domingo, 2 de septiembre de 2018

Capitulo 15: Sola


La brisa chocaba suavemente contra la cara de Ana. Ella miraba desde cubierta como se movían las olas del mar. Ana necesitaba un respiro, hacía mucho tiempo que no se tomaba unas vacaciones, y últimamente le habían ocurrido demasiadas cosas que escapaban a su control. Lo de Félix había sido la gota que colmó el vaso. Ana había llamado a Roberto y le habría pedido un par de días libres, los necesitaba. Roberto no se opuso. Ana, había cogido un barco y se dirigía a una isla con verdes praderas y sin apenas casas. Allí llegó y pronto se trasladó a un albergue. Dicho albergue era de piedra en su exterior y de madera en su interior. De sus paredes colgaban a modo decorativo redes de pesca y sogas. Lo más bonito del albergue era una pequeña sala acristalada con grandes ventanales de madera desde los cuales se podía ver los acantilados y el mar. Era el lugar perfecto, solitario, relajante y hermoso. Allí Ana podría despejar sus ideas.

Ana terminó su taza de té, y decidió dar un paseo por las verdes praderas al borde de los acantilados. Empezó a andar, y cada paso que daba se quedaba más maravillada de los hermosas paisajes. De pronto se encontró con un anciano que debía de vivir por allí cerca.

- Buenos días – dijo Ana
- Buenos días. ¿Esta buscando a las orcas? Dese prisa, están ahí al fondo – dijo el anciano señalando el mar.
- ¿Hay orcas aquí? -
- Claro que las hay, pero no siempre se dejan ver. Dese prisa o no las verá -

Ana echó a correr por el camino hasta llegar al borde del acantilado, bajo sus pies había un par de orcas nadando en el mar. Aquello era maravillo, pleno contacto con la naturaleza. Por primera vez en muchos años Ana se sentía plenamente feliz, había encontrado un sentido a toda su vida.

Llegó la noche, y Ana estaba sola en el albergue, mirando a través de los grandes ventanales del mirador, pero no veía nada, todo estaba oscuro, allí no había contaminación lumínica porque en esa isla apenas vivía nadie. De fondo el silencio tan solo roto por el sonido de las olas del mar rompiendo contra las rocas, olas que por la densa oscuridad eran imposibles de ver. Ana se sentía llena, orgullosa, pletórica. Esa isla era su lugar, su sitio, quizás debería vivir allí una temporada, pero pronto recordó que su trabajo se lo impedía, que el asesino de Míriam Rosales seguía suelto. ¿Quien sería? Ana se fue a la cama, mañana será otro día.


domingo, 26 de agosto de 2018

Capitulo 14: La reina


Amanecía y ya hacía mucho calor, demasiado. Félix terminaba de abrocharse la camisa cuando de pronto notó un fuerte dolor en el pecho. Sabía lo que era, no era la primera vez que le ocurría. También sabía que los minutos ante un infarto valían toda una vida. Cogió el teléfono y llamó a emergencias, pero los operadores estaban ocupados, a 30 km de allí un tren había descarrilado y todas las ambulancias estaban ocupadas. No le quedaba más remedio que llamar a Ana.

- ¿Si? – dijo Ana medio dormida a través del teléfono
- Ana, te necesito – dijo Félix casi sin poder articular palabra
- Félix, te dije la ultima vez que no me llamases a estas horas, es muy temprano- dijo Ana enfadada
- De acuerdo Ana, siento haberte despertado. ¿Podrías llevarme al hospital si no es demasiada molestia? Creo que me está dando un infarto y no hay ambulancias disponibles -
- ¡Joder! No te muevas de ahí – dijo Ana asustada
- No te preocupes, no creo que pueda correr mucho -

Al poco tiempo estaba Ana conduciendo hacía el hospital lo más rápido que podía y Félix estaba tumbado en el asiento trasero del coche. Llegaron al hospital y se llevaron corriendo a Félix. Ana espero en una pequeña sala durante dos o tres horas. Por fin Félix andaba por el pasillo del hospital acercándose a Ana.

- Todo ha sido un susto. Gracias por traerme – dijo Félix a Ana
- Me alegro de que estés bien -
- Me han dicho que no puedo beber, que se acabó el alcohol para mi -
- Y muchas más cosas. Pero lo importante es que estás bien -
- Vamos a visitar a una amiga que tiene algo que contarnos – dijo Félix mientras Ana sonreía.

A los diez minutos Félix ya era el de siempre, aporreaba la puerta de la casa de Maria mientras gritaba enfadado. Por fin la puerta se abrió.

- ¿A que se debe tanto escándalo? - preguntó molesta Maria
- Usted nos mintió, como nos ha mentido todo el mundo en este maldito pueblo- dijo Félix muy enfadado – Nos dijo que no conocía a la chica y resulta que usted es su madre -
- Maldito enterrador, le dije que no dijese nada – dijo Maria
- ¿Como? ¿El enterrador lo sabía? No me lo puedo creer, joder, no me lo puedo creer – dijo Félix mitad enfadado mitad asombrado
- ¿Como? ¿No fue él? -
- No, no fue él. Fue Samuel – respondió Ana
- ¿Samuel?. Lo voy a matar – dijo Maria
- No se preocupe, ese trabajo ya lo ha hecho él mismo – dijo Félix

Los tres entraron en la casa. Félix muy enfadado no paraba de resoplar

- Si, soy su madre. Hace veinte años tuve un romance con Samuel, pero no quería que nadie se enterase, siempre se había hablado mal de él. Cuando Míriam nació yo desaparecí. Nunca la olvidé, pero no podía estar junto a ella – dijo Maria

No había más que decir. Tanto a Ana como a Félix les quedó bastante clara toda la historia. El día pasó, y la noche cayó. Ana había quedado para cenar con Silvia. La cena transcurrió con normalidad. Tras esta, Ana y Silvia decidieron ir a tomar unas copas a algún bar del puerto. Paseando a la luz de la luna por el puerto Silvia se dió cuenta que se había quedado sin tabaco.

- Oh mierda, me he quedado sin tabaco – dijo Silvia mientras miraba al interior de su bolso
-No te preocupes, ahí hay un bar, entra en ese bar a comprarlo – dijo Ana mientras señalaba un bar
- No, ese bar es La ratonera, tiene muy mal ambiente – dijo Silvia
- No te pongas así, esos son rumores extendidos por marineros que van de machotes. Tanto tú como yo sabemos que esos rumores son porque el bar es un bar de gays. No te preocupes, ya entro yo a comprarlo por ti – dijo Ana.




Ana entró en el bar. Solo había hombres. El bar era un lugar oscuro, lleno de hombres vestidos de cuero. Se acercó a la barra para pedir tabaco y de pronto miró a su derecha y vio al final de la barra a dos hombres besándose apasionadamente. De pronto el que estaba de espaldas a Ana se puso de perfil. Era Félix. Ana se quería morir, sentía algo por él y ver semejante escena no pudo soportarlo.


domingo, 19 de agosto de 2018

Capitulo 13: El castillo de naipes se derrumba


Lourdes, Ana y Félix estaban en el exterior, en la puerta trasera del prostíbulo. Mientras Lourdes fumaba, empezó a contarles todo lo que sabía.

- Os ha mentido. Ella no se marchó. Probó suerte una noche, pero esto no era lo suyo. No podía con el anal, así que lloraba mientras el cliente se quejaba que había pagado por ello. El jefe la obligó. Después de aquella noche no volvió nunca más. Como tampoco volviste a verme tú, Ana – dijo Lourdes
- Quizás hay motivos suficientes para no querer verte – dijo Ana
- No puedes estar así toda la vida. Aquello pasó y ya no no se puede cambiar. Él se marchó. No he vuelto a saber de él. Se llevó todo mi dinero y por su culpa ahora estoy aquí abriéndome de piernas con diez hombres distintos cada noche -
- Te lo mereces – dijo Ana enfadada
- ¿Podéis dejar de discutir por un momento? - dijo Félix – No hemos venido aquí para que os echéis en cara vuestros problemas familiares, hemos venido aquí para averiguar quien mató a Míriam Rosales. Lo demás me importa un pepino -
- ¿Quien era el cliente que pagó por acostarse con Míriam? - preguntó Ana
- Antonio. Nuestro tío – respondió Lourdes
- Joder, Antonio no. ¿Que más cosas pueden salir mal hoy? - dijo Ana
- ¿Y ahora que ocurre? - preguntó extrañado Félix
- Mi tío abusó de Ana cuando era una niña – respondió Lourdes

Ana se echó a llorar, los recuerdos aún estaban en su cabeza. Sentía que ya no podía más, todo se derrumbaba y no podía tener el control de la situación. A Félix se le ocurrió que para animarla invitaría esa noche a cenar a Ana en un bar del puerto.

Esa noche Ana se vistió guapísima con un vestido azul oscuro. Félix también iba muy bien vestido. Iban paseando por el puerto. El puerto constaba con una estrecha carretera principal, donde a la izquierda había casas bajas de pescadores con las fachadas pintadas de blanco. A la derecha estaba el mar con los barcos pesqueros. Por fin Ana y Félix llegaron al bar La pensión. Era un bar de pescadores donde también ponían comidas caseras, principalmente platos de pescado. El bar tenía una entrada pequeña y estrecha, según entrabas de frente había una barra de madera y a la derecha unas mesas de madera también rodeadas de unas sillas azules. La pared de la derecha era de piedra mientras que la pared de la izquierda era blanca en la parte superior y roja en la inferior. Sobre la pared de piedra había colgados cuadros de algún pintor local, sobre la pared de la izquierda había colgado un timón de madera.

Ana y Félix se sentaron en la mesa más próxima a la ventana. Así podían ver el mar y los barcos que llegaban a puerto al caer el sol. La noche fue perfecta, Ana consiguió olvidarse de sus problemas, incluso Félix consiguió que se riese. En un momento dado Ana embriagada por toda la situación decidió lanzarse a dar un beso en la boca a Félix, pero este retiró su cara suavemente y dijo que se estaba equivocando. De pronto el teléfono de Ana sonó. Tras una breve conversación colgó.

- Era de nuevo Silvia. Han encontrado a Samuel ahorcado de una de las vigas de su granja. Junto a él había dejado una nota de despedida. En ella decía que Maria es la madre de Miriam – dijo Ana

domingo, 12 de agosto de 2018

Capitulo 12: Las putas

Las grandes puertas de la iglesia se abrieron de golpe de par en par. Por ellas entró Félix gritando, estaba muy enfadado. Mientras, el padre Pedro colocaba unas flores en el altar y miraba incrédulo a Félix acercarse a él a través del pasillo.

- Es usted un mentiroso – gritaba Félix
- Cálmese, está usted en la casa del señor – respondía el padre Pedro
- Es usted un hijo de puta. Juro que si pudiese le machacaría la cabeza a golpes -
- Bueno, cálmese, esas no son formas de hablar dentro del templo -
- A la mierda el templo. Usted dijo que nunca había venido Míriam, que no la conocía, y era mentira -
- ¿Conoce usted lo que significa el secreto de confesión? -
- Mientras usted está con su secreto de confesión ahí afuera hay una persona libre que ha cortado el cuello a Míriam y que quizás mañana se lo corte a usted -
- Esta bien, si, vino aquí, estaba destrozada, había huido de las palizas de su padre. Necesitaba ayuda, necesitaba dinero, así que pensé que ya que Tomás había roto con ella le debía un favor, así que le aconsejé que fuese a visitarlo y a ver si había trabajo en la cantina -
- ¿Y después? -
- Después se marchó y no volví a verla nunca más -
- Seguro que me está mintiendo -
- Eso es problema suyo, usted sabrá si creer mi palabra o no -

Félix se dio la vuelta y se marchó de allí. Seguía enfadado. En Rondom nadie decía la verdad, todos ocultaban algo, y así era muy difícil conocer la verdad.

En comisaria, mientras tanto, Ana había llevado a Carmen a declarar, estaba claro que había mentido, conocía a Miriam.

- ¿Por qué mintió? - preguntó Ana
- Era la amante de mi marido. ¿Que quería que dijese? - respondió Carmen
- ¿Como supo que su marido tenía una amante? -
- Una tarde entró Nem enfurecido y me dijo que mi marido estaba en el exterior de la cantina, en la parte de atrás, que estaba besandose con una chica. Yo no me lo creía, él jamas haría eso, pero algo en mi interior desconfiaba de mi misma y decidí salir para ver que Nem mentía. No, Nem no mentía, Nem decía la verdad -
- ¿Y que hizo al verlos? -
- Grité. Grité como una loca, y juré que la mataría, pero obviamente era una manera de hablar -
- Bueno, le informo que es usted investigada como sospechosa del asesinato de Míriam Rosales. No podrá usted salir del Rondom sin informarnos antes – dijo Ana
- No se preocupe por ello. Si me disculpa, tengo que marcharme. Por cierto, la próxima vez tenga cuidado no pierda usted el teléfono móvil, podría tener usted datos de una investigación que no querría que nadie viese – dijo mientras depositaba sobre la mesa el teléfono móvil que Ana había perdido dentro del edificio de los Reprobi.

Carmen se marchaba mientras Félix entraba en la comisaria. Dijo a Ana que tenían que ir al prostíbulo. Ambos entraron en el coche de Félix y se dirigieron allí. Mientras Félix conducía le hacía una serie de preguntas a Ana.

- ¿Por que te pusiste pálida cuando Tomás dijo que Míriam había ido al prostíbulo? - preguntó Félix
- Es una larga historia de la que no quiero hablar – respondió Ana
- ¿Por que te divorciaste de tu marido? -
- Le pillé acostándose con mi hermana -
- Vaya, tu hermana no respetaba mucho a la familia. Nunca me has hablado de ella -
- No tengo nada de que hablar de ella, desde entonces no he vuelto a verla ni a saber de ella. Ni quiero -
- Bien, ya hemos llegado. Creo que les va a resultar extraño ver entrar a una mujer en un prostíbulo de mala muerte -
- Quizás disfrutes. Piénsalo bien, eres policía, puedes llevarte un polvo gratis -
- Créeme, no tengo ni el más mínimo interés en ello -

Ambos salieron del coche y entraron en La estrella, un prostíbulo donde carecía de luz de estrella. Era un lugar oscuro, con olor concentrado a tabaco negro. Había un escenario con una barra de baile. Sobre el escenario había una vieja gorda con los pechos fuera y un tanga de lentejuelas. Debajo había una veintena de marineros borrachos babeando por semejante espectáculo dantesco. De pronto un hombre delgado, joven y trajeado se acercó. Era un hombre con la cabeza afeitada, como si fuese calvo y hubiese decidido afeitarse la cabeza para disimularlo. Era delgado pero fuerte.

- ¿Buscan intercambio de pareja?, ¿Alguna experiencia fuerte?, ¿Cosas nuevas?- preguntó el joven trajeado
- Inspector Lacueva e inspectora López – dijo Félix enseñando la placa
- Vaya, hoy tenemos redada -
- No se preocupe, no venimos por eso – dijo Ana
- ¿Ha visto alguna vez a esta chica? - dijo Félix enseñando la fotografía de Míriam
- Si, vino hace unas semanas a pedir trabajo de camarera. Le dijo que solo había trabajo de bailarina con final feliz. No quiso y se marchó. Creo que estuvo hablando con una de mis chicas -
- ¿Puede usted llamar a esa chica? -
-Claro. Lourdes, acercate un segundo – dijo el joven a una prostituta que estaba a lo lejos hablando con un cliente.

La chica se acercó y miró fijamente a Ana.

- Hola hermanita – dijo Lourdes


domingo, 5 de agosto de 2018

Capitulo 11: Te quiero


Hacía frio, el viento soplaba con fuerza, el heno, aun pequeño y verde se movía de un lado a otro. Las nubes negras a modo de techo cubrían el cielo. Nem daba vueltas por ahí. De pronto vio a lo lejos a una chica sentada al borde del acantilado. Estaba de espaldas a él, era rubia, delgada, su piel pálida, y su melena se movía y se despeinaba con el viento. Nem decidió acercarse a ella, se sentó a su lado. Ella miró extrañada pero no dijo nada. Nem sin mirarla, sin despegar la mirada del horizonte marino, decidió romper la tensión.

- Creo que no deberíamos estar mucho tiempo aquí, va a caer una buena lluvia - dijo Nem
- ¿Quien eres? - preguntó extrañada la chica
- Lo siento, no me he presentado, me llamo Nem -
- Yo soy Míriam. No suelo encontrarme con nadie por aquí -
- A mi me pasa lo mismo. Suelo venir por aquí para relajarme. Uy, empiezan a caer las primeras gotas, será mejor nos vayamos de aquí. Conozco una vieja cabaña abandonada donde podremos resguardarnos hasta que pare la lluvia -

Ambos corrieron hacía la cabaña. Una vez dentro Míriam tenía frio, así que Nem le puso por encima de los hombros una vieja manta que había en el interior de la cabaña.

- La verdad es que has sido muy amable – dijo Míriam
- ¿Vienes mucho por estos campos? No te he visto nunca antes – dijo Nem
- Suelo venir a menudo, pero procuro que nadie me vea, a mi padre no le gusta que ande por aquí. Este es un sitio especial, siempre pienso que su tuviese que morir en paz, este sería el lugar idóneo, mirando al mar – dijo Miriam
- Pero no pienses en morirte, eres joven -
- Créeme, la vida es un suspiro -

Pasaron los meses, y Nem y Míriam fueron forjando una amistad, siempre a escondidas, siempre en los campos de heno. Sin darse cuenta Nem fue enamorándose de ella poco a poco, pero a decir verdad, ella nunca le había dado esperanzas, así que Nem no se atrevía a confesar su amor. Sabía que era difícil que ella lo correspondiese, él era un tipo feo, gordo y no muy agraciado en la vida. Además ella siempre contó a Nem que le gustaban los hombres bastante más mayores a ella. Si, Nem no podía evitarlo pese a saber que era un amor imposible. Una noche Nem decidió invitarla a su casa. Preparó una cena con velas.

- Vaya Nem, veo que has preparado una cena romántica – dijo Miriam
- Bueno, solo quería una cena que fuese especial para ti -
- Bueno, hoy seré especial para ti – dijo Miriam
- Tengo una vieja cámara de fotográfica. Era de mi madre. Si quieres puedo hacer unos disparos – dijo Nem
- Bueno, sería una buena idea – respondió Miriam
- Luego colgaré esas fotos en esa pared, será la pared que siempre nos recuerde esta noche -
- Será nuestra pared. Nunca quites las fotos de ahí, pase lo que pase – sentenció Miriam

El tiempo pasó. Una tarde Nem se acerco a la vieja cantina, y en la parte de atrás vió a Tomás besándose con Míriam. Nem se sintió traicionado, hundido. La persona de la que estaba profundamente enamorado estaba con otro, que ademas era un hombre casado. Ciego por los celos, entró en la cantina y vio a Carmen, se acercó y se lo contó todo. Carmen no tardó en salir al exterior e ir a la parte trasera de la cantina y encontró a su marido en brazos de Míriam. A partir de entonces nada volvió a ser igual. Nem y Míriam dejaron de verse, la relación llegó a ser inexistente.


Una mañana de Agosto Nem se levantó temprano, le apetecía ver salir el sol desde el campo de heno, así que se lavó, se vistió y fue tranquilamente andando hasta allí. Cuando llegó a lo lejos vio lo que parecía una persona de rodillas mirando hacia el mar y con los brazos extendidos en cruz. Se acercó lentamente y de pronto vio que era Miriam. Estaba muerta, con la garganta cortada, el camisón blanco manchado de sangre a la altura de los pezones y crucificada en una pequeña cruz. No lo pudo soportar, su amor, su gran amor, estaba muerta, muerta como ella le confesó en la cabaña que quería morir, mirando al mar. Nem echó a correr, su corazón parecía que iba a estallar, su camiseta estaba empapada en sudor. Él corría y corría hasta tener la sensación de morir. No le hubiese importado morir en ese momento, su vida ya si que carecía de sentido alguno a partir de ese mismo momento.

domingo, 29 de julio de 2018

Capitulo 10: Palabra de Dios


Era de noche, ahí estaban Félix y Ana mirando el cadáver de Nem estampado contra el suelo. El impacto había sido tan fuerte que la barriga había reventado y las grasas se habían esparcido como un gotelé. Pobre desgraciado, su muerte había sido tan ridícula como lo había sido su vida. Félix no paraba de mirarlo y murmurar quejándose, sabía que habían perdido una oportunidad importante de averiguar datos de Míriam. Nunca podría saber ya por qué tenía la pared de su casa empapelada con fotografías de la chica asesinada. Ana también lo sabía. Ambos se fueron a dormir cada uno a su casa, les esperaba un día duro.

A la mañana siguiente Félix llegó temprano a la comisaria, se sentó en su silla con el ordenador y empezó a repasar cuidadosamente en informe con todos los datos y pistas que habían conseguido reunir hasta la fecha. De pronto llegó Ana.

  • Nos hemos olvidado de algo – dijo Félix sin esperar a que Ana se acomodase - ¿Quien es la persona idónea para guardar un secreto y que aún no hemos hablado con él?- preguntó Félix
  • El párroco del pueblo – respondió Ana
  • ¡Exacto!. Seguro que si Miriam no fue a hablar con él al menos seguro que
  • alguien que sabe más que nosotros si lo hizo. Todos necesitamos que el señor nos perdone los pecados – dijo Félix
  • ¿Tú crees que iría Nem? - preguntó Ana
  • No lo se, pero solo hay una manera de averiguarlo.¿Como se va a la iglesia? - preguntó Félix
  • Tienes que tomar la carretera la carretera hacía la isla Cordero, al sudeste. Está tras traspasar las barreras que unen una isla con otra – respondió Ana
  • Pues no hay tiempo que perder – dijo Félix mientras cogía su americana

Ambos fueron en coche, traspasaron las barreras. A cada lado se veían asomar grandes barcos hundidos pertenecientes a la guerra. Por fin llegaron a la iglesia. Era una pequeña iglesia de fachada blanca y lineas rojas marcando los limites de la misma. La fachada tenía un pequeño campanario. Ambos entraron al interior de la iglesia, su techo era curvo, abovedado, con pinturas en el techo solo a la altura del altar. El altar era de piedra blanca, pequeño y carente de riquezas. De pronto, el padre Pedro salió de una puerta.

- ¡Ana! ¡que sorpresa! Hace años que no pisas la casa del señor - dijo el padre Pedro
- Bueno, ya sabe padre que yo no soy muy religiosa – contestó Ana

- ¿Y que te trae por aquí -
- Es por la chica que asesinaron -
- Oh, una pena. Ahora está ahí arriba con el señor -
- Más que arriba está abajo, bajo tierra – dijo murmurando Félix
- Perdone. ¿Decía usted algo? - preguntó el padre Pedro
- No, padre, que si, que afortunadamente el señor estará con ella a su lado – contestó Félix
- El señor siempre está al lado de todos nosotros -
- ¿Vino esa chica hablar con usted, padre? - preguntó Ana
- No querida, desconozco quien era – contestó el padre Pedro
- ¿Y Nem?, ¿Nem vino a hablar con usted, padre? - preguntó de nuevo Ana
  • Nem si, si que vino. Nem venía muchas veces, aunque más que a confesarse venía a robar el dinero del cestillo y a beberse todo el vino que podía – respondió el padre Pedro.
  • ¿Seguro que la chica no vino nunca? - preguntó Félix desconfiando de lo que decía el padre Pedro.
  • Seguro hijo, aquí viene mucha gente, la casa del señor siempre está abierta para quien quiera venir, pero esa chica jamás pisó nunca este suelo sagrado-
  • Si recuerda algo o alguien que haya venido y que no recuerde ni dude en llamarnos, quizás nos sirva de mucha ayuda – dijo Ana despidiéndose
Descuida hija, lo haré -

Ambos subieron al coche. Félix no terminaba de confiar en el padre Pedro, a decir verdad Félix ya no confiaba en nadie, tenía la sensación de que en ese pueblo todo el mundo estaba mintiendo. De repente sonó el teléfono móvil de Ana, era Tomás, quería hablar con ellos, pero no en su cantina, sino un sitio más discreto, un lugar donde nadie conocido pudiese verlos hablar juntos. Quedaron en La Taberna de Alberto, una vieja taberna de madera con la barra a la derecha y unas sillas con sillones al fondo junto a una chimenea. Allí estaban los tres, y Tomás empezó a confesar.

  • Tuve un romance hace meses con Míriam. No fue nada importante, un desliz, pero mi mujer nos pilló. Es muy celosa, así que juró que si volvía a pisar la cantina mataría a esa chica – dijo Tomás
Pero usted dijo que no conocía a la chica – dijo enfadado Félix
Mentí. Me jugaba el matrimonio. Tuve que mentir, pero ya no soporto más esta mentira -
  • - ¿Volvió a ver a Míriam después de ese romance? - preguntó Félix
  • Si, hace un par de semanas, quizás tres, volvió por aquí. Buscaba trabajo, el padre Pedro le había dicho que viniese a hablar conmigo, que se lo debía. Tuve que decir que se marchase, que no tenía trabajo para ella y que si Carmen nos pillaba me iba a matar a mi y a ella también -
  • ¡Pero si el padre Pedro nos ha dicho que nunca había visto a la chica!. ¿Pero es que en este pueblo nadie dice la verdad? - preguntó muy enfadado Félix
  • ¿Sabes luego que hizo? - preguntó Ana más calmada
  • Fue a La estrella, el prostíbulo, a pedir trabajo allí. Ya no volví a saber de ella hasta que apareció muerta – respondió Tomas.
  • ¡Joder! Al prostíbulo no – dijo con preocupación Ana





domingo, 8 de julio de 2018

Capitulo 9: La biblioteca de Alejandría


Era temprano, el sol empezaba a asomar por el fina y afilada linea del horizonte del mar. Las olas rompían con fuerza en la orilla y el viento corría leve y suavemente. Era ese momento en el que a la par que asoma el sol baja bruscamente la temperatura y hace frio, un frio helador. En la arena, tumbados y agotados estaban Félix y Ana, aún preguntándose como podía haber escapado ella de lo que era una muerte segura. Aún con la emoción, con la adrenalina en sus cotas más altas, comentaban la gran hazaña vivida.

  • Te lo juro, aquello era enorme. Miles y miles de estanterías – Decía Ana con una sonrisa en la boca
  • Era imposible encontrar la lista de los veteranos – contestaba Félix
  • Si, aquello parecía la biblioteca de Alejandría. Aún así encontré una caja con documentos que estoy seguro que era algo que nos hubiese servido de mucha ayuda -
  • ¿No hubo ninguna manera de haberlo cogido? - preguntó Félix
  • ¡Que va! Si cuando lo tenía en mis manos de repente se abrió la puerta y apareció ese viejo barbudo. Ahí ya salí corriendo como pude y salté por la ventana. Tuve mala suerte, el teléfono móvil se cayó. Si lo encuentran sabrán que hemos estado allí dentro -
  • Habrá que volver -
  • ¡Estas loco!. ¿Sabes a quien vi con el viejo barbudo? -
  • Sorprendeme -
  • A Carmen, la mujer del Tomás -
  • ¿Tomás? -
  • Si, el dueño de la taberna de pescadores. El que te metió el puñetazo en el ojo -
  • Joder, aún me duele -
  • Pues estaba ella allí. Pertenece a los Reprobi -
  • Habrá que hablar con ella sin que sospeche de nosotros – contestó Félix

Ambos se levantaron, fueron hacia el coche y se marcharon a casa, había sido una noche dura.

Mientras, en el hospital, Maria había ido a visitar a Nem. Nerviosa, no paraba de hablar susurrando para que nadie escuchase lo que decía.

  • Lo has estropeado todo. ¿Como se te ocurre? - decía Maria susurrando
  • Lo siento, lo siento – respondía lloriqueando Nem
  • Solo se te ocurre a ti llenar la pared de fotografías de Miriam. Solo faltaba que pusieses un letrero en la entrada de tu casa en el que dijese Pasen y vean - decía enfadada Maria
  • Joder, lo sabes, sabes que estoy enamorado de ella -
  • Estabas. Es-ta-bas. Ella está muerta ¿o es que acaso esa mierda de corazón que tienes te ha hecho olvidar que está muerta? -

Nem no paraba de lloriquear como un niño pequeño, mientras Maria no paraba de quejarse con los ojos inyectados de sangre.

El sol ya caía, Félix y Ana se habían tomado el día de descanso, y por la noche habían quedado para cenar juntos en un restaurante. A la cena también iba asistir Rafael, el padre de Ana. Rafael había insistido en invitarlos a cenar para así conocer al nuevo compañero de su hija. En realidad Rafael le gustaría que su hija rehiciese su vida con alguien tras el dramático divorcio, y quizás Félix era una buena opción.

Primero llegó Félix, por primera vez arreglado, con la ropa limpia y planchada, oliendo a perfume caro. Por primera vez se había dejado la petaca en casa. Después llegó Ana, y el ultimo, Rafael. Pidieron, un buen vino, un buen plato de carne con guisantes y se pusieron a hablar.

  • ¿Y de donde habías dicho que venías? - preguntó Rafael
  • Bueno, en realidad en ningún momento dije de donde venía – dijo riéndose Félix
  • Viene de la capital – dijo Ana
  • Ah, de la capital. Pobrecito, has ido a caer en el pueblo más aburrido de todo el país, y mira que hay pueblos en los que podías haber acabado – dijo con sarcasmo Rafael.
  • Aburrido no lo definiría yo – contestó Félix
  • A mi me hubiese gustado ser policía, todo el día siguiendo a criminales. Pero pasó lo que pasó y al final para que a la niña no le faltase nada monté el hotel – dijo Rafael
  • Mamá murió cuando yo era una niña – se apresuró a explicar Ana
  • Vaya, lo siento mucho. Y creame, este trabajo está sobre valorado – dijo Félix mientras bebía un sorbo de vino

La noche fue avanzando y los tres se sumergieron en una larga conversación mezclada con los primeros efectos del vino. Finalmente terminaron de cenar, por un lado se marchó Rafael y por otro lado se marcharon Félix y Ana juntos.

  • Creo que tu padre es un buenazo. Me ha resultado simpático, y es complicado que alguien me resulte así, soy una persona muy cerrada – dijo sonriendo Félix
  • Con lo de mi madre lo pasó muy mal, pero siempre tenía una sonrisa para mi. Bueno, para mi y para mi hermana – dijo Ana
  • ¿Hermana? ¿tienes una hermana? - preguntó sorprendido Félix
  • Si, pero prefiero no hablar con ella. Hace años que no nos vemos – cortó bruscamente Ana

De pronto sonó el teléfono de Ana. Tras una breve conversación Ana colgó y se quedó pálida.

  • Era Silvia. Nem ha muerto. Se ha tirado por la ventana del hospital – dijo Ana


Temporada 2 Capitulo 18: Nunca me olvides

Félix estaba cansado, muy cansado, la noche había sido larga, pero fructífera. Por fin tenía la localización del almacén donde se guardaba...