimientos, rompería mi imagen de tipo duro, pero si, yo también te voy a echar de menos. Espero que seas feliz en esa pequeñita isla, y quizás algún día en alguna parte del mundo, dentro de muchos años, quizás acabemos por encontrarnos de nuevo – dijo Félix

Ambos se abrazaron, se despidieron y cada uno fue por su lado. Las pisadas se hacían pesadas, ambos sabían que nunca más volverían a verse.

Cayó la noche, y Ana estaba guardando todas su cosas justo con las de su hija en cajas de cartón, al día siguiente iba a abandonar su puesto de policía para así trasladarse a vivir a aquella isla. De pronto, en mitad de la oscuridad un coche paró delante de la puerta de Ana.




Una silueta dentro del coche saca un mechero y se enciende un cigarro. Observa detenidamente y en silencio la ventana iluminada de Ana. Dentro se puede ver la silueta de ella y su hija cargando sobre sus brazos las cajas de cartón.

La persona que está dentro del coche abre la puerta y sale del coche. Tira el cigarro al suelo y se dirige hacía la casa. Al pasar por debajo de una farola se ve su rostro, es el que fue el marido de Ana. De pronto de su pantalón saca un cuchillo de cocina de enormes dimensiones. Se acerca lentamente a la puerta de Ana. De pronto suena un enorme trueno, va a caer una tormenta. De pronto otro trueno más, la calle y las casas se quedan sin luz, el trueno ha provocado un apagón en todo el pueblo. El ex marido de Ana sonríe, sabe que será mejor a oscuras, sin que nadie le vea. Sigue acercándose lentamente a la puerta, hasta que por fin pisa el felpudo. Enciende de nuevo el mechero y lee lo que pone en dicho felpudo. Pase, la paz está en el interior del hogar. Sonríe, sabe que ese hogar nunca ha estado en paz, sabe que a partir de ahora en ese hogar habrá de todo menos paz. La paz está subestimada. De pronto desde lo alto, en una visión cenital, se puede observar como el ex marido de Ana extiende su brazo y aprieta el botón del timbre. Luego todo se torna en oscuridad.

domingo, 30 de septiembre de 2018

Capitulo 19: Todo camino acaba por terminarse


La comisaria era un autentico manicomio, todos corrían, gritaban, el nerviosismo reinaba. Todo había llegado a su fin, por fin la persona que había asesinado a Míriam Rosales iba a quedar al descubierto.

Roberto llamaba constantemente por teléfono a sus superiores, intentaba organizar el que sería el operativo, aun sin saber a donde iban a dirigirse y a quien iban a detener. Sabía que este era el caso más importante que habían tenido en un pueblo donde nunca ocurre nada. Todo tenía que estar listo para cuando llegase el momento.

Félix estaba justo a un grupo de agentes encerrado en una habitación oscura visionando en un ordenador las imágenes que les habían cedido captadas por la cámara del ornitologo. Eran muchas horas de visionado y tenían que ir con cuidado, no se les podía escapar ningún detalle.

Ana estaba con Silvia repasando todo los datos que tenían, intentando hacer un esquema que les llevase hasta la persona que mató a Míriam.

- Podría ser Nem, estaba enamorado de ella. Quizás por celos, al ver que estaba con Tomás, mató a Míriam en un ataque de locura – dijo Ana
- ¿Tú crees? - dijo Silvia
- Bueno, recuerda que por sus celos se lo contó todo a Carmen, la mujer de Tomás – dijo Ana
- También podría ser Tomás. Él había decido romper la relación y como al tiempo Míriam volvió, sabía que le iba a causar problemas y decidió quitarse el problema de golpe. Ademas Tomás en su cantina siempre está rodeado de pescadores, y junto al cadáver apareció una caja de cebos de pesca – dijo Silvia
- Quizás fuese Carmen. Recuerda que junto al cadáver apareció una piedra con el sello grabado de los Reprobi, y ella pertenece a esa organización. Ademas tenía motivos para asesinar a Míriam, había sido amante de su marido, y había vuelto por lo cual amenazaba de nuevo a su matrimonio – dijo Ana
- Podría ser Maria, siempre había ocultado que era su madre, y mientras ella estuvo escondida en la granja de Samuel podía estar tranquila, pero en el momento en el que ella decidió bajar al pueblo sabía que su secreto corría el riesgo de saberse – dijo Silvia
- Por otro lado, también podría ser Samuel. Él no quería que ella bajase al pueblo, pensaba que solo traería problemas, quizás asesinó a Míriam porque se enfadó ante la rebeldía de su hija. Ademas recuerda que se suicidó, quizás se sentía culpable de haber matado a su propia hija – dijo Ana
- Quizás fue el Padre Ángel, recuerda que a escondidas se acostó con ella, y si eso se descubría sería el fin para él, como finalmente ha ocurrido. Tenía motivos suficientes para matar a Míriam. Ademas recuerda que junto al cadáver apareció una nota escrita en latín que decía Solo los infieles no están libres de las serpientes. Los curas suelen hablar latín a la perfección, y además la nota habla de infieles, de castigo, muy propio de un sermón – dijo Silvia

Félix y el resto de agentes que con él se encontraba estaban visionando el vídeo cuando de pronto vieron en las imágenes como en mitad de la oscuridad del camino que bordea el campo de heno aparecía un coche oscuro. El coche se paró. De él bajó una figura humana, sin poder distinguir si era un hombre o una mujer. Llevaba agarrada del pelo a la fuerza a otra figura humana, seguramente era Míriam. Esta se retorcía, como si quisiese escapar, pero no podía. Empezaron a adentrarse en el campo de heno. De pronto la persona que arrastraba a la fuerza a Míriam giró la cabeza quedando su mirada de frente a la cámara.

- ¡Páralo ahí! - dijo Félix entusiasmado
- De acuerdo - le respondió uno de sus agentes
- ¿Puedes clarear la imagen para poder ver el rostro? - preguntó Félix
- Si, por supuesto – respondió el agente

De pronto, al aclarar la imagen por fin Félix supo quien había matado a Míriam.

- ¡Ahí está! ¡Ya no te escapas! - exclamó Félix


domingo, 23 de septiembre de 2018

Capitulo 18: Lo que los pájaros saben y callan


Ana había pasado una noche dura cuidando la borrachera de su hija. Estaba destrozada, por fortuna, ese día ni Félix ni ella trabajaban.

Félix había aprovechado para ir hacer unas compras al pequeño supermercado del pueblo. Por el camino se había encontrado con Silvia, que le había contado lo de la noche anterior.

Por otro lado Ana ya se había arreglado y había pensado pasar el día libre que tenía en ir a visitar a unos familiares a la ciudad.

Silvia por su parte, aunque también tenía el día libre, había decidido repasar las anotaciones que tenía sobre el caso de Míriam Rosales. Sabía que ya quedaba poco, el asesino antes o después daría un paso en falso, cometería un error, quizás el error más tonto que una persona puede cometer, y ese sería su condena. Mientras tanto solo quedaba esperar y seguir trabajando en el caso.

Félix había comprado tres botellas de whisky, dos botellas de vino, un buen chuletón de ternera y un paquete de chicles. Sabía que esa noche iba a ser una noche larga.

- Vaya, parece ser que esta noche tiene una fiesta – dijo la cajera del supermercado
- Así es – respondió Félix
- ¿Y va a ir mucha gente a la fiesta? -
- Solo hay un invitado. Yo mismo -

La cajera se quedó muda, No supo que responder. Mientras Félix salía del establecimiento con su cargamento.

Pasó el tiempo y Ana ya había llegado a la ciudad. Había quedado con un primo suyo quien le había llevado a un bar un tanto extraño. El bar era un lugar oscuro, que se caía a pedazos, con el suelo deformado. De sus paredes colgaban carteles antiguos, parecía que te habías transportado a otro momento pasado del tiempo. De fondo sonaba levemente música jazz.

Silvia estaba en casa, leyendo todo lo anotado, tomando más apuntes. A ratos tomaba pequeños sorbos de café que tenía en una vieja taza de cerámica desconchada con algún que otro dibujo absurdo.

Félix mientras tanto había decidido aprovechar lo que quedaba de día e ir a correr al campo. Un poco de ejercicio no le vendría mal. Fue corriendo por un viejo camino polvoroso que terminaba en el campo de heno donde apareció muerta Míriam Rosales.
Félix estaba llegando allí cuando a lo lejos vio una furgoneta parada y un hombre subido a un poste de madera. Se acercó hasta él.

- Buenos días. ¿Es usted electricista? - preguntó Félix
- No, que va, soy ornitologo – respondió el hombre
- ¿Y si es usted ornitologo que hace subido ahí? -
- Estoy quitando la cámara. La temporada ha terminado -
- ¿La cámara? - preguntó Félix
- Si la cámara. Durante el verano viene a esta zona un pájaro difícil de estudiar. Solo viene en esta época del año, luego se marcha hacía el sur. Los del grupo de ornitología ponemos cámaras para grabarlos y así luego poder estudiarlos con calma -
- ¿Y cuanto tiempo lleva puesta esa cámara ahí? - preguntó Félix
- Desde la primavera – respondió el hombre
- ¿Sería posible ver la grabación?. Soy policía y aquí se cometió un crimen -
- Si claro, pero se lo llevaré yo mismo a la comisaría, no vaya a ser que usted me esté mintiendo y no sea policía -

Félix sabía que había dado con la clave, con suerte la cámara habría grabado el momento del asesinato, y obviamente también a la persona que lo había cometido.


domingo, 16 de septiembre de 2018

Capitulo 17: Padre nuestro que estás en los cielos


El padre Ángel estaba dando misa, su sermón de hoy criticaba al pecado carnal, condenaba a los infieles que caían en el pecado del sexo y ordenaba a sus fieles que no cayesen en las manos del diablo. La iglesia estaba llena de mujeres y hombres que escuchaban a ese líder espiritual. De pronto las puertas del templo se abrieron de golpe, por ellas entró Félix muy enfadado y gritando y detrás Ana, Roberto y diez agentes más. A cada grito que daba Félix mientras recorría el pasillo central dirigiéndose al Padre Ángel, las masas que allí se concentraban no paraban de decir un oh continuamente.

- Es usted un hijo de puta – gritaba Félix
- Estamos en mitad de una misa – respondía el Padre Ángel
- Me importa una mierda. Diga aquí delante de todos cuales son sus pecados -
- No es el momento -
-A usted se le llena la boca condenando la lujuria, pero usted pasa las noches en La estrella -

La gente que allí se encontraba miraban con asombro. El Padre Ángel sudaba y no sabía por donde salir de toda esa situación. Félix subió a altar, miró fijamente a todas las personas que allí se encontraban sentadas en sus bancos y empezó a gritar.

- El Padre Ángel no solo es que les critica a ustedes por sus pecados carnales y luego él comete esos mismos pecados en el prostíbulo, sino que además cometió esos pecados con la chica fallecida. Dígalo Padre, dígales que es lo que hizo -

El Padre Ángel no sabía que decir. Su mano temblaba, no era capaz de decir nada. Félix sacó unas esposas se las puso en las muñecas. Volvió a mirar a todos los que allí se encontraban y dijo

- Se acabó la misa. Vayan todos a casa, forniquen como animales y no hagan caso de los que les digan para reprimirlos. Recuerden que aquellos que les critican por ello, son los que hacen lo mismo a escondidas. El sexo no es pecado, es placer -

Félix, Ana, Roberto, el Padre Ángel y el resto de los agentes se marcharon, dejando a toda esa gente sentados y asombrados. Posiblemente eso había sido lo más interesante que habían visto a lo largo de sus vidas en ese pueblo de mierda.

Félix estaba cansado, cansado del olor a podrido que se respiraba en Rondom. Allí nadie decía la verdad. Todos aparentaban ser los mejores vecinos, gente modélica, pero en realidad todos guardaban un secreto. Félix detestaba ese lugar, había llegado a odiarlo tanto, que cuando todo esto terminase no quería volver a pisar ese lugar nunca más.

Pasó el día y cayó la noche. Ana estaba tomando una cerveza con Silvia en el bar del hotel de su padre. El bar era lo primero que te encontrabas al entrar al hotel, tras el bar, una puerta que daba a la recepción con unas escaleras de madera que subían a las habitaciones.

El bar era de madera. A la derecha estaba la barra, de frente una vieja gramola con los éxitos más casposos de hacía diez o quince años. A la izquierda, mesas y sillas de madera, algún que otro banco tapizado, una diana para jugar a los dardos colgada en la pared, un billar y paredes recubiertas de cuadros con fotografías antiguas en blanco y negro de la vida en Rondom hacía más de cien años.

Ana le explicaba a Silvia todo lo que había visto en el bar de gays, como había vivido esos dos días en aquella isla, y que quizás cuando todo eso terminase se iría allí a vivir. De pronto la puerta del bar se abrió. Entraron un par de chicos y una chica que llevaban cogida de los hombros a la hija de Ana. Estaba borracha. Ana se levantó de inmediato. Su hija que empezaba a salir con su edad aún no había conocido cuales eran los limites del alcohol.

domingo, 9 de septiembre de 2018

Capitulo 16: La estrella


El sol empezaba a asomar su testa por el horizonte desdibujado. Había perdido su fuerza, el verano ya estaba tocando a su fin, y empezaba a soplar una ligera brisa que según pasaban los minutos cada vez era más fuerte. Ana ya había vuelto a casa, la escapada había sido su salvación, pero ahora tenía que regresar a su rutina diaria. Félix mientras tanto estaba paseando por el puerto, pensando y sin entender que le había ocurrido a Ana para haberse pedido un par de días libres en el trabajo y haber desaparecido.

Pasaron un par de horas y ambos estaban ya en la oficina, ninguno hablaba sobre lo ocurrido, Ana no le decía a Félix que lo había visto en la ratonera y este no le preguntaba a Ana que había ocurrido ni donde había estado. El ambiente estaba cargado, era cortante, frío. De pronto Silvia se acercó.

- Lo tengo – Dijo Silvia
- ¿Que tienes? - preguntó Ana
- La dirección de tu tio Antonio – respondió Félix
- Vive en una pequeña casa camino de la iglesia – dijo Silvia
- Vamos a por ese hijo de puta – dijo Ana

Los coches llegaron a gran velocidad a la casa de Antonio. Félix y Ana se bajaron de uno, del otro bajó Silvia. Tocaron al timbre de la casa de Antonio. Este abrió la puerta, y sin apenas poder decir nada se vio con unas esposas puestas en las muñecas y siendo metido en uno de los coches. Antonio sabía por que habían venido a por él, no hacía falta que preguntase. Sabía que este era su fin.

Al mismo tiempo Roberto junto con varios agentes habían llegado a La estrella. Habían echado a todas las prostitutas, habían precintado el prostíbulo y habían detenido también a su dueño.

Por fin Félix empezaba a tener la sensación de estar cerca de resolver el asesinato. Ana también empezaba a sentir lo mismo. Después de tanto tiempo sin apenas pistas por fin se estaban acercando a la verdad. Quizás sin saberlo aún, tenían en su coche o en el de Roberto al asesino, todo era cuestión de tiempo, de ir uniendo las piezas poco a poco y con cuidado, quizás así todo empezaría a tener sentido.

Los interrogatorios no dieron sus frutos, al menos el que le hicieron a Antonio. Antonio era un viejo asqueroso, misógino, borracho y pedófilo. Pero lejos de todo eso no había más.

- Míriam estaba llorando ¿Verdad? - preguntó Félix
- Si, esa zorra no paraba de lloriquear, no se dejaba dar por culo – respondió Antonio
- Y aún así lo hiciste a la fuerza, aunque ella no quisiese, como hacías conmigo cuando yo era una niña – dijo Ana
- ¡Joder! Había pagado por ella. Si no se iba a dejar que me hubiesen devuelto el dinero, pero ese cabrón se negó – Dijo Antonio
- Cuando terminaste ¿que hiciste? - preguntó Félix
- Me marché, no quería volver a ver a esa puta en los que me queda de vida – dijo Antonio

Sin embargo el dueño del prostíbulo si podía aportar algo nuevo, y Roberto, que estaba interrogándolo, no pensaba dejar escapar esta oportunidad.

- ¿Quien estuvo esa noche con Míriam Rosales? - preguntó Roberto
- Muchos clientes, diría que cerca de siete u ocho – respondió el dueño del prostíbulo
- ¿Pero quienes eran? -
- Pescadores borrachos, hartos de su mujer, que buscaban lo que su mujer no les daba en casa -
- ¿Todos eran pescadores? -
- Todos no, también había un cura -
- El padre Ángel – dijo asombrado Roberto mientras el interrogado sonreía


Temporada 2 Capitulo 18: Nunca me olvides

Félix estaba cansado, muy cansado, la noche había sido larga, pero fructífera. Por fin tenía la localización del almacén donde se guardaba...